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La ofensiva turca en Siria anuncia otra masacre

La agresión turca aparece como un capítulo más en un conflicto de nunca acabar, y donde bien harían todas las potencias en retirarse para siempre

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12 de octubre de 2019 a las 05:00

La ofensiva de Turquía contra los kurdos del norte de Siria era algo que se esperaba desde diciembre del año pasado, cuando Donald Trump, después de una llamada telefónica con el presidente turco Recep Tayyip Erdogan, dio la orden de retirar todas las tropas de Siria.

Hasta entonces el plan que el presidente de Estados Unidos había manejado informalmente con los generales del Pentágono era dejar un contingente menor pero activo en todo el país. Y sobre todo, permanecerían en sus puestos los dos mil hombres de las fuerzas especiales estadounidenses que estaban en el noreste sirio para custodiar y comandar a un ejército rebelde, mayoritariamente kurdo, al que denominaron como Fuerzas Democráticas Sirias (SDF).

Pero al anunciar el presidente en aquella ocasión la “retirada de todas las tropas”, ya no había duda de sus intenciones, que por otra parte era algo que Trump había prometido en campaña y sostenido luego de su asunción. 

Entonces las alarmas se encendieron en todo el establishment de Washington, donde se cree que una retirada de Siria es dejarle a Rusia y a Irán (aliados del régimen de Bashar el Assad) el campo libre sobre uno de los países de mayor valor estratégico en el mundo, cuya influencia se han disputado todos los imperios y todas las potencias mundiales a lo largo de la historia.

Con todo, lograron convencer a Trump, aunque más no fuera, a medias; y este, días después, corrigió a regañadientes: ya no sería total la retirada de Siria, sino que dejaría poco más de 200 soldados en el enclave kurdo del norte, y otros 200 en Al-Tanf, una localidad con una base militar al sur del país, también controlada por Estados Unidos y otros de sus aliados insurgentes.

De hecho hasta el domingo pasado aún permanecían en el noreste sirio 1.000 efectivos del ejército de Estados Unidos, cuando Trump cambió otra vez de parecer y anunció su decisión de retirarlos para permitir la ofensiva de Turquía sobre las posiciones kurdas.

Esto sí que sorprendió y encolerizó a más de uno en Washington. A Trump se le fue encima medio establishment, incluidos en primera línea todos los senadores republicanos más halcones, con Lindsey Graham a la cabeza, quien presentó un proyecto de ley bipartidista —con amplio apoyo de los demócratas— para imponer sanciones económicas al gobierno de Erdogan.

En agosto del año pasado, a Erdogan se le había desplomado la lira, en buena medida gracias a las sanciones de Estados Unidos, y debió enfrentar una crisis que llegó hasta nuestras costas, al desatar una severa crisis cambiaria en la complicada Argentina de Mauricio Macri. Sin embargo, esta vez al turco no parecen detenerlo los anuncios de sanciones; y desde el miércoles mantiene una ofensiva sobre las milicias kurdas del norte de Siria con ataques aéreos y, al cierre de este artículo, se esperaba una incursión de la infantería.

El daño puede ser mayor y hasta podría haber una masacre, aunque difícilmente se pueda acercar al baño de sangre que fueron los seis años más crudos de la guerra civil siria, desde que estalló en 2011.

Todo había comenzado en unas protestas contra Assad en marzo de 2011, que fueron brutalmente reprimidas por el régimen. El entonces gobierno de Barack Obama vio la oportunidad de apoyar la revuelta ciudadana como parte de la ya tristemente célebre “primavera árabe” y alterar así el tablero geopolítico de la región arrebatándole un aliado clave a la Rusia de Vladimir Putin. 

Pero las cosas se complicaron en el terreno, y Assad se afianzó en Damasco apoyado por Rusia y China; mientras el gobierno de Estados Unidos se empecinaba en el “cambio de régimen”, un nuevo gobierno “sin Assad”, y comenzaba a armar y a financiar a grupos extremistas de dudoso proceder y extracción para continuar con el conflicto.

Ya a fines de 2011 y durante todo el 2012, Moscú le ofreció a Washington una salida: “compartir aliado”. Esto era, permitir que Assad continuara en el poder y ambas potencias compartieran la influencia sobre Siria. Pero Estados Unidos no aceptó, insistía en que la salida debía ser sin Assad, y continuó con sus operaciones “underground” comandada torpemente por la CIA armando y financiando grupos “insurgentes”.

La guerra más brutal

Lo que siguió fue la guerra civil más brutal que jamás se haya visto: más de medio millón de muertos, el país destruido y la mayor crisis de refugiados en la historia de la humanidad, que se desbordó luego a sus países vecinos y a Europa con desgarradoras consecuencias.

Lo peor fue cuando el caos dio origen al demencial califato del Estado Islámico, que ocupó grandes partes de los territorios sirio e iraquí para perpetrar un genocidio, masacrando y desplazando centenares de miles de personas. 

Entonces Estados Unidos y Turquía eran aliados en Siria, lo mismo que Arabia Saudita. Del otro lado, Moscú y Teherán conformaban un eje adversario en torno al régimen de Assad. 

Muchos extremistas y grupos de insurgentes que habían sido armados y financiados por Estados Unidos pasaron a engrosar las filas del horror con los fanáticos del califato. Ankara y Riad apoyaban directamente, aunque por lo bajo, al Estado Islámico y Washington se hacía de la vista gorda, amén de no atacar al ISIS en sus posiciones. Tenían un enemigo común que para ellos justificaba esos medios: Assad. 

Cuando en 2015 Rusia entra finalmente en la guerra siria, con tropas, artillería y fuerza aérea, ya no había manera para Washington de seguir apoyando grupos extremistas islámicos, o mirando para otro lado del ISIS y sus relaciones con Turquía. Ahí empezaron los problemas entre el gobierno de Obama y Erdogan. Mientras tenían un enemigo común y no había una tercera potencia interpuesta que vigilara sus acciones, la relación funcionó. Cuando cambiaron las condiciones sobre el terreno, se empezó a deteriorar.

Restringido en sus alianzas dentro de Siria, fue entonces que Washington selló su coalición con los kurdos del norte, alianza a la que casi todos los medios occidentales señalan como la que derrotó a ISIS, cuando la verdadera derrota del Estado Islámico estuvo abrumadoramente a cargo de las tropas rusas y sirias. 

Como sea, las fuerzas especiales de Estados Unidos entrenaron y armaron a los kurdos de las llamadas Unidades de Protección Popular (YPG) y las convirtieron en el SDF. Pero esta alianza enfureció a Erdogan, quien sostiene que los peleadores kurdos de Siria guardan estrechos lazos con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PPK), un grupo separatista kurdo que ha cometido actos de terrorismo en Turquía y que de hecho figura en la lista de “organizaciones terroristas” del Departamento de Estado desde 1997.

Desde 2017, con la derrota del ISIS, la violencia había bajado significativamente en el Levante, y todo parecía poco a poco encaminarse hacia una Siria de posguerra.

Pero esta ofensiva turca aparece ahora como un capítulo más en una guerra sin fin, donde bien harían todas las potencias, no solo Estados Unidos, sino también Turquía, Rusia e Irán, en retirarse para siempre. 

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