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La corta felicidad de los entrenadores de fútbol

Álvaro Gutiérrez disfruta de un presente luminoso, pero en el fútbol todo puede cambiar rápidamente

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07 de octubre de 2019 a las 14:53

El tema ya lo he tratado antes en este lugar, pero como me sigue pareciendo inquietante, por lo ilógica que es la relación prestigio-resultados, vuelvo a insistir en el mismo, a la luz de un ejemplo actual y a la mano. El entrenador actual de Nacional, está haciendo una campaña que de acuerdo al veredicto de las cifras puede considerarse extraordinaria por el porcentaje de puntos obtenidos desde su llegada y por la cantidad de goles a favor. El implicado comentó el sábado luego del triunfo ante Boston River: “Ahora todo sale, se ve el horizonte con más optimismo, pero con los pies en la tierra porque aún no ganamos nada".

Dadas las circunstancias, esto es, la posición actual del equipo tricolor en la Tabla Anual y por el hecho de que Álvaro Gutiérrez heredó un equipo que iba cuesta abajo, cualquiera podría imaginar que el club debería extenderle el contrato como recompensa a la efectiva labor que viene realizando. Sin embargo, esa lógica es inaplicable al fútbol, idiosincrática dimensión en la cual fácilmente un entrenador con récord ganador puede terminar yéndose por la puerta de atrás, con más ignominia que gloria, debido a una seguidilla de resultados negativos que empanan su labor anterior.

En el mundo actual difícilmente haya una profesión con tan poca seguridad laboral como la de entrenador de fútbol. Hoy gloria, mañana una patada en el trasero de la cual nadie esta librado, así haya una combinación de factores que puedan explicar el fracaso, pues, lo mismo que en los accidentes aéreos, no es nunca una sola la causa la responsable de la debacle de una oncena. 

La historia del fútbol está llena de entrenadores legendarios que llevaron al pináculo a un equipo pero terminaron miserablemente. Un ejemplo notorio es de Brian Clough, tal como lo documenta la película The Damned United (El nuevo entrenador), posiblemente la mejor que se ha hecho sobre inmisericorde mundo del fútbol. Dicho filme presenta con minuciosos detalles el calvario que fue para Clough (1935-2004) dirigir al Leeds United, adonde llegó con gran prestigio tras salir campeón con el Derby County.

En el Leeds duró solo 44 días y tras su partida los jugadores dijeron que era el peor técnico que habían tenido. Clough quedó demolido por el trato que le dio el plantel y dirigentes, aunque no llegó a cumplir su intento de abandonar la profesión. A las pocas semanas lo contrató el Nottingham Forest, club al cual sacó campeón dos años seguidos de la UEFA Champions, 1979 y 1980, y al que dirigió por casi 20. ¿Por qué a un técnico tan ganador y carismático le fue tan mal en el Leeds United? Clough murió sin conocer la respuesta, aunque tenía en claro que en el fútbol son muchas las preguntas para las cuales incluso los que más saben carecen de respuesta.

La historia dice –o tal vez no lo dice, pero es la interpretación que le doy a los hechos a la vista de todos– que a los entrenadores de fútbol no los liquidan los malos resultados, como suele creerse, sino su propia terquedad. Hasta último momento sostienen el libro de su teoría, suponiendo que incluso en los momentos de pleno fracaso saldrá de allí la solución mágica que permitirá salir ilesos de la tempestad. A los entrenadores en su mayoría les cuesta aceptar las opiniones de los demás cuando estas vienen acompañadas de evaluación. Y les cuesta incluso más cambiar sobre la marcha, pues temen que eso implique aceptar sus errores y magnificar un estado de vacilación.

Gutiérrez dijo luego del partido con Wanderers: “Agarramos al equipo último y hoy estamos primeros”. Luego dio a entender cómo son las peculiaridades de su profesión, según las cuales, hoy si y mañana quién sabe: “Recién estamos a mitad de camino”. ¿Ya pasó lo peor o es eso lo que se viene en los próximos partidos? Esa es la gran espada de Damocles que acecha todo el tiempo a los entrenadores. El trecho entre ser un genio y pasar a convertirse en un inútil es corto. Es fácil de explicar: cuando los resultados no son los esperados, hasta los mejores pasar a ser percibidos como pésimos y son inmediatamente descartables. Un ejemplo a la mano es el de Miguel Ángel Lotina.

Por un tiempo Lotina fue un genio por haber clasificado al Celta de Vigo a la Champions europea, pero en cuestión de meses, qué digo, semanas, se convirtió en un mediocre de lo peor porque el mismo equipo que disfrutó las luminarias europeas se fue al descenso. Nacional no va a descender, Gutiérrez lo sabe, pero la lechera no está librada de que se le pueda romper el cántaro donde lleva la leche antes de poder venderla en el mercado. Así de frágil es todo en el impredecible mundo sin lógica del fútbol.

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