5 de mayo de 2013 12:41 hs

Brasil, una superpotencia agrícola con abundantes tierras fértiles, está teniendo problemas para ofrecer a su población alimentos a precios accesibles. Para entender el motivo, tomemos el caso del tomate.

El precio de la fruta roja se disparó 122% en marzo frente al mismo mes del año anterior y fue portada de dos revistas de tirada nacional. La prensa denunció el tráfico de tomates desde Argentina y los brasileños, indignados, comenzaron a preguntarse cómo es posible que un alimento cueste más en el trópico que en Alaska.

La producción brasileña de productos agrícolas exportables como la soja, el maíz, el azúcar o el café está creciendo más rápido que en ninguna otra parte del mundo y nadie teme una escasez de alimentos en un país tan rico en recursos naturales.

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Pero la mayor economía de América Latina está volviéndose cada vez más escenario de dos políticas agrícolas opuestas.

Los cultivos de exportación son un modelo de suceso tecnológico y alto rendimiento, mientras las granjas responsables por alimentar a la creciente clase de consumidores continúan siendo pequeñas operaciones familiares, igual que hace décadas.

Acosadas por las deudas, vulnerables a las inclemencias del tiempo y expulsadas de sus tierras por los cultivos de materias primas, estas granjas son el primer eslabón de una larga cadena de ineficiencias que hacen subir los precios de los alimentos en un país traumatizado por una larga historia de inflación fuera de control, complicando los esfuerzos de la presidenta Dilma Rousseff por retomar el crecimiento.

Algunos de los problemas que enfrentan las pequeñas granjas en la periferia de las grandes ciudades de Brasil, como la falta de mano de obra e ineficientes sistemas de transporte, son también sentidos por la industria manufacturera y los emprendedores.

Forman parte del llamado “costo Brasil” que asfixia el crecimiento económico y encarece los negocios en esta nación de 194 millones de habitantes.

El gobierno brasileño culpa de la reciente escalada de los precios del tomate, las cebollas y zanahorias –que contribuyeron a que la inflación perforara en marzo el techo de la meta oficial por primera vez en un año y medio– a factores estacionales fuera de su control.

“Hay problemas climáticos en algunas regiones”, dijo el secretario de Política Agrícola de Brasil, Neri Geller, sugiriendo que los precios caerán pronto. “Tenemos políticas bien definidas para esos productos mediante líneas de crédito e intervención a través de precios mínimos”.

Pero existe un creciente consenso entre granjeros y economistas de que asuntos estructurales más profundos, no solo las lluvias irregulares, vuelven a Brasil vulnerable a la oscilación de los precios de los alimentos en momentos en que pocos otros países comparables están preocupados con la inflación.

Igual que en muchas naciones en vías de desarrollo, en Brasil los alimentos todavía representan una parte importante del índice de precios al consumo –22%– y las frutas y vegetales son consumidas por todas las clases.

Falta mano de obra

Uno de los principales factores detrás de los elevados precios de los alimentos es la falta de mano de obra en una nación que goza actualmente de empleo casi pleno.

Tras años de fuerte crecimiento, las compañías de servicios sedujeron a trabajadores menos calificados con mejores condiciones y menores cargas horarias, a menudo en ambientes con aire acondicionado en vez del abrasador sol de los campos.

“Hoy los trabajadores que más escasean en Brasil son los que no están capacitados. Los trabajadores agrícolas viven en las afueras de las ciudades y tienen otras oportunidades”, dijo Mauro Lopes, un agrónomo del centro de estudios Fundación Getúlio Vargas en Río de Janeiro.

A diferencia de las grandes plantaciones de soja y caña de azúcar principalmente mecanizadas, bien capitalizadas y a menudo administradas por compañías extranjeras, el 60% de las granjas de vegetales de Brasil son familiares y dependen del trabajo manual.

La tierra para cosechas que no son exportadas escasea. Según datos de la agencia oficial de estadísticas IBGE, el área plantada con arroz y frijoles, alimentos básicos de la dieta brasileña, cayó 30% desde 1990, cuando la población era 25% menor.

En el estado de San Pablo, el motor de la economía brasileña con 40 millones de habitantes, los campos de caña y naranjos dominan el paisaje. El azúcar y el concentrado de jugo de naranja son exportaciones claves en Brasil.

“Hay una clara división en la agricultura brasileña”, dijo João Pedro Stedile, economista y líder del Movimiento de los Sin Tierra. “Hay 16 millones de trabajadores en las granjas familiares. Tienen apenas 15% de la tierra, pero producen 80% de lo que se consume domésticamente”.

Aunque los precios de los tomates en los supermercados de Brasil han caído ligeramente desde marzo, cuando llegaron a US$ 8 por kilo – más que en Alaska–, los precios de la cebolla continúan a unos US$ 3 por kilo, el doble que en Ciudad de México y tres veces más que en Lima. (Reuters) l

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