9 de febrero 2019 - 5:00hs

Chimamanda Ngozi Adichie nació en Nigeria. Es novelista. En 2013 dio una charla TED que se llamó “Todos deberíamos ser feministas”. La presentación fue replicada millones de veces. Penguin Random House la editó en decenas de idiomas. Adichie es lúcida, aguda y también graciosa. En 2014 dio una entrevista donde fue, una vez más, contundente. Dijo: “Si Michelle Obama se hubiera dejado su pelo al natural, Barack Obama no hubiese ganado”. 

En 2017, cuando la familia Obama ya había abandonado la Casa Blanca, apareció por primera vez una foto –robada– en la que se veía a la ex primera dama con su pelo natural. Casi dos años después, Michelle Obama –con el pelo enrulado como jamás se la había visto– fue la tapa de la edición de diciembre/enero de la revista Essence. Casi que como si fuera una gran guiñada el título que acompaña su fotografía dice: “Michelle Obama se confiesa”. Fue la primera vez que eligió mostrarse así. 

"Particularmente en Estados Unidos hay un montón de conjeturas vinculadas al pelo natural de una mujer negra. Si Michelle Obama tuviera trenzas o un afro se podría pensar que es radical, una pantera negra, difícil. Uno no puede ser tan negro", concluyó  Adichie en aquella entrevista en la biblioteca nacional de Dinamarca.

Mucho más acá, lejos de la vida en espacios de alta relevancia, influencia y exposición, Romina di Bartolomeo asiente del otro lado del teléfono. Tiene 27 años, es modelo. Es, también, una de las voces jóvenes fuertes de la comunidad afro en Uruguay. Entiende lo que significan los rulos de una mujer negra. Su madre y su tía aún se lacían el pelo. Ella dejó de laciárselo en 2015 y se empezó a trenzar. Las trenzas, digamos, son el paréntesis previo a dejarse el pelo natural. “El pelo siempre fue algo bastante simbólico y protagonista en mi vida. De hecho siempre fue uno de mis mayores traumas. El mundo de la moda, además, me daba mucha inseguridad en ese sentido. Así que cuanto más lacio y más largo tuviera el pelo, mejor; así se parecía más al de una mujer blanca”, cuenta.

En un artículo del último enero de Página 12 titulado “Todo pelo es político”, las autoras Laura Rosso y Guadalupe Bracuto Verona empiezan así: “Durante mucho tiempo el pelo enrulado ha sido un estigma para muchas mujeres, algo que había que sacar de la faz del cuero cabelludo como fuere, eliminarlo desde la raíz bajo un único objetivo: ser como las demás”.

Y ser como las demás, claro, es tener el pelo lacio, como durante décadas lo exhibieron las publicidades de shampoo (¿cómo olvidar a Marcela Kloosterboer y su pelazo dorado, inmaculado, con todo en el lugar que debía estar?), las princesas de Disney, las mujeres de la televisión, las primeras damas. Di Bartolomeo, entonces, no se parecía a ninguna. Hasta que Internet se puso más interesante, aparecieron las cuentas de Instagram de mujeres que exhibían las diferentes trenzas, estuvo un mes en Buenos Aires y tomó la decisión. A la vuelta, con el laciado en ese momento bisagra en el que se está por ir el efecto de los químicos y hay que volver a empezar, le dijo a su madre: “Me voy a trenzar”. Del otro lado le dijeron: “¿Estás segura?”.  

Romina di Bartolomeo

Dríade Aguiar es editora y columnista del medio de comunicación brasileño Mídia Ninja. En la nota de Página 12 explicó los siguiente: “Pienso que el pelo enrulado es como la epítome, la gran figura, la cosa que a veces más invalida a una mujer negra porque durante mucho tiempo fue lo que podía ser domado, lo que podía ser corregido. El rulo era lo que podía ser organizado en una mujer negra. Es imposible cambiar su color de piel pero es posible cambiar su pelo. Domesticar el pelo de una mujer negra siempre fue un instrumento del patriarcado, del racismo. Y hasta la forma de tener su pelo original, la forma de su pelo natural, es una forma de lucha política”. 

Primero, asumirse

Entre las mujeres que ya entraron en las profundidades de los 20 y las que coquetean con los 40 la narración se repite con pequeñas sutilezas. Madres y padres que no sabían qué hacer con sus rulos; una adolescencia de pelo atado, planchas y planchitas, tratamientos químicos, brushing riguroso para cada fiesta de 15; peluqueros preguntando siempre lo mismo: “¿Laciamos?”; góndolas de supermercado  con poca variedad de productos para pelos por fuera de los cánones establecidos; la idea de que el pelo enrulado es desprolijo, desordenado, difícil de llevar (sobre todo en un país con el porcentaje de humedad que tiene Uruguay). 

John Joseph Estevez Mónica Zanocchi

Mónica Zanocchi –uruguaya criada en Brasil, 37 años, diseñadora de moda, directora de Mirada Couture– lo recuerda así: “Lo que pasaba era que mis padres no sabían manejar mis rulos, entonces odiaba mi pelo, era un problema. Siempre lo tenía atado, le hacía muchos tratamientos químicos, era bailarina así que aprovechaba eso para tenerlo atado. El tema es que no había especialización en la peluquería en rulos, la especialización era, justamente, sacar el rulo. Yo sufrí mucho hasta que me fui a estudiar a Estados Unidos y di con un peluquero que me dijo que mi pelo era increíble. Él me mostró cómo hacer para darle estilo a mis rulos. Salí de ahí con unos bucles que nunca había visto. Yo no sabía qué pelo tenía, llega un momento que no sabés cuál es la textura real de tu pelo”.

A Paula Borges –arquitecta, 34 años– los rulos le aparecieron en la adolescencia. Hasta ese entonces su pelo era lacio.  “Mi madre, adicta al torniquete (un peinado casero que permite que el pelo después quede lacio) porque siempre tuvo rulos, consideraba que para acontecimientos como cumpleaños de 15 la única manera de que yo estuviera prolija era el brushing. Desde los 14 a los 16 me los pasé en la peluquería porque en mi familia no había cultura de rulos”, recuerda.

Su reconciliación con los rulos también llegó de la mano de un peluquero. Cuando tenía 23 años, muy cerca de su casa, abrió Niño Robot; cuando entró por primera vez le dijo a Marcelo García: “Cortame el pelo, recomendame algo porque no puedo más”. Él le respondió: “Cambiá de shampoo ya”. Desde ese entonces, dice, su pelo cambió. Ahora su kit de rulos incluye: shampoo y acondicionador de una marca especializada, aceite de coco orgánico, crema para peinar, agua termal y gelatina sin sabor. El cepillo en su casa no existe y, ahora que ya tiene sus rulos dominados, dice que en una hora o menos está pronta para salir. 

Paula Borges

Los rulos tienen su técnica y cada mujer de pelo enrulado (y asumido) desarrolla su propio manual en base a recomendaciones de especialistas, amigas, tutoriales de Youtube, cuentas de Instagram y años y años de ensayo y error. 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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En el camino de la aceptación y la amistad con el rulo hay un punto en el que todas están de acuerdo: la higiene (o sea el lavado) es el 50% del resultado final. 

Después, conocerse y quererse

Sheila Da Silva lleva más de una década cortando pelos enrulados en su peluquería Glam Queen. Dice que, si pudiera, se dedicaría solo a trabajar con cabezas enruladas. Pero, de todos modos, un altísimo porcentaje de sus clientas tienen rulos y su nombre se repite de boca en boca entre las que buscan y no encuentran qué hacer con el pelo que alguien alguna vez –con todos los prejuicios– les dijo que era indomable, que mejor usarlo lacio.   

Flavio Giusti Sheila Da Silva

A Da Silva, de hecho, esa idea se la inculcó su madre, también peluquera. En su Colonia natal, ella y su hermana, iban directo a la pileta de la peluquería, de ahí al torniquete y el final de la historia era debajo del secador. “Mi madre es una mujer de los 60. Tiene el cabello con rulos y grueso. Toda la vida se hizo el torniquete. Cuando ella era joven el pelo se usaba liso y esa es la información con la que yo crecí. Y en todas las casas pasaba lo mismo. Hasta los 16, 17 años mi pelo fue liso. Me lo planchaba, con la plancha de planchar la ropa”, recuerda. 

Cuando se vino a Montevideo, como es habitual entre las mujeres de rulos, no se dejaba tocar el pelo o, como mucho, se cortaba solo las puntas. Hasta que, una vez más, un par de tijeras y manos mágicas hicieron el milagro. Tenía 22 años y recuerda el momento así: “Cuando me fui a ver al espejo era otra persona. Todo el pelo que tenía sobre los hombros me achataba, yo usaba la parte del casco chato, pegado, horrible. Después la gente entraba a la peluquería donde trabajaba y pedía que yo les cortara el pelo. Y era por lo que transmitía. Mi imagen cambió radicalmente”. 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Zanocchi se convirtió a través de su cuenta de Instagram algo así como una evangelizadora del rulo. Desde hace años usa el hashtag #LospelosdeMoni y ahora incorporó varios como #curlyhair y #frizzhairdontcare. “Es muy poderoso lo que te pasa cuando te asumís y te empezás a ver linda. Me doy cuenta de que mi pelo es mi diferencial, la gente se acuerda de mí por los rulos. No hay pelos naturales feos, hay pelos que no están bien manejados. Y todo lo que es el styling —cómo secás el pelo, los productos que usás– es fundamental. Cuando yo era chica no existía la crema sin enjuague y eso es un básico. Por ahí arrancás y después empezás a complejizar un poco más el tratamiento de tu pelo”, explica Zanocchi.

La vida al natural

Mucho antes de que los grandes nombres del estilismo internacional decidieran que el volumen (cuanto más exagerado, mejor) sea una de las tendencias para el pelo en 2019, el concepto belleza real (siempre de la mano de la nueva ola feminista) hizo su trabajo en varias generaciones de mujeres. Y, de hecho, entre las más jóvenes, las que recién inauguran los 20 el conflicto parece inexistente. De pronto las calles de la pequeña Montevideo (al lado de otras mucho más cosmopolitas) no parecen ser solo propiedad de los pelos lacios. Aparecen nuevos volúmenes, nuevas estéticas, los prejuicios se mantienen en silencio y, por suerte, ya no todo es una masa uniforme. 

“Lo que pasa con el nuevo siglo es que empieza a haber una tendencia de pelo más natural. En todo esto hay mucho de aceptación, liberación y de mirar cada vez más a lo orgánico. Las grandes marcas, las que lideran el mercado de la moda, apuntan a eso. No es menor tampoco el tema del tiempo. La mujer de hoy no va a la peluquería todas las semanas, trabaja, tiene hijos, en algunos casos sola, además hace ejercicio, entonces busca poder resolver su pelo sola. Por último, mujeres y hombres buscan diferenciarse al resto”, explica Da Silva.

Ahí, tal vez, está el punto: amar, mostrar y abrazar cada una de nuestras diferencias.  

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