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4 de noviembre 2023 - 5:01hs

Quizá el primero en decirlo claro y fuerte fue Larry Summers, exsecretario de Tesoro de Estados Unidos y expresidente de Harvard, al quejarse, en la red social X (antes Twitter) de la carta publicada por más de 30 agrupaciones de alumnos de esa universidad a favor de Hamas y sus acciones terroristas del día 7 de octubre.

Pero el mensaje antisemita, y el claro apoyo a un acto terrorista de proporciones jamás vistas desde el Holocausto, y aun superándolo por su peculiar sadismo y crueldad, se expandió rápidamente a otras universidades de la elite americana. Sí, de la famosa Ivy League. Allí donde se forman los cuadros directivos y los políticos del mañana. Allí donde, supuestamente, se enseña a pensar, y se fomenta el espíritu crítico con tolerancia y respeto. Pero parece que hay algunos “distintos” que no se aceptan. Y no son solo los alumnos, quienes reaccionan con violencia y quizás falta de conocimiento, experiencia y sabiduría. También los profesores, que sí tienen experiencia y conocimiento de la vida. Uno de Cornell dijo que “quien no estuviera emocionado por las acciones de Hamas no era humano”. Otro de Michigan University destruyó los carteles de los rehenes israelíes retenidos por los terroristas de Hamás en Gaza y que estaban colgados en la pared de la universidad.

Según el experto en antisemitismo, Ken Stern, estos comunicados críticos son “dogma, ceguera, miras estrechas”. “Están tan limitados en términos de  lo que piensan que solo buscan más pruebas para respaldar sus premisas. Es gente que ya ha decidido de antemano que Israel está equivocado, y cualquier hecho va a confirmar esa opinión”. Si Stern tiene razón, la universidad está muy lejos de cumplir sus propósitos.

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Las universidades todas están basadas en el principio de libertad de expresión. La Primera Enmienda rige siempre, pero allí rige plenamente. Pero si ello se hace sin respeto por la opinión del otro, sin respeto por el otro, sin fundamento ni razón, la universidad destruye su propia alma. Jacob Howland, doctor en Filosofía por la Universidad de Pensilvania, afirmó en un artículo reciente en The City Journal que la educación superior tiene la finalidad de preservar, transmitir y expandir el conocimiento, incluyendo tanto el buen juicio como la comprensión de lo que llamamos sabiduría. En sus palabras, las universidades se ubican en el umbral entre el pasado y el futuro, el individuo y la sociedad, las verdades eternas en lo alto y el constante fluir del tiempo.

La llamada de atención de Summers, que no esperaba un respaldo unánime a cuestiones políticas de Israel, sino una condena enérgica al terrorismo (“Para ser claros, no es incorrecto criticar la política de Israel en el pasado, en el presente y en el futuro. Yo mismo he sido crítico de Netanyahu. Pero eso es muy diferente de la falta de claridad en la condena del terrorismo”), encontró finalmente eco en la presidenta de Harvard. En efecto, luego de dos comunicados ambiguos del consejo de la universidad, Claudine Gay, presidenta de la casa de estudios, tomó el toro por los cuernos y emitió un comunicado firmado solo por ella condenando las atrocidades de Hamas.

Es que una cosa es discrepar con la política de Israel en momentos determinados y bajo gobiernos determinados y otra es justificar el terrorismo. Peor aún, no condenarlo de raíz. O entrar en las disquisiciones de los gobiernos de muchos países latinoamericanos empezando por Bolivia, que corta relaciones con Israel, Colombia, cuyo presidente Petro dice cosas más inconvenientes cuanto más habla, Chile, que ya tenía problemas con Israel, Brasil y Argentina, que son magos en el lenguaje de la ambigüedad.

El problema es que cuando no se llaman las cosas por su nombre se comienza a vivir en la mentira. Es lo que decía Confucio, hace unos cuantos años:

“Si el lenguaje carece de precisión, lo que se dice no es lo que se piensa.
Si lo que se dice no es lo que se piensa, entonces no hay obras verdaderas.
Si no hay obras verdaderas, entonces no florecen el arte ni la moral.
Si no florecen el arte ni la moral, entonces no existe la justicia.
Si no existe la justicia, entonces la nación no sabrá cuál es el rumbo: será una nave en llamas y a la deriva.
Por esto no permitáis la arbitrariedad con las palabras. Si se trata de gobernar una nación, lo más importante es la precisión del lenguaje”.

El pensamiento de Confucio permite entender la crisis intelectual de las universidades americanas. Lo que mal comenzó en Harvard con esas penosas declaraciones de estudiantes, peor terminó en Cornell University, donde hubo que cancelar las clases por las intimidaciones de Patrick Dai, un estudiante de 21 años, que amenazó con disparar a un comedor de la universidad que sirve comida kósher. Tanto amenazó Dai con otras atrocidades, que la presidenta de Cornell, Martha Pollack, tuvo que emitir un comunicado diciendo “No toleraremos el antisemitismo en Cornell. De hecho no toleraremos el odio en ninguna de sus formas, incluidos el racismo y la islamofobia”.

Ojalá que estas universidades recuperen el camino que marcan su principales jerarquías y entiendan cabalmente su vital papel en la sociedad para la búsqueda de la verdad y la promoción de un verdadero debate.

Temas:

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