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13 de abril 2018 - 5:00hs
Por Luis Romero Álvarez, especial para El Observador

Suenan tambores de guerra comercial entre Estados Unidos y China. El presidente Donald Trump acusa a China de aprovecharse de las reglas del comercio mundial para vender en su país demasiados artículos a precios injustos.

Para entender asuntos complejos lo mejor es mirar una caricatura: imaginemos que un país decide potenciar una zona de su territorio y allí instala fábricas enormes de algún producto, en base a créditos de bancos públicos, contratando personal local sin seguridad social alguna, polucionando el medio ambiente sin medidas de mitigación y usando capital de giro prestado que tampoco devuelve a los bancos estatales. Además, imaginemos que esas fábricas no pagan impuestos y reciben energía a costos subsidiados. Obviamente sus costos de producción serán bajísimos.

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¿Es justo que importaciones de estos bienes a esos costos derrumben sectores industriales enteros en los países importadores, generando pérdidas de empleos y perjuicios a miles de empresarios y trabajadores que nada pueden hacer frente a este ataque?

Es cierto que los consumidores de los países importadores se benefician de precios bajos en un primer momento, pero los consumidores también son trabajadores y también pagan impuestos y en el mediano plazo este tipo de destrucción sectorial –injusta e innecesaria– perjudica a todos.

La realidad no es tan grave como la caricatura presentada, pero hay situaciones claramente a corregir. También es cierto que China no abre sectores enteros de su economía a la inversión extranjera, reservando partes clave de su atractivo mercado y que ha captado toda la tecnología de punta posible en modos que generan reclamos de los países occidentales.

Así las cosas, el presidente Trump arremete con su estilo de cowboy que desenfunda primero en el duelo, en vez de presentar sus reclamos en la OMC y aplicar a partir de allí las cláusulas de salvaguarda que las reglamentaciones internacionales permiten.

China, que siempre se vio a sí misma como el centro del mundo, desde hace milenios, no puede dejarse impresionar por un accionar agresivo y, como sus planes son a 200 años de plazo, contragolpea de inmediato y con fuerza suficiente, pero no excesiva.

Occidente juega al ajedrez que consiste en liquidar al contrario. Oriente juega al "go", que consiste en inmovilizarlo y esta diferencia cultural se nota en esta pulseada.

No hay duda que China ganará la contienda en el mediano plazo porque Trump no la entiende y en el fondo la favorece.

China apunta a pegar donde más duele, o sea en la base electoral de Trump, los estados del midwest que son grandes productores agrícolas; por eso la fuerte suba de aranceles a soja y carne de cerdo. Allí se abre una ventana de oportunidades de corto plazo para nuestra región, porque China sólo produce seis semanas de su consumo de soja propia. Lo mismo sucedió cuando Trump agredió comercialmente a México amenazando abandonar su tratado de libre comercio; México de inmediato se dio vuelta y llamó a Argentina y Uruguay para sustituir a los farmers de Estados Unidos.

Pero estas ventajas de corto plazo que abren las guerras comerciales no deben encandilar. El comercio es clave para el progreso de todos los países y un entorno proteccionista a nivel mundial es una mala noticia para todos.

El fondo de la cuestión es que Estados Unidos ahorra demasiado poco (una familia americana ahorra -0.5 pc, o sea que está pasada en su tarjeta de crédito y una familia china ahorra 40 pc de su ingreso), mientras que China consume demasiado poco y estos son desequilibrios que en economías tan grandes ya no se pueden mantener en forma indefinida.

Por último, cabe comprender que China se ha especializado en ser el ensamblador de Asia, de modo que recibe piezas de Corea, Vietnam o Japón, las ensambla y exporta a Estados Unidos. Esta economía mundial interdependiente hace difícil señalar con el dedo a un culpable. Lo mejor para todos entonces sería promover la institucionalidad, respaldando el funcionamiento de la OMC.
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