27 de febrero de 2014 18:55 hs

Muchas de las hazañas de conquista y descubrimiento son claramente producto del siglo XIX. En ese siglo Charles Darwin recorrería el mundo construyendo el origen de las especies, Richard Burton sería el primer occidental en visitar La Meca y el descubridor del origen del río Nilo, Amundsen, Peary y Scott competirían por llegar a los polos. Parecería que para cuando llegó el siglo XX, nada quedaba por descubrir y si en todo caso eso no era así, las universidades, las grandes revistas de ciencia y el público en general, ya no tenían el interés o el ansia por saber qué motivara estos mismos descubrimientos. Pero el noruego Thor Heyerdahl tenía otras ideas.

Este explorador y antropólogo noruego creyó descubrir –en su estancia de diez años en la Polinesia– que algunos dioses locales adorados por los polinesios coincidían con los dioses peruanos, específicamente Tiki (un dios del Sol). Sin embargo, el conocimiento científico de la época (a mediados de la década de 1930) indica que este archipiélago de islas fue poblado desde Asia, algo a lo que Heyerdahl se opone de inmediato, apoyándose en sus propios descubrimientos. Con esta idea, se mueve durante 10 años tratando de encontrar quien financiara un estudio y experimento que pudiera probar su teoría.

Al desinterés antes planteado –sumado a una guerra mundial en el mismo período– se suma el hecho de que los indígenas peruanos carecían de barcos, ya que utilizaban tan sólo balsas de madera. Heyerdahl entonces va a por todas: acompañado por amigos y seguidores (todos ellos rigurosamente nórdicos, evidentemente con la sangre vikinga muy a flor de piel) se propone recrear el posible viaje que 1500 años atrás hicieran indígenas sudamericanos: viajar casi 8 mil millas en una balsa, llevados sólo por el viento y las corrientes.

Este viaje se realizó realmente en 1947. Heyerdahl, acompañado por otros cinco hombres, viajó durante 101 días hasta alcanzar el archipiélago, en un viaje financiado por sus propios bolsillos y con apenas ayuda del gobierno peruano (y donaciones de la marina estadounidense). Viajó y probó su punto, amén de escribir sobre la experiencia un libro que fue best-seller y filmar un documental durante el mismo viaje (que se alzaría con el premio Oscar en el año 1951). Esta Kon-Tiki dramatiza y ficciona este mismo viaje.

La historia tiene su origen en la infancia de Heyerdahl y ya desde entonces nos queda claro que se trata de alguien que hará su voluntad sin importar las adversidades u opiniones en contra. Ya adulto es un hombre entre obsesionado y apasionado, capaz de llegar a las últimas consecuencias con tal de probar sus teorías. Un hombre de otros tiempos, cuya cara se ilumina al poder entrar al Club de Exploradores neoyorquino (donde tiene vedada la entrada) y poder escuchar a las viejas glorias contar sus historias. Un hombre capaz de navegar 101 días sin siquiera saber nadar.

La película de Joachim Ronning y Espen Sandberg no se aleja ni un paso de la estructura de una aventura clásica. Se aprecia el origen de la teoría de Heyerdahl, la preparación de la expedición y la expedición misma. Como indican los cánones del cine de aventuras, la expedición tendrá más y más inconvenientes: recorrer el Pacífico –que de Pacífico tiene apenas el nombre– y sus tormentas, los tiburones que se transforman en continua compañía, tratar de seguir una ruta siendo ninguno de los que viajan marinos expertos, los problemas internos que se comienzan a dar entre la tripulación. El in crescendo dramático está logrado a la perfección, las escenas de peligro califican de quita aliento y por encima de todo hay una hermosísima fotografía (a cargo de Geir Hartly Andreassen) que hace palidecer, por ejemplo, a la lograda por Vida de Pi (Ang Lee, 2012) que tiene un escenario similar. Al elenco de desconocidos actores nórdicos (quizá la excepción entre ellos sea Gustaf Skarsgård, recordado por su rol en la serie de TV Vikings) no se le encuentra mella. Y la película está al borde de calificar de aventura perfecta (un exceso dramático en el final atenta contra esta calificación) cosa que no suele encontrarse en las salas de cine uruguayas.

Kon-Tiki compitió en 2013 en los Premios Oscar (siendo superada –con razón– por Amour en la categoría Mejor Película Extranjera) y tiene ya casi dos años de estrenada.

Sea como sea, es de agradecer a nuestra siempre atrasada cartelera que por una vez nos resulte favorable y nos permita ver tan magnífico espectáculo –una verdadera aventura visual– en pantalla grande.

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