10 de enero de 2014 20:45 hs

Hacia el final de Cinema Paradiso, la película que llevó a la fama de Giuseppe Tornatore y que ostenta el logro de ser una de las más conmovedoras del siglo XX, el protagonista observa un rollo de película conteniendo las escenas censuradas de besos que no había podido ver en el cine, regalo de su fallecido amigo Alfredo.

En La mejor oferta, el último filme del director –de producción italiana pero hablada en inglés–, la contemplación del arte vuelve a tener un lugar central cuando Virgil Oldman (Geoffrey Rush), un agente de subastas de primer nivel, observa la impresionante serie de cuadros de mujeres que atesora en una sala secreta de su casa. En ambos casos, esos recortes de la creación sirven como vía de escape de los personajes para paliar su soledad. No obstante, la nueva oda al arte de Tornatore queda demasiado alejada de la obra maestra que el siciliano filmó en 1988, con 32 años.

La mejor oferta se plantea como un thriller romántico más cercano a Vértigo (hombre mayor que se relaciona con una joven y misteriosa mujer, con el arte pictórico y las fobias de por medio) pero también queda lejos de calibrar el suspenso como lo hacía el cineasta británico. El resultado es un filme visualmente atractivo y bien cohesionado por su protagonista, siempre digno de ver, pero previsible, por momentos absurdo y derivativo de otras cintas.

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La historia se basa en Oldman, un hombre centrado en su trabajo que nunca ha estado con una mujer y que aprovecha su poder como subastador y experto en arte para catalogar por precios mucho menores las obras que quiere atesorar para él mismo. Todo cambia cuando entra en contacto con Claire (la actriz holandesa Sylvia Hoeks), quien le encarga tasar y vender las obras heredadas de sus padres fallecidos, las cuales se encuentran en una casona en decadencia. El problema es que él y ella solo se comunican por teléfono o a través de las paredes de la casa, ya que ella sufre una enfermedad por la que no quiere o puede tener contacto con él afuera.

Lentamente Oldman se va obsesionando con esa mujer misteriosa, como si ella fuera una esquiva obra de arte como las que pueblan su sala secreta. Al mismo tiempo, el protagonista va encontrando engranajes tirados en el piso en la casa de la mujer (el hallazgo se produce de forma tan paulatina, a lo Hansel recogiendo las migas de pan en el bosque, que hace que esta subtrama se sienta un poco artificial). Con la ayuda de un técnico, joven, sabelotodo y galán (Jim Sturgess) esas piezas empiezan a formar un autómata bastante similar al de la película de Martin Scorsese La invención de Hugo Cabret.

Cuando Clarie aparece hacia la mitad de la película, la cinta pierde la mayor parte de su enganche, puesto que no deja de ser disonante la pareja que hace con Rush (más allá de que esta sea la intención del filme) y las escenas en las que el viejo le cuenta sus vericuetos amorosos a su amigo joven resultan poco creíbles. Hay diálogos sin sentido (ella mirándolo por un agujero de la puerta le recrimina que se tiña el pelo) y algún que otro personaje de más, amén de una excesiva preocupación por que el desenlace sea más obvio de lo que debería. Pero, en definitiva, lo que le pasa a La mejor oferta es similar a lo que le sucede a En trance, de Danny Boyle –otra película reciente que involucra el mundo de las subastas de arte–, ya que ambas presentan un punto de partida atrayente para luego decantarse por un guion que se desvía hacia lugares menos interesantes.

Lo más destacable, además de la actuación de Rush, es la fotografía de Fabio Zamarion y el arte de la película (es bella la mansión de Oldman pero sobre todo la vieja casona en la que vive Claire, que transmite un glamour antiguo a medio derruir y el halo de un pasado mágico).

“Siempre hay algo auténtico, oculto en cada falsificación”, dice el protagonista al promediar el filme, cuando explica que siempre los falsificadores dejan alguna pequeña pista en los lienzos que realizan, trampa motivada por el impulso irrefrenable del reconocimiento. Lo mismo, plantea Tornatore, pasa con los sentimientos (y en definitiva con el efecto que estos causan en los demás), y lo mismo sucede con su película, que tiene algunos destellos de verdad, pero en el fondo se intuye como una copia.

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