14 de enero de 2014 18:51 hs

Camilo Ottonello tiene cara de niño, los ojos claros y enfunda su cabeza en una capucha intentando paliar el aire frío que corre en la noche del sábado, durante la primera jornada del 8º Encuentro de Jazz a la Calle de Mercedes. Hace ocho años, cuando tenía 18 y era estudiante de guitarra y batería, viajó a la capital de Soriano para ver qué era aquello de que en una ciudad uruguaya de 40.000 habitantes se hacía un evento en honor a un género musical que parecía tan lejano como Nueva Orleans.

“Me explotó el cerebro”, dice a metros del escenario de la Manzana 20, al que rodean cientos de personas, cuando recuerda el momento en que conoció el festival. Por entonces, la estadía en Mercedes solo iba a durar un día. Pero, pese a que la primera noche durmió a la intemperie, Otonello cambió de opinión y finalmente se quedó la semana entera en la casa de un sonidista que se ofreció a recibirlo. El jazz, no obstante, se quedó con él mucho tiempo más: hace tres años que el joven estudia batería en el Conservatorio de Tatui, en Brasil. Ahora está de vuelta en el evento que le hizo perfilar su vocación y trajo tres compañeros: una estadounidense, un ecuatoriano y una brasileña. “Les hice la cabeza todo el año”, comenta y sonríe.

Poco antes, sobre la hora 22:00, arriba del escenario se encontraba la Orquesta Joven de Soriano, dirigida por Mónico Aguilera, un músico de Melo que pasó más de tres décadas tocando en Brasil y que es coordinador de la escuelas de música de Soriano, además de docente y director de la Escuela de Jazz a la Calle. Esta institución, que se formó en 2008 a expensas del movimiento cultural que le da nombre, dicta en la actualidad clases en forma gratuita a 100 alumnos.

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Poco después de la actuación de esta orquesta, se presentó el Sexteto Vocal BeBossa, de Río de Janeiro, compuesto por tres hombres y tres mujeres que con canto y percusión vocal sorprendieron por la belleza de sus versiones de temas de música popular brasileña, además de dedicarle a los espectadores Las Manzanas de Rubén Rada. Unas 2.000 personas los observaron con un silencio respetuoso, las más mayores sentadas en sillas de plástico o plegables, los más jóvenes tirados en el pasto, algunos bailando y otros enfundados en bolsas de dormir para paliar el frío sorpresivo de la primera jornada del evento. De fondo, puestos de comida, una galería de arte y negocios de artesanía completaban la escena.

Resulta difícil recapitular, porque son muchas las cosas que suceden en Mercedes en un breve lapso de tiempo. Porque durante los ocho días que dura el festival, entre el 11 y el 19 de enero, se presentan en el escenario principal de la manzana 20 agrupaciones de Uruguay, Brasil, Argentina, Estados Unidos, Francia y Alemania, entre otros países, además de los toques callejeros y las jam sessions que se arman después de los conciertos y de las clases y los talleres que los músicos imparten en la sede de la intendencia.

Lo más sorprendente es que toda esta actividad es gratuita y no tiene un rédito económico ni para los organizadores ni para los artistas que asisten al encuentro, aunque sí se les paga la estadía y la alimentación, y el pasaje, en muchos de los casos. La mayoría de los músicos suele quedarse varios días disfrutando de ese esplendor sencillo que irradian Mercedes y su Río Negro en verano. Son días en los que, además, interactúan con la comunidad a través de las distintas instancias planificadas. La mayoría llega por el comentario de colegas y es habitual que repitan la experiencia porque, como se dice por allí, “ir al festival de Mercedes es un viaje de ida”.

Crecimiento y trabas

El Encuentro de Jazz a la calle viene creciendo con fuerza, tanto en la cantidad de músicos que se inscriben como en la calidad de los mismos. Este año, por ejemplo, se anotaron para la selección 415 bandas en comparación con las 150 o 160 que lo hicieron en ediciones anteriores (de las cuales fueron seleccionadas 29) y entre la programación se encuentran artistas como André Marques, pianista que acompaña hace 18 años a Hermeto Pascoal y que, junto a su sexteto, deslumbró al público con su virtuosismo y un estilo que fusiona el jazz con la música brasileña.

No obstante, todavía faltan trabajar otros aspectos, comenta Horacio “Macoco” Acosta, fundador del movimiento. “A nosotros nos duele mucho cuando el músico uruguayo dice yo no voy porque no se paga”, dice el exintegrante del grupo de pop-rock Fantasía. “Acá hay personas que trabajan durante todo el año de forma gratuita, que ni músicos son, tratando de generar un espacio para que (los músicos) puedan decir cosas que no pueden decir en otro lado. Y eso lo entiende gente de otras partes del mundo”, añade.

“Yo estoy feliz de que se realice el Festival de Punta del Este y me gustaría que se hiciera uno así en cada departamento para que los músicos de jazz tengan dónde ir y cobrar. ¿Cuál es el problema? Que nuestro país no va a consumir música de alto grado de elaboración si no se hace un sacrificio de este tipo, y este sacrificio tiene que empezar por los propios músicos. Porque nunca se va a cosechar lo que no se sembró”, agrega Acosta en su casa en Mercedes, quien afirma que Uruguay es uno de los países que menos ha invertido en formación musical de Sudamérica. Otro problema, añade, es que la escuela de Jazz a la Calle sufre una seria falta de recursos, que implica, entre otras cosas, el recorte de las horas de clase. Por otro lado, agrega, a pesar de que reciben algunos apoyos y aunque en 2013 el Parlamento y la Unesco hayan designado a Mercedes como Capital Nacional del Jazz, al cierre del festival casi siempre terminan con los números en rojo.

No obstante, Acosta es positivo hacia el futuro. “Yo estoy seguro de que dentro de 10 o 15 años Mercedes va a ser una buena plaza para trabajar”, afirma y comenta que el proyecto se está replicando en Pelotas (Brasil) y en la ciudad argentina de Mendoza. Tiene a su favor el hecho de que varios músicos, entre ellos Aguilera, hayan decidido instalarse en la ciudad y el que la cantidad de jóvenes que estudian música en Soriano creció de forma de forma exponencial. De acuerdo a los datos que proporciona, el departamento tiene unos 1.000 estudiantes de música frente a los 60 o 70 que había en el año 1990. Números que hablan de una batalla ganada por el movimiento al que pertenece Acosta, quien después de dedicar la mayor parte de su vida a la música comercial hizo un “mea culpa” e imaginó que su ciudad natal podía ser la cuna de una “utopía”: invertir la balanza de la difusión musical y hacer que el jazz se propague entre la gente.

Actitud jazzística

Jessika Latapie es en la actualidad parte de la comisión directiva de Jazz a la Calle, pero antes nunca escuchaba este tipo de música. Pero cuando su hija Constanza tenía 3 años, esta esperaba ansiosa a que su madre volviera de trabajar y le pedía que la llevara al festival. “Nunca entendimos el por qué pero cuando yo llegaba ella ya estaba pronta (para salir). Y era maravilloso verla sentadita y disfrutando a pleno. Nosotros como familia la seguimos a ella, porque somos un equipo y cuando tuvo edad para hacerlo entró en la escuela de Jazz a la Calle”, dice Latapie. Hoy Constanza tiene 11 años, estudia saxo alto y teclado, y es una de las caras habituales que se vieron en varias de las instancias del encuentro. Su hermano Christian, de 18 años, también está involucrado con el movimiento y se ofreció para ayudar con el francés, idioma que domina.

La familia de Latapie es un ejemplo de que Jazz a la Calle trasciende lo meramente musical. Esto queda claro al conversar con Aguilera, el director de la Orquesta Joven de Soriano, quien no tarda en precisar el alcance del movimiento que integra.

Los esclavos negros que llegaron a Estados Unidos, explica, dividieron su música en dos: el blues, que representa la queja y la expresión del sufrimiento que tuvieron que atravesar, pero también surgió otra vertiente de carácter libertario que es la del jazz. “El jazz no engloba apenas un estilo de música, como la literatura blanca nos mostró, es un comportamiento, una actitud creativa, libertaria ante la vida, por eso la improvisación”, señala Aguilera.

Se trata, como le gusta repetir, de tener una “actitud jazzística ante la vida” y es en este sentido que para él el movimiento Jazz a la Calle no se trata simplemente de difundir esta música sino de “plantar una semilla” que ayude a contribuir en el “tallado del ciudadano, para formar una sociedad más tierna, más amorosa”. Se trata, agrega enfático, de que los ciudadanos se den cuenta de la “estatura” que tienen y de lo que pueden lograr si trabajan en conjunto.

Esa actitud puede sonar grandilocuente en palabras pero se constata en los hechos. Casos hay muchos, como el de Federico Amorín, quien durante la semana del festival colabora desde Montevideo haciendo el traslado de los músicos del aeropuerto a Tres Cruces y paga los gastos de su bolsillo. Otro es el de Ana Nuez, quien sin recibir un peso a cambio aloja músicos en su casa y con los años ya ha cobijado a más de 70. De música no sabe, dice Nuez, pero le interesa interactuar con gente de otras países y formar parte de un proyecto que demuestra que las cosas “se pueden hacer cuando hay ganas y unión de una comunidad”. Lo dice mientras pasa la tarde del lunes a la orilla del río con los músicos del Quinteto Finisterre, de Argentina.

Esa actitud no solo es constatable en las historias de las personas que colaboran en el movimiento. También se ve en los que acuden como espectadores, en aquellos que ofrecen su música, y en la energía de apertura y solidaridad que transmite Mercedes durante los días del Encuentro.

“El Jazz a la Calle, con esta utopía, con esta locura, está sembrando una semillita, una semillita de amor”, dice Aguilera, y todo apunta a que lo están logrando.

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