Mientras los jugadores almuerzan en un piso exclusivo del hotel Tivoli, donde Peñarol está alojado en San Pablo desde el lunes de noche, en la puerta unos 50 hinchas arrancan a gritar. “Vamos a salir campeones, la vuelta vamos a dar…”, entona uno y se prenden todos. Esa misma imagen se desarrolla en distintos puntos cercanos al estadio, donde están distribuidos unos 3.000 hinchas aurinegros que llegaron para disfrutar el último partido de la Copa Santander Libertadores.
Pero la pregunta se impone: si vinieron unos 3.000 hinchas, según estimaciones de Peñarol, y Santos le brindó 2.450 entradas cómo van a hacer para ingresar todos al estadio.
“No sé cómo voy a entrar, voy a dejar mi vida por los colores de Peñarol. Peñarooooooool”, gritó el fanático a la cámara del fotógrafo de El Observador que registraba las imágenes de la locura desenfrenada de un hincha que dijo haber llegado desde Montevideo en ómnibus.
Así como este fanático hincha de Peñarol, que viajó cerca de 40 horas en ómnibus, otros llegaron en vuelo chárter para ver la final y con la misma incertidumbre de saber si pueden entrar, porque no tienen boletos para el partido.
“El jueves a las cuatro de la tarde compramos el pasaje y nos vinimos. No tenemos entrada, no tenemos pasaje de regreso ni hotel, pero estamos acá acompañando a Peñarol”, dice otro hincha, menos desaforado que el primero, pero embarcado en la misma locura de ver la final aunque no tenga entrada.
La pasión por ver a Peñarol no distingue clases sociales ni niveles culturales. Unos 550 hinchas esperan en San Pablo que caiga una entrada del cielo para ver la final de la Copa Santander Libertadores 2011.
El estadio Pacaembú, municipal, inaugurado en 1940 y que recibió partidos del Mundial de 1950, tiene capacidad para menos de 40 mil personas.