Por detrás del cerco natural de pinos (o artificial, si tomamos en cuenta que los plantaron Antonio Lussich y Henry Burnett encima de dunas de arena) se extiende una campiña de pastos cortos, la misma penillanura de suaves ondulaciones que enseñan las maestras en la escuela, donde pastan vacunos mansos y trotan caballos que levantan sus cabezas elegantes cuando pasa algún auto por los caminos de pedregullo. La interacción entre estos dos espacios es más o menos fluida, sobre todo si los citadinos tienen excusas para ir al campo.
La Barra ya tiene su pulpería: No Seas Malo
Con tanto para ver, el turista que recién llega a Punta del Este suele saltearse un elemento geográfico: la zona rural