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La era de la zafiedad en la democracia

La manera de actuar de Donald Trump puede afectar a Estados Unidos y al resto del mundo

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24 de julio de 2018 a las 05:00

El accionar del presidente Trump y sus efectos merecerán, alguna vez, muchos trabajos de investigación multidisciplinaria, a partir del egocentrismo infantil, el voluntarismo y el empecinamiento caprichoso que caracteriza su peligrosa gestión.

El poderío bélico y económico de su país puede permitirle por un tiempo relativamente largo continuar con su precaria concepción económica proteccionista y aislacionista y con su visión centrípeta de la geopolítica. Hasta puede mostrar algún resultado positivo temporario. Sin embargo, los graves daños de esas torpezas afectarán a su país - y dada su importancia, al resto de los países - y frenarán el crecimiento y el bienestar global.

Pero el problema no es el zafio showman, una caricatura de Teddy Roosevelt, empuñando su garrote y ofreciendo su zanahoria (sin alusión irrespetuosa a su carotenado), sino la manera en que las sociedad está defendiendo lo que entiende como sus derechos, y el uso o abuso que hace de su democracia, o de su poder de voto.

Trump es la resultante de la instantaneidad del impaciente reclamo social. Del concepto infantil de que todo deseo o necesidad - justo o no, real o no - es un derecho que además debe ser satisfecho de inmediato por alguien que tiene la obligación de hacerlo, urgentemente y sin excusas ni pruritos. Cuando se dice que el voto es siempre emocional, o frases como "es la economía, estúpido", se resume la terrible realidad de que la sociedad no es racional. Con lo que los pueblos terminan gobernándose y siendo gobernados irracional e ineficazmente.

La elección del multifallido billonario fue la resultante de una mezcla de disconformidades, reivindicaciones, odios, frustraciones, nacionalismos, regionalismos, arcaísmos, revanchismos e intereses sectoriales o personales, incluido el propio. Desde el armamentismo hasta el racismo, desde la xenofobia al proteccionismo. Ninguna de ellas configura per se una causa mayoritaria.

Por eso la democracia tuvo como contrapartida indivisible, desde la primitiva organización griega hasta la que plasmaron los Founding Fathers americanos, el requisito de un electorado educado, no necesariamente en términos científicos o técnicos, pero sí en valores, en reflexión y ponderación. Requisito olvidado convenientemente por las infantiloides sociedades actuales. Por algo los enemigos de la libertad socavan sistemáticamente la educación.

Donald Trump impone a su población, y por extensión al mundo, las fórmulas que él cree que sirven para satisfacer esos gentiles pedidos que son los votos que ha ganado con sus promesas. Trump cumple, lamentablemente. En ese proceso, con una sinceridad encomiable, representa fielmente a sus electores, pero no a la mayoría del electorado. Aplica tratamientos y curas que no sirven, a problemas mal diagnosticados, buscando soluciones que nunca obtendrá. Como si una epidemia fuera enfrentada con medidas decididas por consenso popular, sin importar lo que diga la ciencia médica.

Muchas de esas ideas, debe reconocerse, son las que su propio partido republicano en su versión contemporánea viene tratando de imponer desde la presidencia de George Bush padre y su heredero natural y político, George W. Bush. Han encontrado, casi de casualidad, un gestor eficaz para su neoideología, que ya no defiende principios, sino meros intereses, conveniencias y necesidades siempre crecientes y urgentes de sus propios adeptos. Los partidos son ahora simultáneamente víctimas y victimarios de sus votantes, con lo que se perfecciona el modelo de voluntarismo e instantaneidad.

El GOP está atrapado por su propio Golem, al que al mismo tiempo teme y usa, como ya había ocurrido en las primarias. No se trata de un líder carismático y principista tipo Mandela, Martin Luther King o Lincoln. Es tan solo un populista que ni siquiera sabe lo que eso quiere decir.

Este panorama no difiere demasiado de lo que ocurriera con el Brexit, ni del separatismo catalán o vasco, ni del payasesco (sic) resultado comicial italiano, ni de tantas otras decisiones electorales o legislativas que intentan conformar a las masas y terminan en atraso, grietas, desintegración o decadencia.

En una reciente conferencia, el ilustrado pensador argentino Alberto Benegas Lynch (h) recordaba a Giovani Sartori, que sostenía que la esencia de la democracia es el respeto hacia las minorías por parte de las mayorías, y recién después, secundariamente, el proceso electoral. Por eso, sostiene Benegas citando al constitucionalista González Calderón, se cae en la práctica de una matemática democrática falsa, que cree que 50% más 1 es igual a 100, y 50% menos 1 es igual a cero.

Sostiene entonces que son fundamentales nuevos mecanismos de control y límites a los gobiernos, para evitar que se caiga en esa matemática absurda en que queda atrapada la democracia, hoy un transformer de totalitarismo encubierto. (Afirmación propia)

Esos formatos imprescindibles aún no se han encontrado. Solían ser subsanados por la educación, ahora destruida y deformada por los mismos excesos que se describen. El monopolio de los partidos, siempre pocos, siempre tiránicos, siempre promoviendo o complaciendo algún facilismo o populismo, es la mayor limitación a la esencialidad democrática que plantea Sartori.

La rebaja y exoneración impositiva a las grandes empresas hizo creer a los desprevenidos que el modelo trumpiano era antiestatista y liberal. Sus diatribas tuiteras contra la Reserva Federal, culpándola por elevar las tasas y revaluar el dólar los obligarán a revisar esa creencia y prepararse para un aumento de la velocidad de endeudamiento y un crecimiento del gasto y la inflación, que seguramente aletargará la actividad de su país y la global.

La subordinada y concesiva conferencia de prensa con Putin en Helsinki, lamentable claudicación incomprensible, revolvió algunos estómagos republicanos, pero todos le temen al ataque tuitero presidencial más que al dedo que apoya sobre el botón rojo. También una lamentable democracia.

La decisión del presidente ruso, casi un clon de su homólogo yanqui, de vender todas las Treasuries americanas, puede ser conectada rápidamente con el tuit poco serio de DT reclamando a la FED que bajase las tasas y devaluase el dólar. ¿Una ayuda entre compinches? Otra vez, un ejemplo de las nuevas democracias donde algún tótem representa a mayorías de un día, que ignoran que tomaron esa decisión al votarlo.

Las propuestas económicas y de todo orden que impone a golpes de tuit el presidente americano, redundarán en contra del consumidor y de la sociedad. Aún si, como sostienen algunos analistas con reminiscencias de jugadores de truco, se trata de bluffs para lograr una mejor posición en la mesa de negociación. Porque de su mano, Estados Unidos está perdiendo la calidad de líder mundial confiable y sólido, cumplidor de sus acuerdos y amigo de sus amigos. La gran nación del norte no puede recurrir a un Chapter Eleven político y recular en el cumplimiento de sus tratados y compromisos.

La guerra comercial iniciada por Trump debe ser una guerra solitaria, sin aliados y hasta sin enemigos que intenten retaliaciones. Quien copie su proteccionismo, su aislacionismo, su patanería, pagará caro y rápidamente semejante error. Esto vale todavía más para las economías pequeñas y dependientes.

Como aconseja esta columna, no lo intente en su casa. O en su país. Es mejor usarlo de ejemplo negativo para empezar a pensar en un cambio de fondo en los formatos de la democracia. Las sociedades del futuro, incluyendo sus hijos y nietos, se lo demandan.


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