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La prodigiosa vida del ingeniero de Aparicio Saravia

Carmelo Cabrera, un radical que amaba los explosivos y se rebeló contra todos los gobiernos entre 1875 y 1910

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03 de junio de 2020 a las 05:04

El agrimensor Carmelo Cabrera, un activísimo empresario y político blanco nacido en Sauce, Canelones, en 1860, anduvo con armas y explosivos en sus manos buena parte de su vida. Se sumó a todas las revueltas contra los gobiernos uruguayos, entre 1875 y 1910, y a alguna que otra en Argentina, para matizar.

Y tuvo un papel protagónico en los incidentes de Rivera de fines de 1903 que derivaron en la guerra civil de 1904. En ese conflicto, mucho más sangriento que el de 1897, improvisó tres puentes sobre un crecido río Negro, entre abril y julio, para el paso de las tropas revolucionarias. 

Radical revolucionario del Partido Nacional, liberal casi anárquico, anti-batllista furibundo, recién se sosegó, y no mucho, sobre los 70 años de edad, cuando pasó a oficiar de senador y candidato presidencial tras el liderazgo de Luis Alberto de Herrera.

Alberto Piñeyro, un médico cirujano retirado, acaba de publicar una biografía: Carmelo Cabrera – El pasional ladero de Aparicio Saravia y Herrera (Linardi y Risso, $ 450). 

Antes Piñeyro había divulgado una biografía de Natalio Botana, el magnate del periodismo porteño de los años ’30 nacido en Sarandí del Yi (Natalio Botana y Salvadora Medina Onrubia – Dos voces para Crítica, de Rumbo Editorial, 2014); y también el libro Blanca Luz Brum – Una vida sin frontera (Botella al Mar, Maldonado, 2011), sobre una morocha de Pan de Azúcar que migró del comunismo al nacionalismo y usó su belleza para el ascenso social y la figuración.

Los textos de Piñeyro, sin ser refinados desde el punto de vista formal, y a veces desordenados, son detallados y precisos, tanto como para superar largamente a libros más pretensiosos sobre los mismos personajes.

El siguiente relato de la agitada vida de Carmelo Cabrera sigue ese nuevo libro de Alberto Piñeyro, y otras fuentes, como Las banderas de Aparicio, de Celiar Enrique Mena Segarra, y Gran Enciclopedia del Uruguay, del diario El Observador (2002-2003).

El tirabombas

Los ancestros de Carmelo Cabrera Camejo, quien acentuaba su nombre como “Cármelo”, provenían de las Islas Canarias.

Ya en 1875, siendo adolescente, trató de seguir a la fracasada Revolución Tricolor contra el gobierno de Pedro Varela y Lorenzo Latorre. En 1882 obtuvo el título de agrimensor por la vía práctica, tras una prueba de la Dirección General de Obras Públicas, como se hacía entonces.

Se vinculó a la Iglesia Metodista, que se había establecido en Uruguay en 1878: “Sus lecturas, su religión, lo convirtieron en acérrimo defensor del individualismo, de la empresa y del mercado. Su gran pasión fue la ingeniería militar”, resumió Alberto Piñeyro.

En 1886 participó de la efímera Revolución del Quebracho, contra el gobierno del teniente general Máximo Santos. Luego, en 1889, estuvo preso cinco meses por considerárselo vinculado a un plan de ataque con bombas contra el presidente Máximo Tajes, o contra su heredero político, el colorado Julio Herrera y Obes.

Radicado en Buenos Aires, se vinculó al militar Diego Lamas, futuro líder de las guerrillas del Partido Nacional, del que fue muy amigo; y al naciente Partido Radical argentino. Con el grado de mayor, colaboró con la “Revolución del Parque” de 1890 liderada por Leandro Alem, fundador de la Unión Cívica, y dirigió el principal “cantón” rebelde, instalado en el Palacio Miró, frente a plaza Lavalle, en Buenos Aires. 

Tras ese nuevo fracaso militar, se instaló en Posadas, Misiones, en el norte argentino fronterizo con Paraguay. Allí fundó un diario y pronto, naturalmente, chocó con las autoridades, anduvo a los balazos y terminó en la cárcel. “¡Si Ud. viera qué canalla hay aquí!”, le escribió a Diego Lamas.

Un plan para la revolución de 1897

A partir de 1896 comenzó a planear una revuelta del Partido Nacional contra el gobierno del colorado Juan Idiarte Borda, en complicidad con blancos radicalizados como su amigo Duvimioso Terra, Abdón Arostegui y Eduardo Acevedo Díaz, entre otros. 

Cabrera estudió las líneas de comunicación del Estado (ferrocarriles, telégrafos y teléfonos), y fue detenido en Montevideo el 1º de diciembre de 1896, cuando, presuntamente, acumulaba explosivos para atentar contra esa infraestructura. Sin embargo quedó en libertad en enero siguiente, por lo que pudo integrarse al levantamiento de los blancos de 1897, liderado por Aparicio Saravia y Diego Lamas.

Cabrera había confeccionado un plan de operaciones que proponía reunir las diversas columnas invasoras en Paso de los Toros; y provocar la “completa incomunicación de la capital con la campaña”, mediante el sabotaje de “todas las vías de transporte de manera que las fuerzas de línea que se encontraren no puedan concurrir o ser trasladadas parcialmente a ningún punto del interior o litoral…”.

También proponía la leva del paisanaje de la campaña: “El caballo y las armas son elementos de guerra y por consiguiente la toma y reunión de ellos, se hará conjuntamente con las de todos los hombres útiles, no dejando más que los capataces en las estancias…”.

El puente de Paso de los Toros

En la batalla de Tres Árboles, en el departamento de Río Negro, el 17 de marzo de 1897, unos 1.500 rebeldes blancos al mando de Diego Lamas y José Núñez derrotaron sorpresivamente a dos batallones de Cazadores, tropas de élite, y a otras unidades del gobierno de Juan Idiarte Borda. Luego se dirigieron a Paso de los Toros, un crucial nudo ferroviario sobre el río Negro, donde esperaban reunirse con la columna revolucionaria de Aparicio Saravia, que había ingresado al país desde Bagé, Brasil. 

Saravia no estaba allí, sino a unos 230 kilómetros hacia el este, en la batalla de Arbolito, donde murió su hermano “Chiquito” después de una carga suicida. 

El puente de ferrocarril de Paso de los Toros, de 1886, visto desde el río. Al fondo, el puente carretero de 1929

Siguiendo el plan de operaciones de Carmelo Cabrera, los rebeldes comenzaron a barrenar los pilares del puente de ferrocarril sobre el río Negro, para volarlo con dinamita. Intercedió una “comisión de damas” de la villa, entonces llamada Santa Isabel, rogando por el gran puente, el único de entonces sobre el río Negro, inaugurado en 1886, vínculo con el sur del país y maravilla de la ingeniería de esos tiempos. 

Los revolucionarios nacionalistas finalmente desistieron de volar el puente, por el que muy poco después cruzarían tropas del Ejército gubernista transportadas por ferrocarril, para reforzar el vapuleado Ejército del Norte.

Cabrera, que se había ocupado en Argentina del suministro de armas y municiones, ese otoño realizó voladuras de puentes ferroviarios y otras instalaciones, al paso de los jinetes blancos. Luego regresó a Buenos Aires en procura de más tropas y armas, y corrió increíbles aventuras en territorios de Argentina y Brasil para reunirse otra vez a las fuerzas rebeldes. Saravia le concedió el grado de coronel en el escalafón revolucionario. 

En Por la Patria, unas detalladas memorias de esa revolución, un joven Luis Alberto de Herrera lo describió así: 

“Se habla de Carmelo Cabrera como de conspirador vulgar, y sin embargo nadie lo sobrepasa en el timbre puro de su patriotismo. Se le juzga de tendencias desquiciadoras —porque, cuando hasta el honor de los orientales naufragaba, él tuvo la valentía de jurar hostilidad a los mandones—, y ninguno le aventaja en bondad y dulzura…”

Rivera, un santuario blanco

Luego del Pacto de la Cruz, el acuerdo de coparticipación que puso fin a la revuelta, Carmelo Cabrera fue jefe militar de los blancos en Paysandú. Después, a fines de abril de 1903, sustituyó a Abelardo Márquez como jefe político de Rivera, cargo que entonces reunía un enorme poder: combinación de intendente con jefe de Policía. 

Rivera era un santuario muy preciado por los blancos levantiscos.

Cabrera pasó a ser uno de los secretarios personales de Saravia, por consejo de Diego Lamas, y se ocupó de reunir armas y municiones, muchas veces a espaldas del Directorio del Partido Nacional.

En noviembre de 1903, durante el primer gobierno de José Batlle y Ordóñez, debió afrontar el incidente fronterizo provocado por Gentil Gomes, el hermano de Ataliva Gomes, prefecto de Santa Ana do Livramento. En las negociaciones y escaramuzas con los brasileños que habían ingresado en el territorio nacional para rescatar al prisionero estuvo a punto de ser asesinado. Desbordado por las tropas de línea brasileñas, pidió a Batlle y Ordóñez el envío de soldados a la frontera para que contribuyeran a defender la soberanía nacional. 

Fue el inicio de una serie de equívocos y acciones deliberadas que conducirían a la guerra civil de 1904.

Próxima nota: Los regimientos del gobierno en Rivera, la guerra civil de 1904 y los tres puentes sobre el río Negro
 

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