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Gularte, el zaguero que aprendió de su propia historia para ser padre y sueña con la selección

El defensa de Wanderers y selecciones uruguayas juveniles, convirtió un gol muy importante frente a Progreso y cuenta su historia de vida

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25 de septiembre de 2018 a las 05:03

Desde muy chico tuvo que comenzar a entender algunos significados de la vida, esos que a muchos les llevan canas poder comprender. “Pasé dos años con muchas ganas de decirle ‘papá’ pero me daba mucha vergüenza, hasta que un día me animé”. Así fue que Emanuel Gularte, actual defensa de Montevideo Wanderers, volvió a introducir el mote de ‘padre’ a su día a día, porque el sentimiento nunca lo perdió. Para él, su viejo siempre fue Pablo Bentancor, el que era novio de su madre cuando recién lo conoció, a sus tres años.
 
“Siempre voy a estar agradecido por todo lo que hizo por mí, porque me dio todo. Nachito (su hermano) es su hijo biológico y nunca hizo diferencias, o si las hizo fue hacia mi favor. Yo al principio era celoso y le hacía la vida imposible porque estaba con mi madre, pero el día que lo llamé así quedó shockeado”, aseguró el futbolista. 
 

 “Con mi padre biológico hubo algunos problemas personales y decidí no verlo más. Intentó acercarse pero no quise. Incluso mis viejos me quisieron inducir para que yo lo viera, pero siempre les dije que no quería tener relación con él”, agregó Emanuel, al que nunca le faltó cuidado, protección y enseñanza en su alrededor.

Es que Carla, Pablo, Ignacio y Carlos siempre se subieron al mismo ómnibus para recorrer el empedrado camino juntos. Su madre, la que lo engendró y le enseñó; su papá, el que lo crió; su hermano, con el que compartió; y su abuelo, el que siempre estuvo.

El Canilla, como le dicen al “abuelito” de Emanuel, es la persona más importante que tuvo: “Siempre fue un abuelo, un padre, un compañero y un amigo. Es el hombre de mi vida”.

Al igual que con su familia, Gularte pudo disfrutar del presente que le tocó vivir y cuando mira hacia el pasado recuerda sus primeros pasos detrás de la pelota, con muchísima alegría, por más que le tocara jugar cinco minutos por partido.

Comenzó jugando al baby fútbol en el Club Mauá, de número ‘9’; luego fichó en la pre séptima de Wanderers, en donde se desempeñó como volante central, y más allá de tener posibilidades de pasar a Defensor Sporting prefirió quedarse en el bohemio.

“Ahí me pasaron a la defensa, primero como lateral por ambas bandas y después terminé como zaguero. Se dieron cuenta que adelante era malo, un ‘9’ metedor”, cuenta entre risas Gularte, que retrocedió en la cancha para tomar impulso y comenzar a gestar su carrera.

"Tomá mil pesos y si está el mismo DT tomate un taxi y andate a Liverpool"
“Cuando jugaba en Quinta división, en el Torneo Apertura, estuve peleado con el entrenador de turno. No sé qué tenía conmigo, pero me tenía una tirria impresionante. Yo venía de una distensión de ligamento interno y en mi primer partido contra Liverpool, íbamos ganando 3 a 1 y en una pelota aérea me ganó el ‘9’ y ahí el DT me empezó a gritar cualquier disparate. Me dijo de todo, pero yo soy calderita y cuando me faltan el respeto, salto. Entonces tuvimos un intercambio verbal  y estuve seis meses sin jugar ni ser citado. Pensé en irme de Wanderers, lo hablé con mis padres y cuando arrancó el Clausura mi padre me dio mil pesos y me dijo que si cuando llegara estaba el mismo técnico, me tomara un taxi desde el entrenamiento hasta el complejo de Liverpool. Por suerte me terminé quedando”.

La diversión siempre la tuvo asegurada, al ser titular, suplente o hasta cuando no lo tenían en cuenta. Pero lo complicado era llegar al campo de felicidad, que  le quedaba a bastantes kilómetros de distancia.

“Se me complicaba en mi primer año en Wanderers AUFI, porque jugaba solo cinco minutos por partido. No teníamos vehículo y  nos teníamos que ir tres horas antes de cada encuentro. Mi hermano tenía un año y nos tomábamos tres ómnibus para llegar una hora previa al arranque. Íbamos los cuatro, con un bebe y su cochecito”, contó el defensa.

Pero ese sacrificio no le pesó, porque en todo momento encontró en sus padres y su abuelo el apoyo para que sintiera que el sacrificio lo iba a llevar por buen camino.

“A lo largo de mi carrera fueron importantísimos los tres. Siempre me motivaron, me llenaron de ganas y nunca se quejaron, al revés, me la hacían más fácil”, agregó.

Eduardo Millán, fue el captador que lo llevó a Wanderers en Preséptima y hasta el día de hoy mantienen contacto: “Siempre se comunica conmigo, me corrige y está al tanto de todo”. Luego llegaron a su carrera Gerardo Amigo, quien lo fichó en el bohemio, Jorge Gutiérrez, Leonel Pérez, Héctor Julius, Jorge Coleff, Alejandro Capuccio y Faber Ros, hasta llegar a Alfredo Arias, el técnico que lo hizo debutar en Primera.

Ingresó para jugar el segundo tiempo en un partido en el que Wanderers perdió 1 a 2 frente a Atenas, el 15 de marzo de 2015 en el Parque Viera.

“Me mandé una fatalidad, porque venía el volante de ellos con la pelota, la adelantó un poquito, yo salí a marcar y cuando la iba a trancar alejó el pie y la pelota le rebotó. Ahí se le coló en el palo izquierdo a (Leonardo) Burián y fue gol”, narró Gularte.

Pese al hecho todos sus compañeros le brindaron apoyo, incluido el entrenador: “Nadie me dijo nada malo, al revés. Alfredo nunca me lo recriminó y me brindó la confianza necesaria. Es más, al poco tiempo me hizo jugar de nuevo”.

El ingreso en el primer equipo le dio la chance de ser citado a la selección juvenil con la que disputó el Mundial Sub 20 del año 2017.  Tras su regreso, le costó lograr presencias con regularidad en Wanderers pero de a poco las comenzó a conseguir en el actual Campeonato Uruguayo.

Al mirar hacia el futuro, el objetivo está bien marcado: “como todo futbolista sueño con irme a jugar al exterior, pero hoy en día quiero establecerme una titularidad fija en Primera y jugar el sub 23 con la selección uruguaya, con miras a los Juegos Olímpicos”.

Pero el partido más importante lo va a disputar en la segunda quincena de noviembre, cuando se transforme con 21 años en papá de Dante. Esa tarea de la cual aprende desde que llegó a su vida, Pablo el novio de su mamá.

“Aprendí y me marcó que ser padre biológico solamente no es ser padre. Me tengo que ganar todos los días el papel de padre para que mi hijo me acepte y me quiera decir ‘papá’”.

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