7 de agosto 2020 - 10:44hs

El miércoles dos gigantes surgidos del Silicon Valley, Facebook y Twitter, disciplinaron al mismísimo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, censurando o cerrándole cuentas, en nombre de la buena información.

Facebook y Twitter marcaron su enorme poder, pero también la gigantesca tontería e incongruencia que impera en el mundo de las redes sociales.

Trump, quien aspira a ser reelecto el próximo 3 de noviembre, había publicado en una de sus cuentas de Twitter que los niños son “casi inmunes” al covid-19. Facebook, en tanto, retiró un video de la página de Trump con una entrevista de la cadena Fox News en la que él afirma la misma cosa. 


Ambas censuras fueron realizadas en nombre de la lucha contra la “desinformación”.

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Los niños representan una porción mínima de las internaciones por covid-19, y las muertes han sido pocas hasta ahora; pero adquieren el virus y pueden contagiarlo.

El presidente de Estados Unidos, como su émulo, el brasileño Jair Bolsonaro, al principio quitaron trascendencia al covid-19, y promocionaron medicamentos dudosos o inútiles, como la hidroxicloroquina. 

Ahora Trump corre serio riesgo de perder la reelección debido a las críticas sobre su gestión de la pandemia, entre negacionista y tardía, que ya provocó 163.000 muertos y serios estragos económicos en su país.

Facebook y Twitter, que tienen miles de millones de usuarios, han sido acusadas reiteradamente de ser una plaga de desinformación y mentiras, y de promover la polarización y las ideas extremistas, de izquierda y derecha. Ahora parecen ansiosas por demostrar que su influencia no es una amenaza para la democracia.

Donald Trump fue electo en 2016, al vencer in extremis a la demócrata Hilary Clinton, en medio de acusaciones de uso masivo de propaganda y mentiras a través de redes sociales. 

Pero ahora, tanto Trump como el Partido Republicano acusan a Facebook y Twitter de actuar en su contra y a favor del Partido Demócrata.

Resulta embarazoso que el líder de la principal potencia económica y militar del mundo haga comentarios todos los días en Twitter sobre cualquier cosa, y en general con pocas luces. Pero tal vez, al fin, esté en lo cierto: que ese sea el mejor camino para llegar a cierta gente.

Redes como Facebook, Instagram o Twitter basan su éxito en el ego, el voyeurismo y la autopromoción. Facebook también se ha llenado de basura proselitista, en manos de obsesos y resentidos. Los jóvenes emigran hacia sitios más amigables, como Instagram o TikTok. Twitter, en tanto, desborda odio y descalificación, y también una politización y moralina baratas, aunque a veces ingeniosas. 

La información y desinformación pueden ser asuntos más vidriosos. No siempre son evidentes, o indiscutibles. Facebook suele ser expeditiva para eliminar comentarios sospechosos de racismo, sexismo o violentistas. Sin embargo es muy permisiva ante los insultos personales, o el radicalismo político, como se puede comprobar fácilmente leyendo los comentarios que los lectores hacen por su intermedio en los periódicos, muchas veces utilizando identidades falsas. Ciertos medios de comunicación han optado por eliminar los comentarios.

El ingenio hiriente y la megalomanía sepultan el debate inteligente, que sobrevive a duras penas bajo la gran polvareda mediática.

Una parte de los ciudadanos del mundo, cuya significación es difícil de cuantificar, pueden ser manipulados. Cierta gente es influenciada por sus pares y las redes sociales. Otros tienden a agruparse con personas que piensen como ellos, y procuran noticias que confirmen sus sospechas, por ridículas e insostenibles que sean.

Los algoritmos de Facebook o Google, poderosas cajas negras que almacenan los deseos de las personas, pueden incidir en las decisiones, o al menos procuran hacerlo.

El escándalo de la consultora Cambridge Analytica, en 2018, rebeló el tráfico de información confidencial obtenida por Facebook. La construcción de perfiles sociodemográficos cada vez más específicos permite enviar a cada persona un mensaje preciso para conquistar su voluntad.


Ya en 2016, poco después de la elección de Trump, la columnista del New York Times, Zeynep Tufekci, proponía: “Además de hacer un esfuerzo por erradicar mentiras y propaganda, Facebook podría alterar su algoritmo para que se refuercen menos las creencias de los usuarios y para presentar más información basada en hechos”.

Facebook y otras redes, así como los buscadores web, procuran dominar el mundo porque sus usuarios le dicen cómo hacerlo. Cada usuario deja un enorme rastro electrónico de preferencias, ambiciones y contactos personales. Puede evitarlo prescindiendo de Internet, bancos y tarjetas de crédito. Pero casi nadie desea vivir esa vida al margen de las corrientes, al modo Unabomber, aquel matemático estadounidense que pretendía advertir sobre el mundo de las tecnologías mediante actos terroristas.

Al fin, el superpoder de Facebook y otras redes, o de buscadores como Google, no habla tanto de ellos, sino de cómo miles de millones de personas se han vuelto dependientes de herramientas ágiles pero muchas veces mediocres, incluida la televisión, más aptas para majadas que para personas independientes. 

¿Pero alguna vez fue diferente en la historia?

Hace más de tres años, un analista del New York Times proponía desintegrar algunas de esas grandes compañías tecnológicas. “Google tiene una participación en el mercado del 88% en publicidad de búsqueda; Facebook (y sus subsidiarias Instagram, WhatsApp y Messenger) tiene el 77% del tránsito social móvil, y Amazon tiene una participación del 74% en el mercado del libro electrónico. En términos económicos clásicos, las tres son monopolios”.

Ahora todas ellas, además de Apple, están bajo la lupa del Congreso de Estados Unidos y de los órganos ejecutivos de la Unión Europea, que desean frenarlas. Y todos, a la vez, tiemblan ante el avance de los gigantes chinos, como Huawei o Alibaba, a los que acusan de antiliberales y manipuladores. George Orwell empalidecería de envidia y pavor.

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