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Insensatos al poder

Las elecciones brasileñas y la descalificación de los resultados democráticos cuando no convienen a los partidos hegemónicos

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09 de octubre de 2018 a las 05:00

El espectacular resultado de las elecciones de Brasil puede tener múltiples lecturas, pero muestra evidencias que no pueden obviarse y que invitan a reflexionar sobre ellas, aún aceptando que las razones del voto son siempre emocionales y recónditas y como tal difíciles de discernir. 

El repudio masivo a la corrupción se destaca como la primera decisión – sin segunda vuelta– que sacó de escena de un plumazo, o de un votazo, a una lista de involucrados en los delitos contra el Estado, y sancionó también a los partidos, usinas del flagelo. El resultado echa por tierra con el clásico “roba pero hacen” o “roban pero reparten”, primer corolario del teorema del populismo, el moderno opio de los pueblos. Dilma Roussef, por caso, ha sido proscripta por los votantes, en la interpretación de la impunidad patriagrandista. 
Habrá que rendir un homenaje a la justicia brasileña, que con enorme valentía y con laboriosa solidez procesal destapó la cloaca de la política y mostró las complicidades y aberraciones del sistema. Una muestra de la importancia del concepto republicano, donde la justicia independiente es garantía del funcionamiento de la democracia, que se torna autoritarismo sin esa condición clave. 

José Mujica –intuitivo lector de los sentimientos populares– lo expresó a su manera en el acto de lanzamiento de Raúl Sendic, cuando dijo que no estaba allí para avalarlo sino en homenaje a sus compañeros de militancia de tantos años. Casi apretándose la nariz.   
La siguiente moraleja se puede expresar con la frase inmortal de Margaret Thatcher: “el socialismo fracasa cuando se acaba la plata (de los demás)”. Las izquierdas y seudoizquierdas regionales suelen ejercer sus sueños ideológicos con el simple método de gastar lo que no tienen, o de sacar a unos para regalar a otros. O sea populismo en grados diversos de velocidad. En medio de un duro ajuste, Brasil, en vez de reaccionar en contra de la ortodoxia económica, sanciona a los culpables del déficit, no a los que tratan de bajarlo. 

El otro cachetazo es para los partidos, monopolistas de la democracia, que suelen ignorar las verdaderas necesidades y expectativas de la población, que imponen candidatos, que defienden y ocultan la corrupción, el nepotismo, el populismo y la ineficacia. Se alternan en el poder, cambian los nombres pero en definitiva no cambian nada. Mientras en muchos sistemas los presidentes no pueden reelegirse, los partidos se reeligen indefinidamente, con lo que el límite constitucional a la hegemonía es una mentira. 

La inseguridad es convenientemente ignorada en las plataformas electorales, sobre todo del sociopopulismo. El garantismo y el abolicionismo se reparten alegremente como si fueran subsidios. Es común escuchar a los partidos decir que el tema, si bien preocupa a la población, no mueve la balanza electoral, donde pesa “la economía, estúpido”. Los brasileños acaban de decir que sí les importa. 
El electorado de Brasil ha dejado de lado las polarizaciones por las consignas reivindicativas partidistas, ideológicas, de género, raciales, migratorias o grietas de todo tipo. ¿Es que el pueblo se ha vuelto xenófobo, homofóbico, mezquino y fascista? – Difícil sostenerlo, si se conoce la idiosincrasia brasileña. Es mejor concluir que los votantes no se dejaron confundir por la pirotecnia disruptiva con que se suele tratar de sacarlos de foco. Lo que no significa que esos reclamos no le importen ni los involucren o sensibilicen.

Cuando se producen estos resultados sorpresivos y revulsivos, los políticos y los ideólogos hablan de los peligros del voto castigo, que lleva a elegir por reacción, por la negatividad, no por lo positivo, y eso lleva a instaurar gobiernos totalitarios, opresivos. Hasta se llega a comparar a Trump o Bolsonaro con Chávez, en una rara parábola, o una hipérbole cuántica. Omiten que esta contrareacción está siempre motivada por los abusos, robos, incompetencia o irresponsabilidad de los supuestos demócratas sacrosantos, que usan la democracia como un relato más, para ganar el poder y mantenerlo, como único objetivo. 

Es posible que en vez de revolear la falsa moneda con dos caras de Lula o Dilma, Brasil elija a un insensato a suerte y verdad, como ocurrió con Estados Unidos. Por lo menos tiene una chance.  También se puede colegir que lo que está haciendo es echar a los malos. A los refugiados en la guarida cómplice de la patria grande, a la falsa solidaridad, al descalabro y la destrucción económica, al robo alevoso, a la mentira, a la pequeñez, a la sociedad del demérito y la repartija de los bienes ajenos. 

La aburrida y vacía dialéctica patriagrandista inventa raras conspiraciones universales para sabotear el éxito de su proyecto sudamericano de licuación de valores, voluntades y soberanías, esencial para la prestidigitación que transforma la democracia en tiranía. Se le suma en esta descalificación de la decisión soberana popular una parte del establishment político regional, que está mostrando sus cartas y ocultando una vez más la realidad: el electorado considera que un insensato es mejor que lo que los supuestos políticos sensatos y pomposos le están ofreciendo. Elige a los locos por sobre los avivados, prefiere a un supuesto malo desconocido por sobre los malísimos reconocidos.  
Algunos pueblos gustan creer que son diferentes al resto de la humanidad, eso los justifica, los calma, les hace perdonarse sus errores, pequeñeces y cobardías.  Pero el diferente es Brasil, como lo acaba de demostrar. Las masas no pueden hoy organizar una revolución al grito de “¡aux barricades!”. Entonces, en ejercicio pleno de su derecho, eligen a insensatos. Quien quiera oír que oiga. 

 

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