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El presidente de China, Xi Jinping, junto con el presidente de Rusia, Vladímir Putin

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La era de Pandora

El símbolo de Pandora es aplicable hoy a cuatro grandes procesos mundiales

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31 de octubre de 2022 a las 05:00

En la mitología griega, Pandora era la portadora de una vasija tóxica, un arma creada por Zeus, la cual contenía un conjunto de males destinados a los mortales, como condena por robar el fuego sagrado de los dioses por parte de Prometeo, uno de los siete Titanes y creador de la humanidad. Al abrirla, Pandora esparció sus calamidades por la Tierra por la eternidad. Dicho relato se transformó en un concepto muy utilizado, la “Caja de Pandora”, para describir hechos o factores de diversa índole u origen -humano, natural, material-, que en su condición, poseen las capacidades necesarias de generar grandes alteraciones o conmociones en las diversas dimensiones de la existencia humana.

El símbolo de Pandora es aplicable hoy, a cuatro grandes procesos mundiales, los que en sus orígenes, fueron percibidos por Occidente como engañosas fuentes de virtudes aparentes, pero que actualmente están manifestando su verdadera naturaleza y sus poderosas facultades de causar grandes daños en materia política, económica y social, como castigos a ese mismo Occidente sacudido en sus cimientos, en su parcial responsabilidad de haber liberado dichos azotes.

Estos cuatro agentes de perturbaciones a la paz y a la estabilidad política y económica mundial, -dos grandes Estados, Rusia y China, y dos mega fenómenos como la globalización y la tecnología-, surgieron como portadores de un conjunto de beneficios, que en sus respectivas evoluciones, contribuirían a crear en el mundo del siglo XXI, un estado muy cercano al de una utopía, después de un siglo devastador en guerras y crisis económicas. Dichos factores, muy dinámicos y disruptivos en sus impactos, se gestaron en la década de 1990, un fugaz periodo histórico que actuó como matriz generadora de nuestro presente.

Uno de los componentes centrales de este cuarteto, en su poder desestabilizador, es el de funcionar como un circuito de retroalimentación expansiva en sus causas y efectos, en un planeta híper conectado. Hoy el escenario que parece formarse es el de una guerra ya en curso, junto a la posibilidad de otra de Estados Unidos con China por su eventual anexión de Taiwán, en el contexto económico-financiero de una nueva fase de la irresoluta Gran Recesión del 2008 en la que ahora convergen la inflación, el estancamiento y la inestabilidad financiera y monetaria en las principales economías del mundo.

El caso de Rusia es ya evidente, como generador de diversos males para el mundo. Durante los noventa, Occidente asumió y hasta pretendió que la caída de la Unión Soviética y el final de la Guerra Fría, traería a la nación rusa, la oportunidad de abrirse al capitalismo. De la mano del crecimiento económico, Rusia tendería en lo político al modelo democrático occidental, dejando atrás su rol antagonista de las democracias liberales. La relación amistosa entre el entonces presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, y el líder ruso Boris Yeltsin, como legado del vínculo entre Ronald Reagan y Mikhail Gorbachev, artífices de la debacle soviética, fomentó cierto pensamiento mágico acerca de una Rusia post comunista, abierta al mundo en su economía y miembro responsable del concierto de naciones democráticas. La evolución de la política interna rusa trajo otra realidad que devino finalmente en una nueva pesadilla para Occidente. La designación de Vladimir Putin como sucesor de Yeltsin, sorprendió al mundo como una incógnita en sus inicios, pero que fue revelando, en el transcurso de los años posteriores, la verdadera esencia y propósitos del actual líder ruso.

De la mano de Putin, formado como un oscuro miembro de la KGB, responsable de intervenir en los sistemas políticos de la Europa occidental, y así debilitarlos mediante la práctica de la desinformación –método que perfeccionó y amplió ya como presidente gracias al poder disruptivo y exponencial de las redes sociales- el capitalismo ruso adoptó una versión local. En ella, campean la corrupción, la existencia de una elite de barones billonarios, leales y serviles al autócrata ruso, junto al crimen organizado, que actúa como un brazo ejecutor de castigos y ajusticiamientos a los enemigos del régimen ruso. La invasión a Ucrania en febrero de este año, fue el cruce de un umbral hacia una nueva y muy peligrosa era mundial, y la demostración final del carácter de una Pandora que engañó y dañó a Occidente, a un costo aún desconocido en su duración y magnitud.

La segunda Pandora corresponde a China. Bajo la flamante dictadura de Xi Jinping, investido con poderes absolutos y mandato ilimitado en el reciente congreso del partido comunista, China efectuó su maniobra final hacia una nueva configuración geopolítica. Desde dicha posición, Xi terminará consolidando sus propias condiciones para un nuevo orden mundial, que ciertamente, desde su mirada imperturbable pero no menos desafiante, ya no pertenece a los Estados Unidos y a sus aliados como únicos conductores. Su discurso de apertura del congreso, es muy preciso para entender el significado y proyección de su visión, la cual manifiesta la consolidación de China como hostil rival de Estados Unidos, posición que inevitablemente, generará conflictos y grandes transformaciones, en la forma de “peligrosas tormentas”. 

Este proceso sin embargo, lleva ya varios años de evolución, y se viene concretando en el ya casi irreversible desacople en la relación económica entre ambas superpotencias. Esta ruptura traerá aparejada, en el contexto de una crisis económica y financiera global en gestación con riesgos inflacionarios y de estancamiento en las principales economías, cambios geográficos en la ubicación de las plataformas manufactureras y de las cadenas de suministro. El fenómeno de “in shoring”, en el que las empresas de Occidente acercan sus fuentes industriales a sus países de origen, tendrá efectos inevitables en el encarecimiento de los bienes antes producidos a gran escala por una economía china abundante de mano de obra barata.

La apertura de China al mundo, iniciada con la visita del presidente de Estados Unidos, Richard Nixon a China en 1972, fue parte sustancial de una estrategia geopolítica que buscaba acercar a aquel gigante a los intereses de Estados Unidos en Asia, alejándolo de la Unión Soviética, como un potencial aliado anti occidental. Este periodo histórico que se inició hace ya cincuenta años, ha llegado a su fin, junto a las ingenuas expectativas de una China pro democrática y aliada o sumisa a Occidente. Al igual que con Rusia, Occidente asumió en forma equivocada, que la prosperidad del capitalismo sembraría el germen de la democracia, en una nación habituada a grandes convulsiones políticas y sociales y a un sistema comunista aún más duro que el modelo soviético que surgió tras la muerte de Stalin. La consagración de Xi pone a este dictador en el mismo nivel de poder personalista del que mantuvo Mao Zedong dese 1949 a 1976, como figura fundadora del actual Estado comunista, y regresa a China a un rol de abierto antagonista de Estados Unidos.

Mientras tanto, la globalización y la tecnología, como mega fuerzas transformadoras de la realidad mundial, poseen las propiedades de causar grandes deterioros políticos y sociales. En el primer caso, existen crecientes indicios acerca de los efectos sociales negativos de la globalización en provocar importantes desequilibrios en materia de fuentes laborales e ingresos, producto de los desplazamientos industriales de Occidente  a favor de Asia en general y de China principalmente, durante los últimos cuarenta años. Los efectos políticos de esta pérdida de trabajo y actividad se explican en parte los crecientes fenómenos populistas como el de Trump en el centro del capitalismo global, junto a la polarización política en las sociedades y los declives de sistemas políticos e ideologías tradicionales.

La tecnología, como soporte informativo y comunicacional, y como instrumento de conversión industrial por la vía de la automatización y la inteligencia artificial, está jugando un rol determinante en la inestabilidad política y social que se observa en Occidente, en la promoción de falsas narrativas, en la influencia nefasta sobre sectores radicalizados. Mientras que la globalización económica, como causal de las pérdidas de empleo por la desindustrialización y el deterioro de la cantidad y calidad de la oferta sustituta para grandes segmentos sociales, se ha convertido en la gran culpable de este declive sociopolítico, al anular las perspectivas de progreso y bienestar de una clase obrera igualmente global, y en haber convertido a la China actual, en la superpotencia cada vez más enemiga de Occidente. En materia financiera, la apertura a gran escala de los mercados de capital, especialmente a partir de la derogación de la ley Glass Steagall en los Estados Unidos en 1999, incentivó en buena parte a la crisis del 2008, aún sin resolver y camino a una segunda parte de inciertas consecuencias.

Resulta muy difícil registrar los mecanismos que están forjando a la actual situación mundial sin ubicar a estos cuatro componentes como los grandes agentes causales de las maldiciones que hoy padece el mundo –guerra, inflación, desempleo, autoritarismos- y que Occidente ayudó a gestar y expandir. Vivimos ciertamente en tiempos tan interesantes como peligrosos. Bienvenidos a la era de Pandora.

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