Espectáculos y Cultura > PIENSO EN EL FINAL

La inquietante novedad de Netflix que es tan extraña como atrapante

Pienso en el final, la nueva película de la plataforma -dirigida y escrita por Charlie Kaufman- exige e incomoda al espectador, pero la recompensa vale la pena

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11 de septiembre de 2020 a las 05:04

Jake está llevando a su novia a conocer a sus padres. Llevan algunas semanas juntos. Seis o siete, ninguno de los dos lo tiene muy claro. Ella tampoco tiene muy definido si quiere mantener la relación. Está pensando en terminar todo. Pero está dispuesta a tolerar esta visita a sus suegros, siempre y cuando vuelvan temprano para que ella pueda terminar un trabajo para la facultad.

De a poco, el paseo se empieza a poner incómodo. Inconexo. Etéreo. ¿El color del abrigo de ella acaba de cambiar de color o nos engaña la iluminación? ¿Por qué ese personaje se está contradiciendo? Las preguntas van apareciendo hasta que llega a “¿Qué estoy viendo?” La respuesta, cuando uno está delante de una película del director y guionista Charlie Kaufman, no suele ser tan sencilla, pero en este caso, se puede decir que es una de las películas más cautivantes del año.

Kaufman ha elaborado una carrera que incluye películas como Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, El ladrón de orquídeas y ese clásico de la programación del canal de cable I-sat hace algunos años llamado ¿Quieres ser John Malkovich? Esa carrera tiene como pilares sus textos que se meten con la identidad, la soledad, el envejecimiento, las relaciones interpersonales y el existencialismo.

Todo eso está en esta película, que se estrenó en Netflix hace algunos días, y que al igual que sus otras obras, pone el foco en la mente de sus protagonistas. La narración es conducida, más que por las acciones, por los pensamientos, las ideas, las memorias y las fantasías de Jake y su novia.

En ese sentido, Pienso en el final tiene en cuanto a su historia una conexión espiritual con Eterno resplandor, quizás la más lineal y comprensible de las películas de Kaufman. Al igual que en la película protagonizada por Jim Carrey y Kate Winslet, en este caso el eje narrativo es el de un romance idealizado entre un hombre tímido, inseguro y melancólico con una mujer extrovertida, llamativa y enérgica que se tambalea sobre la cuerda floja.

Pero en este caso, ese romance, el viaje que ambos emprenden, y la atmósfera toda de la película se va poniendo cada vez más siniestra y opresiva. El formato del filme, en 4:3, el de las viejas televisiones cuadradas, deja las dos barras negras al costado de la pantalla que aprietan cada vez más, los personajes de los suegros, interpretados por Toni Collette y David Thewlis son macabros e incómodos, y la granja en la que viven, con sus puertas trancadas, los animales muertos y un perro que no para de sacudirse, incomodan e inquietan desde el primer segundo.

Es así que la película logra intimidar y asustar sin mostrar ni un solo monstruo, ni provocar sobresaltos. Solo con una molestia que es muy difícil de identificar y cuyo origen es casi imposible de localizar. Sabemos que algo anda mal, pero no podemos entender qué. Y ahí esta buena parte del mérito de Pienso en el final y de Kaufman, que provoca sensaciones y hace que uno se involucre con la historia aunque no termine de entender lo que atraviesan sus protagonistas (o incluso quienes son en realidad).

Dentro de la relativamente breve filmografía de su director (tres películas, y ocho en total como guionista), esta es una de las contadas adaptaciones que ha hecho, ya que se basa en una novela del canadiense Ian Reid, pero también la más lineal y tradicional, marcando un claro contraste con El ladrón de orquídeas, que en inglés se llamó Adaptation, y que más que llevar el reportaje de Susan Orlean a la pantalla, era un relato metaficcional sobre el proceso de adaptación de una historia, y los dilemas de Kaufman, encarnado en la ficción por Nicolas Cage, para llevar esa historia a la pantalla.

Lo que si comparten esas dos historias, y también buena parte de la obra cinematográfica del autor es el uso indiscriminado de las referencias a películas, libros, poemas, cuadros y canciones. Menciones constantes y guiños que demuestran que ya sea uno un personaje de ficción, un guionista o un espectador, las personas somos también la cultura que consumimos y que nos moldeó.

Aunque en este caso la “estrella” de la película es Kaufman, hay que destacar el trabajo de su dupla protagónica, integrada por dos actores en ascenso que conducen el relato a la perfección: Jessie Buckley (cuyo rol más destacado hasta ahora había sido en la miniserie Chernobyl, donde encarnó a la esposa embarazada de uno de los liquidadores de la malograda planta nuclear), y Jesse Plemons, uno de los villanos neo-nazis de la última temporada de Breaking Bad y que pasó por Fargo y Black Mirror.

También es meritorio el trabajo de dirección de arte y fotografía, que agregan mucho del toque etéreo y de sueño/pesadilla que tiene toda la película. Desde los empapelados de las paredes de la granja hasta los muebles, la ropa y hasta la comida que comparten los protagonistas con los padres de Jake, todo suma a crear la atmósfera surreal y al mismo tiempo, magnética, de esta historia.

Pienso en el final es una película “complicada”. Es difícil. Enrevesada. Pero también es maravillosa. Como las demás películas de Kaufman, exige al espectador, pero la recompensa que ofrece a los que estén dispuestos a sentarse ante ella y soportar el ejercicio mental, es acorde a esa demanda. Porque a veces hay que sentarse frente a una película o una serie dispuesto a esforzarse. No todo tiene que venir masticado. No todo tiene que ser explicado. A veces, los mejores descubrimientos o las historias que más duran en la memoria son aquellas en las que, parafraseando al periodista deportivo Julio Ríos, “cada uno se haga su propia composición del lugar”.

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