18 de mayo de 2012 15:31 hs

Internet ha ampliado en toda su concepción la democracia y la libertad. En materia de comunicación ya no hay semidioses propietarios de los medios necesarios para difundir lo que saben y lo que piensan. Cualquiera desde cualquier lugar les puede plantar bandera a los más poderosos con apenas un celular y una cuenta en una red social. Y aunque esta tecnología tiene, como todo, su lado oscuro, sus virtudes son abrumadoramente mayoritarias.

En estos días –ya me había pasado en otras ocasiones- a partir de una columna que escribí sobre el asesinato de La Pasiva tuve oportunidad de probar un poco de esa democracia, esa libertad y esas cuotas de poder que los lectores tienen para hacer oír su voz, marcar errores, contrastar opiniones, aportar nuevos datos.

La mayoría de las opiniones y críticas realizadas en tono respetuoso no me inhiben de sorprenderme por los grados de grosería, ignorancia, falta de respeto y, sobre todo, intolerancia que destilan algunos lectores del diario y que hacen uso de esta posibilidad de expresarse en el portal web, en Twitter o en Facebook.

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Hace rato que en Uruguay es políticamente incorrecto poner el énfasis en la rehabilitación más que en el castigo, decir que ciertas situaciones no tienen una solución definitiva, que en seguridad pública pocas veces se obtienen logros porque lo que se evita no se mide u opinar que bajar la edad de imputabilidad es más una señal de derrota ante la delincuencia que un avance hacia su combate.

Mucha gente no quiere oír hablar de nada que no apele a la mano dura, a aumentar las penas, a “matarlos a todos” si es necesario. Una encuesta entre estudiantes de Derecho reveló que el 49% estaba a favor de la pena de muerte. ¿Qué agregar?, que todos, incluso esos futuros abogados que están a favor del homicidio legalizado, tienen derecho a opinar como opinan.

Estas nuevas herramientas que amplían la libertad de la gente para dar su opinión dejan expuesta la decadencia que existe en un sector de la sociedad que, uno piensa, al menos lee medios de comunicación, accede a herramientas tecnológicas para expresarse y no están entre los marginados de donde sale buena parte de los delincuentes a los que quieren matar.

Insultan, atribuyen intencionalidades, aprovechan que un medio les abre sus puertas para lanzar acusaciones sin ton ni son. Destilan un odio e intolerancia que inquieta.

Si así reaccionan estos ciudadanos que forman parte del Uruguay integrado, qué habremos de esperar de los que viven en los márgenes del sistema.

Muchos de los que están de este lado de la línea, además de intolerantes e irrespetuosos, también son violentos. Una mujer es asesinada cada 10 días por violencia doméstica. ¿Qué diferencia hay con el rapiñero que mató en estos días al empleado de La Pasiva? “Una cosa no tiene que ver con la otra”, responden algunos, y confirman así que hay una percepción selectiva de la violencia. De este lado de la línea son desvíos de la normalidad; del otro lado son la norma.

Los espacios que El Observador tiene para que sus lectores se expresen seguirán abiertos con el debido control para que no se agreda a terceras personas. En lo personal, soy de la idea de que cuando viene un insulto contra una de mis opiniones, quede estampado negro sobre blanco: es la constatación de que la decadencia de la sociedad es uniforme en todos sus estratos, usen gorrito con visera o corbata de seda.

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