21 de septiembre de 2012 20:59 hs

La historia de los pueblos, como previene Daniel Vidart, nunca es unívoca y lineal. Es por el contrario un camino retorcido, que se bifurca a cada momento y que late en la voz ya perdida de miles de personas anónimas, que juntas construyeron eso que comúnmente se denomina país.

No es una tarea fácil rescatar esas voces del pasado y trazar un mapa de sucesos de los que no hay un registro exacto. Rastrear y definir la identidad de un pueblo, delinear un arquetipo, es una labor harto más complicada y subjetiva. De allí las mil versiones, las mil opiniones, el imposible consenso sobre quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos.

Ninguna dificultad importa, sin embargo, al tenaz y obstinado antropólogo que es Daniel Vidart, que en esta serie de pintorescos y documentados ensayos de distintas épocas propone una visión particular de la identidad nacional e intenta una radiografía de ese ser tan curioso que es el Homo uruguayensis.

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Todos los ensayos que Vidart presenta en Uruguayos (Ediciones B) tienen la virtud de no centrarse en un único abordaje al tema elegido. Y es esa intención de definir al objeto desde una perspectiva multidisciplinar la que hace que el libro no sea aburrido y que interese más allá de los temas que toca.

La prosa divertida y culta de Vidart hace el resto, y logra que esta obra de historia por capítulos no parezca lo que es, que se lea con entusiasmo y sin necesidad de un diccionario.

A ese lector común al que está dedicado el libro por intención explícita de Vidart le gustará saber el origen del truco y de las carreras de caballos en el Uruguay, conocer la mentalidad retrógrada de los conquistadores españoles, o saber algo más sobre el tango. Todas esas cosas están en este Uruguayos.

Se destaca el primer artículo, Un horizonte de cuchillas, un hermoso fresco de América del Sur que evoca la belleza salvaje del continente desde la geografía, el clima, la geología, el reino vegetal y el animal. Es un retrato emotivo de un paraíso en la tierra no siempre bien valorado, que Vidart rescata, pregona y exalta.

El zoom se va acercando más y más para centrarse en ese pequeño territorio que se llamó Banda Oriental y en sus pobladores, desde los autóctonos y míticos charrúas hasta la actual tercera generación de post criollos del siglo veintiuno.

Hay ensayos divertidos como el dedicado al mate. La historia de la llamada en época de la conquista “yerba del demonio”, que más tarde se recomendaría “beber con moderación”, y que hoy Vidart define como una “droga blanda”, es un rasgo ineludible de la identidad uruguaya que el autor analiza a fondo, desde la etimología lingüística hasta las consecuencias sociales del rito.

En el otro extremo y carentes de cualquier tono lúdico, están los ensayos sobre los indígenas y negros, los grandes olvidados de la historia para Vidart. En el caso de los charrúas la visión se aleja de lugares comunes y no idolatra una cultura de la que, según la experiencia del antropólogo, apenas hay huellas fehacientes de su idiosincrasia, hábitos, teología, o sentimientos como para emitir juicios o teorías concluyentes. El lapidario título No hay charrúas en el Uruguay, es un ejemplo de este pensamiento que repudia las construcciones artificiales.

Desmontada la garra charrúa, el autor realiza una emotiva defensa de los negros que poblaron y pueblan una América mestiza, que reniega muchas veces de su compleja génesis étnica. Vidart, en un par de ensayos reveladores, destruye varias teorías racistas, plagadas de falacias técnicas y profunda ignorancia biológica.

No faltan tampoco los gauchos y los payadores, la estancia y el folklore del campo. Y como contrapunto, el monstruo de cemento y gente que es Montevideo. Una ciudad de contrastes desde su fundación, con una serie de características físicas, urbanísticas y sociales, que como señala Vidart al analizarlas, la convierten en un caso único en el mundo.

El ensayo Ganadería y agricultura: contrapunto entre la espuela y el tamango, es de lo mejor del libro, ya que aporta datos que abarcan lo social y económico a una rivalidad histórica, casi gremial. La antropología de esa rivalidad que viene de los barcos de inmigrantes resulta apasionante.

Finalmente Malicia indígena y viveza criolla intenta explicar los orígenes de uno de los vicios más nefastos del Río de la Plata. Ese mal tercermundista, de república bananera, que se pavonea de ventajear al honesto, al hombre simple, al compatriota, adosándole además el clásico epíteto de “gil”.

Este aspecto nefasto de Uruguay, compartido con los campeones argentinos y varios países más del continente, explica en parte el estancamiento económico y moral latinoamericano desde hace décadas, y el autor no deja de incluirlo como un rasgo de identidad nacional, por más que duela.

Luces y sombras, entonces, de una nación joven, a la que Vidart ha consagrado su vida de laborioso investigador y escritor infatigable. Libros como este, que promueven la reflexión seria sobre el origen y el destino de los uruguayos como pueblo, siempre son necesarios.

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