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La guerra personal de Almagro

El secretario de la OEA es tan duro con Venezuela que casi nadie le cree

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22 de septiembre de 2018 a las 05:00

Luis Almagro se muestra tan belicoso ante el régimen venezolano que logró el milagro de unir a la izquierda uruguaya –en su contra.  El secretario general de la OEA ha hablado de genocidio, y acepta una intervención extranjera para deponer a Nicolás Maduro y sus sostenedores. La izquierda uruguaya no tiene, ni por asomo, tantas certezas, pues se divide entre el disgusto y la complicidad. Ni siquiera la crisis humanitaria venezolana –hambruna, derrumbe económico, migración masiva– cerró la brecha de opiniones. Luis Almagro, de 55 años, nació en un pequeño pueblo del departamento de Paysandú. Es abogado, diplomático y vegetariano, tiene siete hijos de dos matrimonios, y fue embajador de Uruguay ante Alemania (1998-2003) y ante China (2007-2010). Se inició políticamente en filas del Partido Nacional. En 1999 se incorporó al Movimiento de Participación Popular (MPP) como experto en relaciones exteriores. Y cuando José Mujica asumió la Presidencia de la República, en marzo de 2010, lo designó canciller. 

En los inicios de su gestión se recompusieron las relaciones con Argentina tras el largo conflicto por la planta de celulosa de Botnia, ahora UPM, en Fray Bentos. Pero es probable que ese logro haya tenido más que ver con la popularidad de Mujica (y el retiro de Tabaré Vázquez, quien enfrentó a los Kirchner), que con la diplomacia. De todos modos Argentina mantuvo los obstáculos a las importaciones provenientes de Uruguay, dificultó las tareas de los puertos de Nueva Palmira y Montevideo y, con la OCDE, forzó el intercambio de información tributaria.

Luis Almagro se muestra tan belicoso ante el régimen venezolano que logró el milagro de unir a la izquierda uruguaya –en su contra.

El propio Mujica terminó de enterrar la relación con Argentina (con comentarios del tipo: “Esta vieja (Cristina Fernández) es peor que el tuerto (Néstor Kirchner)”; o bien: “Tabaré va a volver (…). Él no tuvo problemas con Argentina, tuvo problemas con el Tuerto Kirchner, que era bastante baboso. Dios lo tenga en la gloria”).

En 2015, poco después de dejar la cancillería, Almagro fue electo secretario general de la OEA, empujado por el prestigio de Mujica. Desde entonces fue muy crítico con el gobierno de Maduro, quien llegó a insultarlo en más de una ocasión. Venezuela provoca tristeza y vergüenza ajena en sectores frenteamplistas de inspiración socialdemócrata, que lo han condenado; e incluso en el gobierno, que, al final, le soltó la mano en el Mercosur, intimado por los otros socios. Pero el chavismo es defendido sin concesiones por el Partido Comunista, por la vertiente más nacionalista del MPP, por sectores del Partido Socialista, y por la “ultra” agrupada en Unidad Popular. El mismo tipo de quiebres tiene la izquierda ante gobiernos como el de Cuba o Nicaragua.

El viernes pasado Almagro fue más lejos: “No debemos descartar ninguna opción”, dijo, como una “intervención militar para derrocar al régimen de Nicolás Maduro”. De inmediato provocó una ola de rechazos en América Latina y en Uruguay, incluido un comunicado formal del Frente Amplio y un pedido de expulsión del PCU. Él reaccionó en una entrevista en Océano FM. “La presencia cubana (en Venezuela) coadyuva al régimen bolivariano en tareas de represión, inteligencia, identificación de civiles, de tortura, entre otros”. Luego habló de la desnutrición como “una campaña de exterminio”. Y, refiriéndose al Partido Comunista de Uruguay: “¿Eso es lo que defienden? ¡Por favor! Defienden dictaduras, defienden opresión, defienden represión (…). ¡No sean imbéciles!”. Ya se sabe que los partidos comunistas no solo defienden dictaduras, sino que las proponen. ¿Entonces por qué ahora?  Es raro que un diplomático uruguayo de inspiración nacionalista acepte una intervención extranjera para liquidar un régimen oprobioso. Uruguay sostuvo después de la segunda guerra mundial la “doctrina Rodríguez Larreta”, que proponía una intervención en caso de que un país no democrático de América Latina atacase a otro. Pero entonces se temía una agresión militar de Argentina de Juan Domingo Perón.

El viernes pasado Almagro dijo: “No debemos descartar ninguna opción”, como una “intervención militar para derrocar al régimen de Nicolás Maduro”

La actitud de Almagro coincide más con la ultraderecha venezolana que con la de Estados Unidos. Puede esperarse casi cualquier cosa de Donald Trump, incluso hipótesis de ataque; pero en su entorno parece predominar la idea de que el chavismo es un aliado estratégico: su mejor carta propagandística, funcional a sus intereses. Nadie en el mundo luchará por el “socialismo del siglo XXI” después de ver sus resultados.  El viejo argumento de la pugna por recursos, como el petróleo o ciertos minerales, también es harto dudoso. Estados Unidos obtiene de Venezuela todo lo que quiere, y a bajo precio. Y ahora, además, hay demasiado petróleo y minerales en el mundo, incluso en Estados Unidos, Canadá y México, gracias a una mayor prospección y a nuevas tecnologías. ¿Para qué meterse en un berenjenal? La OEA es intrascendente y Almagro está muy solo. 
 

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