Espectáculos y Cultura > Opinión/ Eduardo Espina

La original cultura del pueblo Yi

En un lugar de la provincia china de Sichuan está la capital mundial de la innovación

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15 de diciembre de 2018 a las 05:03

Hubiera sido un error enorme no venir, tal como en un principio había decidido. Son distancias que matan, por eso de ir tan lejos y volver enseguida sin darle tiempo al cuerpo de recuperarse de una cantidad de factores adversos, como las 13 horas de diferencia horaria y el limbo temporal que uno pasa en el aire, desacomodando al reloj biológico. Finalmente, ante la insistencia de los anfitriones, decidí a último minuto realizar el segundo viaje a China en menos de seis semanas, esta vez a valles y montañas del sur central. Es una parte de este país, del mundo, que nunca en mi vida había pensado visitar (y destaco el adverbio nunca, pues ni siquiera la idea se me había pasado por la imaginación, por donde qué no pasa). El sur profundo de la provincia de Sichuan, una de las más prósperas y con mayor acervo cultural de China, es un lugar que de no existir, habría que inventarlo. Por aquí pasó el origen de la civilización, y años después, Marco Polo. Escribo esto, pues, en un lugar perdido del universo, visitado por el viajero veneciano alrededor del año 1287, durante el interminable recorrido que hizo del “camino de la seda”, y que tanta influencia tuvo luego en la gastronomía occidental.

Cuando uno llega por primera vez a un sitio donde todo lo existente desafía la lógica racional y las definiciones, el nombrar la realidad se dificulta. Algo parecido le pasó a Gonzalo Fernández de Oviedo (1448-1557), el más renacentista de los cronistas españoles, cuando llegó a América y tuvo que describir las frutas que iba conociendo para que el rey Carlos I tuviera una idea aproximada de lo que era la nueva realidad descubierta. ¿Cómo describir a un ananá? ¿Por dónde comenzar? ¿Por la forma, por el sabor? Cuando uno está en territorio donde nadie habla inglés ni español, lo primero que hace es pedirle ayuda a los mapas, por más que tampoco ahí el lugar aparece. No me gusta usar la palabra ‘remoto’, porque para un bielorruso Uruguay es un país remoto, pero para el caso a consideración la uso. Xide es para mí remoto en cuanto a desplazamiento temporal: 16 horas de vuelo entre Houston y Beijing; tres horas de espera en este aeropuerto; después, otras cinco horas en avión entre Beijing y Xichang, a lo que hay que agregar, dos horas por las montañas entre Xichang y Xide, dentro de una camioneta Buick que el conductor acelera, no en las subidas, sino en las pendientes. Traductor mediante, el chofer afirma conocer este sitio mejor que la palpa de su mano, la misma, supongo, que ahora pone quinta para acelerar la carrera contra el destino. Nos da la bienvenida haciendo subir la adrenalina. En cada curva renace la sensación de que en cualquier momento podemos terminar en el fondo del barranco, varios metros cuesta abajo. En síntesis, es un viaje ideal para perder la noción de tiempo, espacio, y de paso perder también el miedo a la muerte. El viaje es una metamorfosis.

Luego de la primera noche en el hotel, despierto sin saber dónde estoy. ¿Sigo siendo yo, o me pasó algo similar a lo ocurrido a Gregor Samsa? En China, la única certeza es saber que no hay certezas, y si las hay, duran poco. Hoy sí, mañana quién sabe. La realidad vive en estado poético. Salimos de Xichang con 25 grados de temperatura y cielo claro, y llegamos aquí con dos grados bajo cero y cielo encapotado, de un color gris rarísimo, el cual, según leí, le sorprendió también al padre de Marco Polo. En el condado montañoso de Xide, parte de la prefectura autónoma de Liangshan, viven unas 220 mil personas, de las cuales unas 90 mil pertenecen a la cultura Yi (como el río uruguayo, pero sin acento), uno de los 56 grupos étnicos que conforman la China, en donde destaca la mayoría Han (casi el 92 por ciento de la población). Xide es un pueblito milenario (qué no lo es en esta parte de China) parecido a los que aparecen en las películas chinas de kung fu. Son muchas las calles con pronunciadas subidas y bajadas, las que exhiben la pericia de los fundadores por haber podido construir casas donde parecía imposible, aunque en temporada de lluvia suele haber deslaves fatales. A lo largo de la historia, los desplazamientos sin previo aviso de tierra de la montaña se han tragado a miles. Es fácil irse a acostar sabiendo que puede ser la última noche, pero no ahora, pues es temporada invernal y raras veces llueve. El enemigo ahora es otro. El frío.

Apenas empieza a caer la tarde, el aire se convierte en hielo invisible, y de esa forma entra por los huesos, como temperatura narcotizante, momificadora. Además, la constante sensación de temperaturas bajo cero se intensifica con cada racha de viento que se cuela por algún recoveco secreto de la montaña, tras haber dribleado los volúmenes altos y macizos de roca, que vigilan hacia arriba y hacia abajo. No recuerdo haber sentido antes tanto frío, ni siquiera durante los años que viví en la pradera de Massachusetts, donde oscurece a las tres de la tarde y nieva seis meses al año. Aquí todo es diferente, hasta las sensaciones térmicas. La cultura Yi es original hasta en eso.

En compañía de mi traductor, un polaco de 39 años llamado David, un tipo con genial sentido del humor, quien vive en China desde hace cinco años, camino por las calles del pueblo, alucinado por algo que aquí queda exaltado más que en ninguna otra parte. Los escasos signo de pobreza (muy digna, si cabe así llamarla) es derrotada a cada instante por la belleza activa de la cultura Yi, que emerge en cada sitio que visitamos: en los talleres donde trabajan la madera con un detallismo que parece irreal por la meticulosidad de los artesanos; en la plaza donde hombres laboran la orfebrería con manos callosas por las cuales anduvo el clima y la edad haciendo estragos; y en las escuelas y liceos donde los grupos de baile y canto ensayan para la fiesta de esta noche, que no será suspendida así se caiga el mundo o sople el viento más helado de la historia. 

Es 21 de noviembre, fiesta de fin de año. En la cultura Yi, los meses tienen 35 días; y cada año, diez meses. La bienvenida del año nuevo representa un momento de horas únicas a celebrar en compañía del pueblo entero en la plaza del lugar. Es una fiesta laica a la que los dioses de todas las religiones son invitados. Y ellos vienen. En su compañía uno se olvida del frío, aunque no por mucho tiempo. La temperatura sigue en descenso, pero nadie entre los 1.500 asistentes se mueve de su silla plegable, en acto celebratorio que me recuerda a los tablados uruguayos.

Por dos horas, talentos artísticos de distintas edades llegados de diferentes partes del condado se presentan en el escenario, uno tan grande, que ahí arriba podrían caber todos los habitantes de la región. El pueblo Yi, del que proviene el gran poeta chino Jidi Majia, es reconocido por ser usina de innovación estética en todas las disciplinas artísticas y por vivir en constante arremetida contra el status quo cultural. En China, eso es revolucionario. He venido desde tan lejos a ver algo nuevo, y lo vi. Puedo verlo, puedo oírlo, ahora mismo. 

Salgo de Xide sintiendo que algo cambió, dentro y fuera. También cambió el chofer. Ahora es otro, uno más mesurado. En la pendiente viene a velocidad controlada, como si por un rato también la vida estuviera bajo control. Prende la radio y comienzan a sonar canciones que, según David, son representantes de la música Yi. ¿Cómo en medio de la montaña se escucha la radio tan bien? Es una de las tantas preguntas que me llevo para responder, teniendo bien claro que carece de respuesta. Además, ¿qué sentido tiene tratar de encontrar una? Para eso está la poesía: para responder con preguntas a respuestas innecesarias. En medio de las canciones Yi, entre melodías perfectas, empieza de pronto a sonar Fix You, de Coldplay. En algo que podría ser inglés y no lo es, pero igual tiene ritmo y armonía, el chofer comienza a cantarla. Le hago los coros. Solo el arte hace posible que todos los mundos que hay, puedan estar en este.

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