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El viejo aeropuerto de Carrasco fue escenario de muchas despedidas en 2002

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"Irme y dejar a mis hijos fue lo más espantoso que me pasó en la vida": la historia de los uruguayos que la crisis del 2002 exilió

Unas 30 mil personas emigraron entre julio y agosto de 2002. Más de 120 mil se fueron entre 1996 y 2004, según proyecciones del INE

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30 de julio de 2022 a las 05:01

El 9 de junio de 2002 hacía frío. El Fondo Monetario Internacional (FMI) había anunciado que revisaría las cuentas uruguayas de forma mensual y Víctor Púa evaluaba si Diego Forlán debía jugar de titular contra Senegal por la tercera fecha de la fase de grupos del Mundial. Pero a Aldo Bruno, 36 años y conductor de un camión, poco le importaba lo que estaba pasando en la lejanía de Corea y Japón. 

Ese día, con su traje gris y sus dos valijas negras, se subió a la camioneta Citröen gasolera de su suegro rumbo al aeropuerto. Sentado en el asiento del acompañante, miró hacia atrás, y además de ver a su pareja Alba y a sus hijos Fernando y Noelia sentados en el asiento trasero, Aldo miró por última vez su casa en las afueras de la ciudad de Canelones y se le generó un nudo en la panza. No solo dejaría a su familia para ir a probar suerte a Estado Unidos si no que debía mantener la entereza porque su suegro conocía la historia por la mitad. 

“Medio que lo habíamos engañado. Le dijimos que era algo transitorio. Que yo me iba unos meses y volvía”, dice Aldo en una conversación telefónica desde Estados Unidos, donde vive desde aquel lejano junio de 2002. Sus padres estaban allá, emigrados en la época de la dictadura, y eso facilitó la decisión de irse. 

Aldo Bruno el día que llegó a Estados Unidos

El país norteamericano fue el principal destino de los emigrantes de la crisis, seguido de cerca por España. Dos de cada tres personas que decidieron dejar el país por la crisis se fueron a uno de esos destinos quebrando la tradición de lo que hacían aquellos que emigraban entre 1970 y 1990.

“Este cambio en la orientación de las corrientes se debe posiblemente al escaso atractivo de los países de la región, en virtud de la crisis económica que experimentaron en los últimos años”, dice el trabajo La emigración uruguaya durante la crisis del 2002 del Instituto de Economía elaborado por la economista Andrea Vigorito y la historiadora y demógrafa Adela Pellegrino. 

Argentina, el tradicional destino de los uruguayos, fue el disparador de la crisis uruguaya y su situación económica y social era igual o peor a la de este lado del Río de la Plata. En las décadas precedentes a la crisis (70´ y 80´), Argentina recibía a la mitad de los uruguayos que decidían irse. De los emigrantes de principios del siglo XXI solo el 8,5% eligió cruzar al país vecino. 

¿Cómo se llega a tomar la decisión de exiliarse? “Yo trabajaba en la Intendencia, en la parte de inspecciones y no nos pagaban el sueldo. Solo te daban para la luz y el agua. Y Aldo hacía seis meses que estaba sin trabajar”, explica Alba Clavijo, esposa de Aldo, que en diciembre de 2002 viajó junto con sus hijos de 12 y 9 años para reencontrase con Aldo en las afueras del Estado de Florida. 

Alba habla rápido, como buscando que los recuerdos de aquella época no se queden en su cabeza. Casi como intentando no acordarse. “Ya está, ya pasó”, dice y la voz amaga con quebrarse. Es que con Aldo sin trabajo y ella solo cobrando para pagar facturas, sacar adelante una familia, más allá de las ayudas puntuales que podían recibir, se vuelve casi imposible. ¿Cómo hacían para comer? ¿Para cuidar a sus hijos? “Uno se las ingeniaba, pero ya está, ya pasó”, repite Alba. 

La crisis, y el obligado exilio económico, suele ser una situación traumática a la que a muchos les cuesta volver, aunque sea solo mediante los recuerdos. Incluso, algunos consultados declinaron de hablar par esta nota “para no revivir épocas muy jodidas para la familia”. 

Pero otros quieren hablar y tienen cosas para decir contra la “manga de atorrantes” que manejaban el país. La bronca se desprende rápido de las palabras de Walter Mocchi (65) apenas empieza a recordar aquella época y no duda en apuntar contra los “terribles criminales” que, según dice, llevaron al país directo a la crisis y a él a la bancarrota. 

“Irme y dejar a mis hijos acá fue lo más espantoso que me pasó en la vida”, sentencia 20 años después desde su casa en Malvín.

La empresa de cartelería callejera de Walter ya entró complicada al año de la crisis. Al comienzo del nuevo milenio las empresas chicas locales dejaron de contratar sus servicios pero todavía la iba “piloteando”. Llegado el 2002 las empresas grandes, incluso las multinacionales, también empezaron a retirarse del mercado y la disparada del dólar en junio fue el “gran mazazo”.

“Pasé de ser un tipo con una vida normal a estar pensando todos los días en pegarme un tiro”, dice sin rodeos y grafica: “Mi padre trajo un cordero de afuera y yo no tenía plata para comprar la leña. No le podía echar medio litro de nafta al auto”. En pocos meses, pasó de tener “ingresos excelentes” a “no tener nada”. 

“Irme y dejar a mis hijos acá fue lo más espantoso que me pasó en la vida”, sentencia Walter Mocchi

Walter, reconoce, tuvo un manejo ingenuo del dinero y “regaló” la plata cuando tenía los bolsillos llenos. Pero cuando la plata desapareció, empezó a levantar teléfonos intentando hablar con aquellos a los que alguna vez les había dado una mano. “Decidí irme el día que llamé a un conocido al que alguna vez le había hecho un favor y de la angustia me largué a llorar desconsoladamente. No solo no me ayudó sino que me había puesto en altavoz para que otros escucharan”, recuerda con bronca.

El día que se fue lo recuerda con una mezcla de sentimientos. Por un lado la desesperación por irse y dejar a su familia y por otro el alivio y la esperanza de salir de la situación ruinosa en la que estaba. 

Walter se fue junto con Germán, un amigo que, además, era el contador de su empresa. Y así, con US$ 300 en el bolsillo, sin saber una palabra de inglés y sin documentos, llegó a Estados Unidos a fines de 2002. 

La peripecia de Walter por el país del norte, entre Nueva York y Nueva Jersey, duró casi dos años. “Volví para votar al Frente Amplio en el 2004”, dice. En ese interín trabajó en lavaderos, talleres de carteles, trabajos como diseñador gráfico y fábricas. Pero no logró estabilizarse y volvió. 
Aldo y Alba siguen en las afueras de Miami. Con 20 años en el exterior lejos están de arrenpentirse. “Hubiese querido venir 10 años antes”, sentencia Alba.

Consecuencias 

La emigración generada por la crisis fue, junto con el quinquenio 1970-1975 (en la previa y primeros años de la dictadura cívico-militar), el gran “momento negativo de saldo migratorio” en Uruguay y eso no solo generó consecuencias para los que emigran sino para toda la pirámide poblacional. 

Solo entre julio y agosto del 2002 se fueron cerca de 30 mil personas del país, según señala el libro Con los días contados del periodista Claudio Paolillo y, según estimaciones del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), fueron unas 122 mil entre 1996 y 2004. 

De las personas mayores de edad que se fueron entre marzo y diciembre de 2002, según el trabajo del Instituto de Economía, uno de cada tres tenía estudios terciarios terminados. “En términos demográficos implica un impacto en la estructura de la población, acentúa el envejecimiento y, además, son jóvenes que dejan de tener hijos en Uruguay por lo que también hay un impacto sobre la natalidad”, explicó a El Observador el magister en Demografía y Estudios de Población por la Universidad de la República, Martín Koolhaas.

Los emigrantes de aquella época fueron “predominantemente jóvenes” lo que “acentuó el envejecimiento”, generó una “reducción de la natalidad e impactó en el nivel educativo por la pérdida de la población joven educada”. Es decir, el impacto de la emigración por la crisis del 2002 profundizó problemas que la sociedad uruguaya ya traía desde hacía tiempo. 

Ese ciclo migratorio negativo se mantuvo hasta 2011 cuando Uruguay logró cambiar la tendencia. En los años posteriores a la crisis, el gobierno generó programas de retorno voluntario que permiten traer el mobiliario y otros objetos al país sin pagar impuestos. 

“Hay un proceso de retorno. Es lógico que una parte de esas personas vuelva y eso también fue favorecido por un ciclo económico positivo y por la crisis de España”, señaló Koolhaas.

El estudio de los procesos migratorios en Uruguay es complejo porque durante mucho tiempo no existieron cifras precisas y porque por un tema de magnitud, ningún país le presta demasiada atención a las comunidades uruguayas en el extranjero. Pero más allá de los números y del trabajo académico, la marca del exilio en aquellos que tomaron la decisión y pudieron dejar el país sigue latente. “Ya está, ya pasó”, repite Alba. 
 

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