Su promesa de combatir la pobreza, la corrupción y la violencia que asuelan a México llevaron a Andrés Manuel López Obrador a ganar la Presidencia, primera vez que un populista de izquierda llega al poder en ese país en 84 años. Pero a diferencia de Lázaro Cárdenas, que se puso al país en el bolsillo cuando fue electo en 1934, nacionalizando industrias y distribuyendo tierras entre los campesinos, López Obrador está limitado por los problemas con Donald Trump y por la propia estructura política y económica del México actual. Esto lo ha inducido a una posición menos radical y más pragmática que la que exhibió como alcalde de la capital en 2005 y como derrotado candidato en dos elecciones presidenciales previas.
La corrupción que ha manchado al gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, lacra persistente en sucesivas administraciones, incidió en la amplia ventaja alcanzada por López Obrador sobre los candidatos de los partidos más conservadores que se han alternado en el poder. El resultado reflejó el hartazgo de los votantes, especialmente los más jóvenes, con gobiernos que fracasaron en erradicar, o al menos atenuar, los males sociales del país. Incluyen, además de la corrupción, altos porcentajes de pobreza y de desigualdades sociales y niveles inéditos de violencia. Un total de 133 dirigentes de diferentes partidos han sido asesinados en los últimos nueve meses desde el comienzo de la campaña electoral.
En esta área López Obrador enfrenta el obstáculo, aparentemente insalvable, del férreo control que los llamados caciques de dinastías familiares ejercen en 24 de los 32 estados sobre la vida política y económica, la policía y todo otro aspecto de la vida de la gente. Las promesas de terminar con los caciques chocarán con una estructura enquistada que sobrevive incólume. Pese a esta anomalía, México se ha convertido en la segunda economía de
América Latina, después de
Brasil, gracias al empuje del sector privado y de su estrecha asociación comercial con Estados Unidos, situación que López Obrador no parece dispuesto a alterar.
Se ha declarado partidario de mantener el Nafta, mercado común norteamericano que comparte con su poderoso vecino y
Canadá y que Trump quiere modificar porque considera que beneficia en exceso a los otros dos miembros. Trump se ha lanzado además a una dura campaña contra el constante ingreso clandestino de mexicanos a Estados Unidos y de expulsión de residentes ilegales, así como contra la entrada masiva de drogas a través de la frontera. Hasta insiste en su improbable proyecto de construir un alto muro de contención a lo largo de los miles de kilómetros de frontera común y que reclama debe ser pagado por México.
Austero en su vida personal al punto de negarse a vivir en el Palacio Chapultepec, residencia habitual de los presidentes, López Obrador asegura que ahorrará unos US$ 20 mil millones anuales reprimiendo la generalizada corrupción y los dedicará a combatir la pobreza en que vive gran parte de la población. Nada ha dicho de reprimir la actividad privada de inversores mexicanos y extranjeros, base insustituible de la economía del país. Convivir con esta realidad, con las dificultades que le plantean el dominio de mafias familiares en la mayoría de los estados y con los tironeos con Trump diluyen considerablemente el significado ideológico de la victoria de quien en 2006 llamó a desconocer el triunfo de sus adversarios y sonó muchas veces como una populista de izquierda.