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Fidel Sclavo

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Fidel Sclavo: “Se necesita alegría para ver la belleza donde los demás se tapan los ojos”

El artista y escritor uruguayo recorre el comienzo de su carrera, su amistad con Eduardo Darnauchans y habla de Zurcidor, el libro en el que lo retrató

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04 de septiembre de 2021 a las 05:04

En El instrumento, la voz de Eduardo Darnauchans se quiebra en un arranque inconfundible: “Conocerse, claro está, que necesita su tiempo”. Hoy, en el último día de agosto de 2021, mientras Fidel Sclavo (61) baja por Juan Benito Blanco, encara el termómetro de la rambla que marca 30 grados, se sienta en la última mesa del bar y se pide un café  solo, con un vaso de soda, el verso del cantautor uruguayo no aplica. O, al menos, eso parece. Ese rostro coronado por una melena y barba plateada emana familiaridad y una cercanía difícil de rebatir. Para colmo, sus últimas dos obras literarias solo han conspirado para que Sclavo –que vive desde hace quince años en Buenos Aires, pero que se encuentra radicado temporalmente en Montevideo desde agosto de 2020–, se sienta ahí, a la mano, como un viejo amigo del que conocemos su vida, sus bemoles, sus tristezas, sus aventuras, sus derrotas. 

Esto sucede porque en Yo soy el que no está, el reconocido pintor y diseñador uruguayo viró a la literatura y se abrió el pecho para autorretratarse en su primera novela, un libro atípico y fascinante que marcó el 2019. La pintura se completó hace pocas semanas, cuando Sclavo publicó una suerte de secuela espiritual de ese primer texto: Zurcidor, un libro que pertenece a la colección Discos de Estuario y que toma como punto de partida el álbum homónimo de Darnauchans. Él, de todas formas, no hace hincapié en el músico o su obra, sino que apunta a retratar principalmente a “Darno”, su gran amigo, el hombre que lo acompañó en su Tacuarembó natal, y en las vidas que siguieron. Y del que durante mucho tiempo guardó recuerdos, memorias y muchos silencios. En ese sentido, Zurcidor funciona como un exorcismo, una escafandra a través de la cual la tristeza se convierte en belleza, y se revela una amistad pura. Es un libro personal y conmovedor. 

Así, entre las caras del Darno, la propia obra de Sclavo, la fuerza de la palabra descubierta, el amor por el cine y las múltiples ciudades que lo hicieron quien es hoy –Nueva York, París, Barcelona, Montevideo, Buenos Aires–, la sombra de la tarde más calurosa del invierno empieza a crecer. El rostro de Sclavo se transforma, y aunque la familiaridad permanece, el verso de El instrumento se entiende mejor: los espacios vacíos de este artista siguen allí, él los impulsa, fomenta la incógnita y lo no dicho hace crecer su figura. Seguimos pensando que Sclavo está en su obra, en estos libros a corazón abierto, en esta charla que se extiende sin prisas, y es verdad, pero a medias. Porque él es el que está ahí, con el vaso de café vacío y la mirada llena, y también es el que no está. Él es, claro, ya lo dijo Darno, alguien a quien lleva tiempo conocer. Alguien a quien todavía quedan cosas por preguntarle. 

El tránsito y la vida en diferentes ciudades ha marcado su vida. ¿Marcó también su obra?

Definitivamente. El contexto siempre es parte del texto. Aun en disciplinas que puedan parecer más ajenas a eso, siempre está. En mi caso, tanto en la parte literaria como visual, la luz es fundamental. Es un cliché, pero la luz de Montevideo es particular, y es diferente a la de París, Buenos Aires, a la de Barcelona, y ni que hablar a la de los Países Bajos. Hay una teoría por la cual los pintores de esa zona, los flamencos, de Rembrandt a Vermeer, tienen una visión que no tienen otros. Eso se debe a que la cantidad de agua que hay en el aire, por los canales, refracta la luz infinitamente y genera una calidad visual muy diferente. Capaz no nos damos cuenta, pero nos acostumbramos a mirar de acuerdo al lugar en el que estamos parados. Eso en mi obra está. En Barcelona vivía arriba de un cine, y por las tardes siempre subía el olor a pop. Ese aroma es parte de mi educación afectiva, es mi magdalena de Proust. El olor a pop me lleva a Barcelona, y las cosas que hice allí, aunque parezca ridículo, están inundadas de ese olor. Por otro lado, independientemente de la ciudad en la que esté, en mis estudios siempre me rodeo de cosas más o menos parecidas. Se dice que uno se rodea de cosas que vibran con frecuencias similares, que las cosas tienen movimiento y sonido, y que lo percibimos sin saberlo. Sí cambia lo que sucede alrededor. Cada ciudad te invita a cosas diferentes. Acá la rambla te invita a caminar y a pensar de determinada forma; caminar por Palermo te lleva a otra cosa. Todo influye y cada parte de lo que vivo termina generando una sombra o una luz en lo que hago. 

¿Hubo un momento preciso en que entendió que el arte podía ser su fuente laboral?

Hubo de todo. Cuando quise hacer Bellas Artes, la facultad estaba cerrada por la dictadura. Y me fui a hacer Arquitectura porque tenía dibujo, lo cual es una cosa totalmente marciana porque había muchas cosas con dibujo. Podemos decir que fue un error. Me dejé convencer, seguí la carrera y poco antes de terminar me di cuenta de que no quería pasar la vida haciendo eso. Abandoné y pasé a hacer Comunicación, por hacer algo. Ahí ya pintaba y trabajaba profesionalmente diseñando tapas de discos para los sellos discográficos Ayuí y Tacuabé, y también empecé a hacer portadas para Banda Oriental. Vi que mi destino iba por ahí, porque mi placer iba por ahí. Mi padre se enojó bastante, pero yo tenía que hacer eso, porque sentía que era bueno y no me costaba. No hubo retorno. Empecé a exponer, a trabajar con galerías y como diseñador, y hoy ambas se complementan. Podría optar por una o la otra, pero me alimentan, me liberan y saco agua de un molino para el otro.

A pesar de ese enojo paterno, en su casa se respiraba un ambiente proclive al arte.

Era una casa de profesionales químicos, pero muy vinculada a la cultura. Mi padre era un gran lector y mi casa tenía bibliotecas enormes. Por eso, mi temprana afición a la literatura y al arte en general. Yo encontraba allí  más placer que ir a jugar al fútbol. Es cierto que era muy niño para leer las cosas que leía. No sé si me arrepiento o no, pero es lo que me tocó.

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¿Se refiere a arrepentirse de haber leído esas cosas a esa edad?

Sí. O no haber salido a bailar porque lo consideraba como algo superfluo. No era el único al que le pasaba, éramos un grupo. En esa época había diferencias entre lo que era la música seria y la comercial, lo que era arte comprometido y arte para vender, un montón de divisiones que hoy considero totalmente inválidas e inservibles. Hoy puedo escuchar de igual manera y con igual fruición Mahler, James Taylor, los Beatles y Nicki Nicole. Obviamente, hay cosas que no me gustan, pero no tengo metida esa división que había antes, y que nos llevó a ser más sombríos, taciturnos. O románticos, capaz.

¿Cómo recuerda la época en la que estudió en la academia de Milton Glaser, en Nueva York?

Eso sí fue un punto de inflexión. No es que no tuviera decidido seguir este camino, pero recibí enseñanzas de un verdadero maestro, y logré ver que el campo era mucho más amplio. Fue como estar acostumbrado a mirar por la rendija de una cerradura, y después abrir la puerta. Amplié el foco y vi que todo podía ser un elemento para la creación. Me abrió el horizonte. Con él también aprendí que nunca tenés que obligarte a hacer un trabajo que no está saliendo, porque no va a salir. Es como un enchufe que hace falso contacto y se recalienta. La electricidad pasa, pero al final se termina fundiendo. Hay que buscar la manera de que el trabajo no te mate el placer. Porque es algo que pasa muchas veces y es difícil de dominar. Se trata de entender por qué puertas conviene meterse.

¿Cómo fue el proceso de Yo soy el que no está, que tiene un marcado tono confesional, autobiográfico, y que luego continuó en Zurcidor

La palabra siempre fue parte de mi universo creativo. Como antecedente tenía algunos libros álbum y un bestiario, pero decidí abordar la escritura desde este nuevo lugar. Quería tener el valor descarnado de la palabra. Dudé si hacerlo tan sincero, pero creo que no había otra manera. Coincidió que hubo un montón de muertes reales y simbólicas en mi vida, y el libro se convirtió en una especie de sublimación elegíaca. Quise plantearlo en tres niveles diferentes: los recuerdos, el dato enciclopédico aparentemente frío, y después el contexto supuestamente sin importancia. Tomé la idea de que somos una madeja de esas cosas. En ese sentido, Zurcidor es como un apéndice. Me lo pidieron hace unos cinco años, pero me negaba a hacerlo, porque no me interesaba ni podía hacer un análisis musicológico del disco de Darno. Gustavo Verdesio (Ndr: coordinador de la colección) me esperó y me dijo “yo quiero tu voz, sos el más cercano a él”. Me seguí negando hasta que un verano en Buenos Aires logré entrar por la puerta correcta. 

En un momento de Yo soy el que no está dice que piensa titularlo Datos para una enciclopedia que no importa. Sin embargo, este tipo de literatura del yo, que se detiene en esas pequeñas cosas, está particularmente en boga hoy, más allá de que tenga muchísimos años. ¿Por qué cree que sucede?

No sabría decirlo. Hay algo en la información aparentemente superflua, que interesa. Antes uno leía o se interesaba más por las definiciones sobre cambiar el mundo, y sobre las grandes verdades de la vida, y parecía que había que encontrar cierta revelación. Eso no parece habernos llevado a nada. Ahora hay algo en el detalle, en lo que aparentemente es intrascendente, que sí parece llevarnos a algo. Se trata de creer en lo pequeño y en la historia de cada uno. Hay gente a la que eso no le interesa nada, por supuesto, y hay otros que disfrutan con que Karl Ove Knausgård les cuente cómo lava los platos. Yo leí los seis tomos de su obra. O, en la otra punta, el Borges de Bioy, o lo que hace Emmanuel Carrère, que es tramposo porque aparentemente habla de otras personas, pero siempre habla de sí mismo.

¿Qué puertas le abrió la literatura como escritor?

La pintura es algo muy solitario, más abstracto de lo que parece. El diseño, que es la vereda opuesta, es mucho más amigable, pero tiene un tiempo de vencimiento. Hacés las cosas aplicadas a algo que se vuelve viejo. En la literatura, sin embargo, encontré una profundidad que me hizo bien. Cuando las otras cosas me fallan, es un remedio más fuerte. Me espeja de otra manera. Pero es un lugar que tampoco me creo demasiado. Si tengo que llenar una tarjeta de embarque nunca pondría escritor. Pondría pintor. Pero es un arma más, un nunchaku que me ha salvado de los peores peligros. Yo soy el que no está llegó en una época de gran tristeza y dolor, y en él encontré un bálsamo, una puerta a otro jardín que también tenía aire y flores, y que eran diferentes a las que ya conocía.

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Yendo a Zurcidor, ¿cómo fue volver a esos recuerdos junto a Darnauchans?

Esa vuelta era una de las razones por las que no quería meterme en él. La excusa era que yo no era el indicado, pero la razón de fondo es que no quería recordar cosas que son luminosas para mí, pero que todavía estaban teñidas por el dolor de la muerte de Eduardo, y de sus últimos años, que fueron bastante tristes. Pero, como suele pasar, lo que uno se imagina siempre es peor de lo que finalmente sucede. Todo lo que pensé que iba a ser doloroso no lo fue, o sí pero en su justa medida. Lo sublimé y exorcicé, y eso me llevó al costado luminoso de aquellos años.

En ese sentido, este libro muestra a Darno como un ser mucho más luminoso de lo que se recuerda. ¿Es una especie de justicia?

Era la única idea que quería dejar clara. En algún momento se encapsuló a Darno con esa imagen de la tristeza, del nihilismo, del suicidio. No sé por qué, o sí sé, pero me parece injusto. Él se encargo de que pasara, claro, pero no era solamente eso. En todo caso, él era el lirismo de la tristeza, el encontrar la belleza en otras partes. Era una de las personas más alegres que he conocido. A mí me la generaba solo con estar junto a él, con imaginarlo o verlo. En todas nuestras conversaciones jamás caímos en el bajón, más allá de contarnos algún desengaño amoroso o algo así. He tenido infinitas conversaciones con otros amigos supuestamente más alegres que solo se quejan del tiempo, de la guita, de todo, y con Darno era lo contrario. Solo con vernos nos empezábamos a reír. Tenía un humor que pocas veces volví a ver. 

Justamente, esa cualidad de ver la belleza en lo aparentemente triste o malo es uno de los pasajes más poderosos del libro. En su experiencia, ¿siempre fue así o lo aprendió a notar con el tiempo?

Lo fui afinando, pero creo que son recursos que vienen o del aburrimiento o de la imposición. Cuando me obligaban a dormir la siesta, en Tacuarembó, me inventaba mundos, veía y ponía foco en lugares donde naturalmente no lo hacía. En el orden que había en que un mosquito estuviera dando vueltas en el aire, por ejemplo. Lograba visualizar que el mundo estaba más poblado de lo que parecía a simple vista, y que había diferencias. Que la luz se colaba por la persiana mal cerrada, que generaba sombras y nuevos objetos. Trasladando eso a Darno, se necesita ser muy alegre, como lo fue él, para ver la belleza en esos lugares donde la gente baja la cabeza o se tapa los ojos. 

¿En qué momento se sintió más vulnerable: en una exposición de su obra plástica o cuando alguien tuvo uno de sus libros en las manos y lo leyó?

Un tipo de vulnerabilidad la sentí una de las primeras veces que expuse en Buenos Aires. Allí, un pintor amigo de la galería vio mi obra y me dijo “che, no me gusta mucho lo que hiciste”. En el momento lo odié, me pareció mala onda. Pero al poco tiempo me di cuenta de que nunca nadie me había dicho algo así en todos los años que expuse en Montevideo, lo cual es horrible, porque seguramente alguien lo tiene que haber pensado. Creo que los argentinos son más sinceros, nosotros somos más jodidos, falsamente buenos (risas). Este hombre estaba siendo honesto, y me hizo ver que, en ciertas cosas, tenía razón. Hasta ese momento me las creía todas, y me ayudó a bajar a tierra. Otro tipo de vulnerabilidad, más favorable, la experimenté cuando hace años me llegó un mail de una maestra de una escuela en la mitad de la selva colombiana, que me contaba que allí había un libro mío, La mujer que hablaba con los peces, que era el preferido de los alumnos y que lo leían todos los días antes de irse a sus casas. Ignoro cómo llegó ese libro hasta ahí, pero ese mail me hizo vulnerable a la felicidad.

Es un gran cinéfilo, ¿qué grado de incidencia tiene el cine en su vida hoy?

Más del 50% sin duda. Siempre he visto muchas películas y mi mayor diversión continúa siendo esa. Disfruto mucho de la soledad, pero en épocas donde estaba más acompañado, sufría esta época que se viene porque te obliga a salir, y para mí no hay mejor plan que encerrarme el fin de semana a ver todas las películas de Katharine Hepburn. Soy un eterno buscador, y así me fumo bodrios colosales como Annette, de Léos Carax, que me dieron ganas de decir ¿de verdad? La miré hasta el final, pero me pareció una cosa espantosa. Capaz me agarró en un mal día. 

Instagram se ha convertido en los últimos tiempos en otra “sala de exhibición” para sus trabajos. ¿Qué le da esta herramienta como artista?

Lo utilizo por diversión, sobre todo. He sido muy criticado por mi galerista, mis amigos, porque confundo a la gente. No cuelgo mis pinturas, ni hago cosas de difusión, no lo utilizo comercialmente. Es un lenguaje más, hago cosas que muchas veces no tienen un soporte físico, que no existen más que allí. Me obligo a hacer uno cada día. Con eso pienso que tengo el día ganado. Me siento libre, no pienso nada, lo considero un lenguaje aparte, no especulo y me divierto. De hecho, tengo amigos que se acostumbraron a ver una publicación por día, y si no subo nada me preguntan si está todo bien. Aunque suene raro, a veces lo hago para mantener esas amistades lejanas en calma. Digamos que es mi diario del náufrago.

En su obra pictórica y literaria el espacio vacío es una constante, ¿por qué?

Porque es la única manera de que la obra respire, de que no sea un mármol impenetrable. Disfruto de crear esos espacios vacíos, el hueco permite que el otro complete, que se sienta identificado o indiferente, el vacío posibilita ser llenado. Si no existe, no hay lugar para nada. Y el vacío, lo que todavía no se hizo, es lo más importante, es la ilusión, el beso que todavía no diste, eso que espera, lo que genera deseo. Sin vacío, estás muerto. No hay después. 

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