1 de noviembre de 2013 20:18 hs

Si el lector incauto lee que una de las películas más entretenidas del año es dirigida por el responsable de la saga de Transformers puede llegar a creer que el reseñista de turno se ha golpeado fuertemente en la cabeza y ya no sabe lo que escribe.

Pero lo cierto es que Michael Bay, si bien sí es el culpable de (por ahora) tres películas inmirables, cuasi incomprensibles, de unos anodinos robots que se pegan tortazos (y alguna que otra vergüenza en su filmografía como La Isla o Pearl Harbor, amén de una penosa labor como productor en varias otras desgracias) también ha sabido ser un director por demás competente, sobre todo en su temprana carrera.

Películas como Bad Boys (1995), Armagedón (1998) y sobre todo La Roca (1996) mostraban a un Bay muy capaz en la realización, alejado todavía del estilo de montaje fragmentado y enloquecedor que se ha vuelto su lamentable firma, fino en la dirección de actores, timonel de un barco de entretenimiento que lograba llegar invariablemente a buen puerto.

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Sangre, sudor y gloria es exactamente el regreso de Michael Bay a estos orígenes. Su producción más modesta en lo económico, que iguala el presupuesto de Bad Boys su primera película (entendiendo como “económico” 20 millones de dólares, que así se ven en comparación a los 200 millones de las Transformers), implica también una vuelta de Bay a aquella manera de filmar cambia la sincopada edición por ralentos, por decir apenas un ejemplo y lo muestra como un director extremadamente competente, capaz de narrar con precisión y muchísimo ritmo una historia que amerita tan buena mano.

La película nos cuenta la historia de Daniel Lugo (Mark Wahlberg) un obsesionado con el fisiculturismo, el ejercicio y la vida sana, que a mediados de los años 1990, apoyado por un grupo de sociópatas como él (Dwayne Johnson y Anthony Mackie), secuestraron a un hombre y cometieron varios crímenes en pos de alcanzar esa quimera difusa que significa “el modo americano de vivir”.

El caso fue real y, más allá de algunas libertades realizadas por necesidades narrativas, lo que se nos muestra en el celuloide es casi casi 100% real.
Como suele decirse, hay anécdotas de la vida real que una vez contadas no las cree nadie por las cotas de inverosimilitud que pueden alcanzar y la historia de Lugo y sus secuaces es una de ellas.

Es tal el grado de torpeza, crueldad y escatología (se llega a quemar restos de cadáveres en una barbacoa al aire libre) de las acciones que realizaron Lugo y compañía, que parece escapada de una de esas historias que puede llegar a pergeñar Quentin Tarantino.
La elección de Bay a la hora de contar esta historia es muy valiente. Se decanta por el humor, en su variante del más negra.

En definitiva, elige contar la historia de estos criminales incapaces, con la mayor dosis de comedia posible y para ello, sus tres protagonistas dan rienda suelta a sus capacidades histriónicas.

Para sorpresa de quien escribe –ya que siempre lo he considerado limitado– Wahlberg reluce en el protagónico, creando con su Daniel Lugo un equilibrio entre un ingenuo y un imbécil, con momentos brillantes.

Johnson no se queda atrás como Paul Doyle –uno de los pocos personajes inventados para la película, aunque el filme mismo disimule esta condición incluyéndolo como “real”– un ex convicto, cristiano convertido, que irá decantándose por causar más y más desastres a medida que retome su adicción a la cocaína.

El trío se completa con Mackie –el actor más versátil de los tres– como Adrian Doorbal, el de registro más tímido y sin embargo responsable también de momentos hilarantes.
Como antagonista de estos tres, en la piel de su víctima, el siempre rendidor Tony Shalhoub (que aquí reluce) y hay estupendo elenco secundario (Ed Harris, Rob Corddry y un mini personaje para Ken Jeong).

Las razones para ver estas películas son muchas entonces. Un elenco en estado de gracia, una historia tan inverosímil que directamente parece el invento de una mente desquiciada y un director que muestra poder hacer mucho, mucho más que robots gigantes destruyendo todo a su paso. Tres razones de peso.

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