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Kevin Johansen: "Mi cabeza y mi corazón musical arrancaron en Montevideo"

El músico se presenta esta semana en La Trastienda, en sus primeros shows con público desde el inicio de la pandemia, en la ciudad donde dio sus primeros pasos musicales

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18 de noviembre de 2020 a las 05:01

Kevin Johansen está preparando el mate. No lo arma ni a la argentina ni a la uruguaya. Lo hace a su manera, mezclando los métodos y consejos de cebadores de distintos sitios. Parece adecuado para un hombre que nació en Alaska, vivió en Arizona, en California, en Buenos Aires, en Montevideo, en Nueva York.

Ahora está en Montevideo, en la cuarentena obligatoria estipulada para los extranjeros que entran al país en estos tiempos covidosos, aprovechando los días en solitario para ordenar ideas, corregir letras, terminar algunas composiciones y ajustar canciones que ha grabado en estos últimos tiempos, mientras espera para tocar en La Trastienda este viernes, sábado y domingo, una tercera función sumada por entradas agotadas en las dos primeras.

“Estoy en ese proceso en el que el silencio ayuda”, dijo Johansen, por teléfono desde Buenos Aires, antes de cruzar a Uruguay. “Yo en casa lo encuentro después de la 1, 2 de la mañana, a veces mi hijo menor se queda al lado y después lo tengo que llevar a la cama, aunque por suerte es dormilón y sigue hasta el mediodía y eso también me ayuda. Me hace el aguante”, comenta con una risa.

Estos meses fueron, para Johansen, “por momentos muy duros, por otros con mucha paciencia, otros momentos de hacer el aguante y pelear, tratar de terminar ideas, y de seguir remando contra esta corriente de dulce de leche en la que estamos todos”, dice al respecto de la pandemia, que fueron también meses de estar en casa con sus hijos y su pareja, lo que no siempre ayuda para sentarse a componer con tranquilidad, pero fueron también una oportunidad para comentar sus nuevas ideas con ellos. “Ahora estoy escribiendo un tema más urbano, rapeado. Y lo hago para jugar, para experimentar. Se lo muestro a mi hijo de 12, que está súper en esa, y se me caga de risa. Se descostilla de risa de las cosas que se me ocurrían, pero le gustaban. Y me decía lo que le parecía bien o lo que no. Me encanta ser permeable, siempre estoy muy atento a las opiniones constructivas”, explicó el músico de 56 años.

¿Tenés un método para componer?

No tengo una disciplina para componer más allá del ejercicio, de la costumbre de siempre estar canturreando una melodía, una línea, pergeñando un ritmo que me gusta, y eso te lleva, indefectiblemente, a agarrar el celular y grabar algo, a la guitarra, al piano, al papel, a escribir algo que te parece ocurrente o interesante. O un título, a veces empezás por el título. Va variando. Lo que sí es que es un oficio, y la canción es mi género. Más allá de lo de "desgenerado", soy cancionista, me río de mí mismo.

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Para Johansen, los shows en Montevideo serán los primeros con público desde febrero. En el medio hizo algunas presentaciones vía streaming, pero esta tríada de presentaciones será su reencuentro con una audiencia de carne y hueso. “Voy a llorar de la emoción”, anticipó.

Serán shows a guitarra y voz. Íntimos. Para Johansen hay tres pilares en su concepción de un buen espectáculo en vivo. Llevar al público a una emoción, a una reflexión, y hacerlo bailar. En estos días de público obligatoriamente sentado y movilidad limitada, este aspecto va a estar más reducido que de costumbre, pero igualmente el artista está seguro de que alguna parte del cuerpo se va a poder sacudir. Algo que se conecta con su canción más reciente, The avaliable 20s, en la que hace un paralelismo entre los 1920 y los años 20 de este siglo (“hace 100 años tenías la prohibición del alcohol en Estados Unidos, París era una fiesta, Montevideo y Buenos Aires en la época del granero del mundo tenían su explosión también, era el período entre guerras, y ahora estamos con la prohibición del movimiento y el contacto, es muy loco eso. De algún modo la canción pondera la libertad, que es la última soberanía que tenemos, la de nuestro propio cuerpo y lo que hagamos con él”). 

En los shows montevideanos también habrá lugar para otros intercambios, como contar anécdotas o la historia de algunas canciones. “Compartir con el público ya de por sí para mí es como hacer una reunión en tu casa. Donde por ahí los primeros dos o tres temas estás nervioso, y en tu casa preguntás si están bien, si les gusta la música, tienen su bebida, les gusta la comida. Estar arriba del escenario es tener alma de anfitrión, y en ese sentido seré un anfitrión para el público montevideano”.

Su vuelta a los shows presenciales es en la ciudad en la que su camino musical comenzó a definirse con más claridad. Es donde recibió su primera guitarra, y donde tomó las primeras clases formales. Y como uno de sus hogares, es también parte de su historia.

¿Cómo es tu relación con Montevideo?

Montevideo es como un amigo que lo ves de vez en cuando. Que vive en otro lado, pero que cuando lo encontrás es como si no hubiera pasado el tiempo. Es ese amigo que siempre está. Me acuerdo la primera vez que volví, después de muchos años, si bien había pasado algún día de veraneo en La Paloma, o Punta Ballena, La Pedrera, fui por primera vez a Cabo Polonio, o una vez que fui de campamento con una novia a Rocha. Pero más allá de esas veces que fui, esa vuelta a Montevideo me fui enseguida del hotel a Malvín, donde yo vivía, fui a ver la calle 18 de diciembre, el liceo, que quedaba enfrente, el Club Relámpago, donde jugué mis partiditos, las canteras de Malvín, donde jugaba con otros 20 botijas del barrio y me daba vergüenza decirles que era de Alaska, para que no me dijeran "yanqui", entonces no tuve mejor idea de decirles que era de Buenos Aires, y me decían "el porteño". Es un lugar que siempre está en mi, si Tony Bennett decía "I left my heart in San Francisco", hay una parte mía que siempre está en Montevideo. 

¿Qué sonidos recordás de esos años en Montevideo?

Mi vieja enseñaba literatura inglesa y española, yo fui a Montevideo por su trabajo, en el British, en Carrasco. Yo tenía una doble vida, iba con un uniforme verde, con corbata, y venía de la escuela pública de San Francisco, no entendía nada. Pero los momentos de conexión en Montevideo con la música fueron importantes. Antes de que a mi madre le saliera el trabajo en Montevideo yo viví seis meses en Buenos Aires, y terminé sexto grado allá, y en esos meses un amigo de la escuela me enseñó alguna cosa de guitarra. Cuando ya estaba en Montevideo vino y me trajo mi primera guitarra, que me la mandaba mi tío. Y mi vieja había pegado onda con una bibliotecaria del British, que era Susana Ibarburu, la tía de los músicos. Susana le dijo, "mi hermano toca muy bien y da clases", y esos fueron mis primeros aprendizajes, aprendí a tocar algunas milonguitas, zambas, y algunas canciones que me gustaban, escuchaba mucho Rubber Soul de Los Beatles, y a la vez lo que sonaba en el aire. Nos tomábamos el 107 o el 113 para ir de Malvín a Carrasco y en el colectivo sonaba A redoblar, Los Olimareños. Y después los carnavales en el barrio. Todo eso está muy presente, ese sonido rioplatense y lo afrouruguayo, lo tengo. Para mí fueron años fundamentales y fundacionales. Mi cabeza y mi corazón musical arrancaron mucho en Montevideo, con el contacto con el instrumento. 

¿Qué música uruguaya escuchás habitualmente?

De niño, mi vieja era muy folklorista, tanto ella como mi tío eran muy musicales, tocaban la guitarra. Mi vieja cantaba muy bonito, muy agudo, como Joan Baez o Violeta Parra. En casa, era muy latinoamericanista, ya estando en Estados Unidos, entonces sonaba Viglietti, Zitarrosa, el folklore uruguayo estaba, además de Victor Jara, Mercedes Sosa, Cafrune. Era bien de esa época, el boom del folklore revolucionario, y estaba muy presente. Ahora, obviamente, escucho de todo. Una de las noches más bonitas que he tenido fue en el Solís, con Pitufo Lombardo, Lea Bensasson, Ruben Rada, Fernando Cabrera, fue un lujo total. La cantidad de música uruguaya en proporción a la población es interminable. Cada vez que voy me tiran 20 bandas por la cabeza (risas). En Uruguay levantás una piedra y sale un músico, es una barbaridad. Ibarburu, Buscaglia, los clásicos que ya te nombre, colegas de mi edad, bandas nuevas. No se puede creer. No te puedo nombrar todo porque estoy todo el día. Hay tres millones de solistas en Uruguay. 

¿Alguna vez algún uruguayo te dijo “con este género no te metas”?

Por suerte nunca me lo dijeron a la cara. Y creo que el aprender y el aprehender es parte del oficio del músico, y del cancionista. Mi género es la canción, pero si quiero aprender a tocar una chamarrita o una milonga criolla, voy a poner un disco de Zitarrosa a ver como se hace. Si querés romper con la tradición, primero tenés que aprenderla. Y después la tarea fundamental de cualquier cancionista que quiera ser original es ponerle tu propia impronta, tu estilo, tu forma, tu corazón. Porque las influencias van a estar, y te vas a inspirar en algo, vas a tomar cosas. Pero creo que a esta altura la gente ya sabe que a pesar del nombre gringo viví en Uruguay, y que esa influencia está en mí, no la puedo evitar, no la puedo caretear. 

¿Cómo se logra estar en constante cambio y no repetirse a uno mismo?

Es una tarea titánica. Porque indefectiblemente seguís siendo vos y vas a repetir algunas cosas, algunas ideas y obsesiones que tenés. Nunca estoy conforme ni conmigo ni con la humanidad, entonces hay muchas cosas de las que hablar y de las que quejarse. Y a la vez reconocer y celebrar las diferencias, de eso también se trata la canción Vecino, que da nombre al show. No ver al otro solamente como un otro, no clasificarlo. Hay una comodidad en decir "es siempre igual", y no das chance a evolucionar. Busco eso mucho en mí, y en mis amigos, y evolucionar en este mundo que está tan involucionado. El problema con la pequeñez humana es que no para de crecer (risas). 

¿Te pasó alguna vez que intentaran encasillarte, o que te dijeran “seguí haciendo solo esto que te sale bien”?

Tengo bastante suerte, por un lado tengo gente que me dice que lo que más le gusta de mi música es la energía, que para mí es un gran halago. A mí me da risa cuando me dicen "no cambies nunca", y son tus fans. Y capaz el tipo quiere hacer jazz, o música urbana, probar otras cosas, entonces eso me da un poco de gracia. Pero cuando te quieren limitar o encasillar, eso habla más del otro que de uno mismo. Hay una anécdota de Bob Dylan, de cuando era joven, que parece que hablaba mal de los colegas, y la abuela le dijo, "Bob, todos estamos peleando una dura batalla", y eso me parece maravilloso. Como dice Charly García, "cada cual tiene un trip en el bocho, difícil que lleguemos a ponernos de acuerdo". Creo mucho en eso. Y ahí uno empieza a entender la empatía, con la familia, que cada uno tiene sus rollos con la familia, y a veces con pensar de donde vienen y que atravesaron también los entendés. Y también soy muy agradecido, yo encontré mi profesión y mi oficio de una forma muy orgánica, con tropezones pero siempre con gente que me impulsó. Y la encontré tardíamente, creo que hay un aspecto mío que la gente intuye, de hasta maravillarme con lo que me pasó. Después de los treinta y pico y ya tener una carrera bastante concreta y nítida como solista, la verdad es que recién a esa edad encontré mi público, entonces hay una parte mía que también se ríe de mi mismo, no es que me tocó todo a los 19, que es una montaña rusa, todo ese cóctel debe ser difícil de manejar. 

En tus canciones hay muchas veces comentarios sobre el mundo y la sociedad, ¿te surge por una cuestión de retratar tu época para contar cosas más universales o va más por la mirada de la actualidad?

La forma más sincera de manifestarme que tengo es observando y quejándome, a veces, otras veces sintiendo esa empatía y entendiendo las miserias humanas que tenemos todo. Pero es eso de "pinta tu tiempo y serás atemporal", describir lo que te rodea. Como decía Akira Kurosawa, "el verdadero artista no desvía la vista". Y por lo general los seres humanos somos cobardes, yo desvío la vista un montón. Veo un noticiero y si hay algo feo no lo quiero ver, o en la calle, ves algo escabroso y te da tristeza. Es un desafío ver todo. Lo hermoso de la música es que abarca todo, el drama, el humor, la risa y el llanto. Hay acordes graciosos y otros tristes. Hay infinitas formas. 

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