21 de septiembre 2011 - 10:19hs

Ninguna otra ciudad como Montevideo serviría como mejor escenario para dar vida a los extraños personajes que habitan en El Club de los Nostálgicos, el nuevo trabajo del escritor y periodista uruguayo Hugo Burel, quien a mitad de camino entre el ensayo y la novela se mete con un tema en el que a los uruguayos, al menos una vez por año, se les va la vida.

“La nostalgia es el resabio del paraíso perdido, la dolorosa certeza de que en algún momento tuvimos algo que ya no tenemos, por más simple que esto suene. No se precisa coleccionar nada para ser nostálgico y todo lo que yo atesoro es apenas un gesto vano y si se quiere exhibicionista, avaro, tal vez”, le hace decir Burel a uno de los protagonistas de su historia, dejando en claro que para ser nostálgico hay que tenerle miedo al futuro, al porvenir, y por lo tanto a la muerte.

Burel, quien luego del buen feedback que tuvo en 2009 con Gerardo Herrero –responsable de llevar al cine su novela El corredor nocturno, protagonizada por Miguel Ángel Solá y Leonardo Sbaraglia–, ahora se encuentra trabajando con el director español en un nuevo proyecto, La alemana, en esta obra juega con varias ideas, pero la principal es, sin duda, la de que la memoria es la que tiene la llave para abrir el cerrojo entre lo real y lo imaginario. Es decir, entre el recuerdo de lo que realmente fue y el deseo de cómo uno quiso que eso fuera, siendo este deseo el modo de recordarlo.

Más noticias
“El Club es apenas el refugio de los inadaptados que no toleran el presente. Un presente criminal e inseguro, cambiante, disparado hacia un futuro sembrado de interrogantes y amenazas”, escribe Burel, insistiendo en que con la nostalgia se malgasta el presente, se teme al futuro y se venera el pasado.

En pocas palabras, El Club de los Nostálgicos plantea que existe una nostalgia que lleva a la locura (“la que construye identidad, pero mina el futuro”) y otra nostalgia indispensable e inevitable (“la que rescata y salva”). Walter y Pierángeli se debaten entre las dos, mientras Kairo ambiciona las raras listas que ambos redactan.

Walter es un hombre que tuvo que reinventarse a sí mismo una y otra vez: fue agente inmobiliario, encargado de un videoclub, visitador médico y, finalmente, desempleado. Es un tipo con la extraña obsesión de escribir listas con marcas desaparecidas, actores o futbolistas olvidables. Un hombre que empieza a vender lo único que le queda: sus recuerdos. Por su parte, Pierángeli es una joven mujer cuyo nombre recuerda el apellido de Anna Maria Pierangeli, novia de James Dean y suicida. Una mujer condenada a ser un fantasma. En cambio, Kairo es un ser que pasa sus días en bata en un apartamento del Palacio Salvo, rodeado de objetos antiguos y que compra –en efectivo– recuerdos y secretos ajenos.

Con todos estos elementos, Burel reflexiona y recrea de algún modo los encantos y desencantos de la sociedad uruguaya, que según le hace decir el autor a uno de sus personajes, sufre de nostalgia crónica o, mejor dicho, de pesimismo crónico.

“Podría hablar horas sobre nuestra historia y demostrarle que la nostalgia ha sido nuestro lastre, una pesada mochila que cargamos a donde vayamos y que por momentos arrastramos como si fuera un cadáver, un cuerpo inerme y podrido que despide un tufo siniestro y paralizante. Padecemos una nostalgia crónica que se recicla en secuencia ex ponencial. Aquí no somos lo que comemos, somos lo que evocamos y añoramos”, señala Burel en El Club de los Nostálgicos.

En suma, el autor de El desfile salvaje, Un día en la vida. Qué cantaron Los Beatles y Diario de la arena, entre otros títulos, marca una distancia con la alegría celebrada cada agosto, porque allí lo único que se festeja es el miedo. ¿Por qué? Porque el único lugar seguro que existe es el pasado, para bien o para mal, porque allí todo ha sucedido y entonces puede aceptarse tal cual fue.

Seguí leyendo

EO Clips

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos