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La familia Mitchell versus las máquinas: dos horas de diversión familiar en Netflix

La película animada que se estrenó en la plataforma destaca por su avasallante propuesta visual y una trama frenética y divertida, que la hace ideal para estos tiempos sombríos

La familia Mitchell versus las máquinas puede verse en Netflix

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08 de mayo de 2021 a las 05:01

En estos tiempos de incertidumbre, dolor, pérdida, oscuridad y miedo, encontrar un lugar en la ficción que ofrezca un refugio temporal de todo eso es como encontrar una botella de agua fría en el desierto. El poder escapista del arte ha resaltado como nunca en este último tiempo, por lo que toparse con una historia que ofrece eso, y encima lo hace con originalidad, buenas dosis de diversión y emoción, una conexión con nuestra realidad cotidiana y con un tono que invita a disfrutar de ese relato con otros, y en particular con aquellos más cercanos y queridos, la hace doblemente valiosa.

La familia Mitchell versus las máquinas es eso. La película, que se puede encontrar desde el pasado viernes 30 de abril en el catálogo de Netflix, es una bomba de energía y entretenimiento que la convierten en una de las mejores películas de lo que va del 2021, y en un imprescindible al que darle una oportunidad en la marea casi innavegable del streaming.

A priori, la película ofrece algo que ya vimos un montón de veces: la historia de una familia nuclear (padre, madre, hija mayor, hijo menor y perrito simpático) que tiene que sobrevivir a un apocalipsis provocado por la rebelión de las máquinas. Sin embargo, va y da vuelta algunos de los ejemplos que esperamos ver replicados, o al menos es consciente de que los está usando y juega con ellos.

Aunque los Mitchells son cuatro, el eje está puesto en dos miembros de la familia. Por un lado está la hija, Katie, una adolescente autopercibida como “rara”, que está a punto de abandonar el nido para ir a California a estudiar cine. Katie disfruta de crear cortometrajes protagonizados por su perro, Monchi, y por su hermano menor Aaron, fanático de los dinosaurios y, como buen joven de estos tiempos, de pasar unas cuantas horas del día en su computadora o con su celular.

Del otro lado está Rick, uno de esos padres clásicos que saben hacer de todo con un destornillador, fanático de la vida silvestre, al que le cuesta vincularse con la tecnología y que no está muy convencido del futuro profesional de su hija. En fin, una de las historias clásicas de hija que quiere independencia pero no se da cuenta del impacto de su partida en la vida de los padres, y del progenitor que se preocupa por su hija pero no se da cuenta que necesita trazar su propio camino.

A instancias de Rick, la familia se sube a su vieja camioneta para emprender un largo viaje por carretera hasta la universidad, una última aventura antes de que la primogénita se separe. En medio de ese viaje, la familia (que se completa con Linda, la madre, una maestra de primaria entusiasta y comprensiva, pero siempre preocupada por cómo sus vecinos parecen ser mejores), se ve convertida en la única sobreviviente de la catástrofe traída por las máquinas.

Es que allá en Silicon Valley, un asistente virtual al estilo Siri o Alexa llamado PAL se enfurece con su creador, un joven millonario llamado Mark Bowman (seguramente el Mark no sea casual) y toma el control de la nueva creación de la empresa de Bowman, unos robots pensados como asistentes domésticos que se convierten en sus tropas de choque y secuestran a toda la humanidad, luego de un ataque que golpea en nuestro punto más débil: nos cortan el wi-fi.

Mark Bowman, el creador de la villana de la película

Aprovechándose de un buen uso de los clichés y de las referencias cinematográficas, en La familia Mitchell versus las máquinas hay guiños a Kill Bill, El amanecer de los muertosYo, Robot y hasta a ese adefesio escrito y dirigido por Stephen King llamado Maximum Overdrive. Pero su encanto va más allá de las referencias y del uso de los elementos narrativos.

Esta película es, también, un festival visual que nunca para. A su ritmo frenético en la historia (que siempre avanza, y salta de un lugar a otro sin pausa) se le suman capas y capas de detalles en pantalla. Animación 3D combinada con animación tradicional, con imágenes reales, con efectos que emulan filtros de fotografía como los de Instagram o Tik Tok, con memes, con referencias a la cultura de internet. Más, más, más. La pantalla es una fiesta, y es así donde se ven algunas de las señas particulares de dos de los responsables de la película.

Christopher Miller y Phil Lord son dos personas, pero a efectos profesionales funcionan como una unidad. Al punto que, por ejemplo, comparten página de Wikipedia. Esta dupla se ha convertido en la última década en una potente fuerza creativa dentro de Hollywood, innovando y generando un estilo propio en el cine de animación —están detrás de las películas de Lego y de Spider-Man: un nuevo universo, la película animada que ganó el Oscar en 2020 y que también incluía una profusión constante de efectos visuales y estímulos novedosos en escena— como en la comedia televisiva —son productores de series como Brooklyn Nine-nine y How I met your mother—.

También tuvieron un pasaje por el universo Star Wars, aunque ese viaje galáctico terminó estrellado. Contratados como directores y guionistas de la película Han Solo, su estilo irreverente chocó con el mandato empresarial de Disney, y fueron despedidos en mitad del rodaje. En La familia Mitchell versus las máquinas ejercen como productores y guías del director Mike Rianda, algo que se nota en la velocidad y el humor constante que hace que la boca termine doliendo de tantas carcajadas.

La vida moderna

El estilo visual de la película es uno de sus puntos más fuertes

Como toda película familiar que se precie de tal, esta también tiene un mensaje. Sin embargo, aquí está planteado de una forma más sutil y sin tanto prejuicio, algo en lo que, por el tema que trata, podría haber caído. Porque al ser la historia de una familia que se enfrenta a una tecnología desbocada, se puede cortar grueso y apelar a un “la tecnología nos está consumiendo” o a un “los jóvenes están todo el día con el celular”.

Claro que la película busca decir que la tecnología no puede ser el eje de la vida, y que hay elementos de la cotidianeidad que no se deberían resignar a las máquinas. Pero también le reconoce a la tecnología el potencial de herramienta de comunicación, de puerta de entrada a la creatividad o incluso, de forma de expresar lo que quizás en “el mundo real” alguien no expresaría, como se ejemplifica con el personaje de Katie.

Sin caer en facilismos, La familia Mitchell versus las máquinas invita a entenderse, a buscar los puntos de contacto dentro de las diferencias, y a aprovechar la tecnología, las herramientas y todo lo que disfrutamos sin convertirlo en el único foco de todo lo que se hace.

Y es, también, una propuesta de casi dos horas de entretenimiento puro, que nunca suelta al espectador, en el que las lágrimas de risa pueden dar paso a las de emoción, y que invita a juntar a la familia frente a la pantalla, para, por un rato, pasarla bien juntos. Y es que a veces al cine no hay que pedirle más que eso.

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