Opinión > COLUMNA/LUIS ROUX

La vida dentro de la memoria

La muerte, a los 90 años, del intelectual George Steiner obliga a repasar algunos de los hitos de su vida como escritor y pensador de la tradición occidental  

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09 de febrero de 2020 a las 05:00

Cuando una persona cercana muere –la cercanía no tiene que ser necesariamente física ni el conocimiento directo sino que puede ser simbólica, vinculada al contacto a través del arte o del pensamiento, en fin, de la lectura–,  se disparan casi de forma inconsciente determinadas imágenes o recuerdos. La finitud de la persona en cuestión, su cese en el mundo, provoca la mirada hacia el atrás del tiempo de la página leída. En el caso de la muerte del intelectual George Steiner, obsesionado con la memoria y los riesgos de su pérdida, el caso obliga de manera doble: por un lado, dejó cientos de miles de palabras desperdigas en libros, y la memoria se aferra a ellas como a larvas que serán mariposas; por otro, el repaso de algunos hitos de una vida dedicada a la escritura y a la reflexión, a la literatura y a la filosofía occidental, conlleva a reivindicar una figura que exploró los límites del lenguaje y su anverso, el silencio, y que consideraba que el aprendizaje y la memorización eran partes indisolubles de los humano.  

La muerte a los 90 años de Steiner, autor de obras fundamentales como Después de Babel (1975), En el castillo de Barba Azul (1971) o Lecciones de los maestros (2003), cae en un momento irónicamente crítico para la memoria: quizás como nunca en la historia de la humanidad existen hoy los recursos técnicos para mantener y preservar millones de terabyts de información, pero al mismo tiempo existen problemas severos de formación intelectual por una renuencia a la incentivación de la memoria. Los sistemas educativos sienten aversión hacia la memoria. Desde hace un par de décadas, la ejercitación y la repetición conceptual, sean fórmulas o poemas, quedó a un costado como una herramienta retrógrada. Pero nada más alejado que esto de las buenas prácticas, no solo pedagógicas sino ontológicas, porque para Steiner la memoria es una particularidad constitutiva del sentido del ser en la tierra, y una de las formas más hermosas de existencia se da a través de la palabra.  

Steiner nació en Francia de casualidad, hijo de inmigrantes alemanes de origen judío, que buscaban nuevos horizontes donde vivir. Los estudios le determinaron ser un políglota: alemán, francés, inglés e italiano formaron parte de su acervo de lectura y expresión. Cuando los nazis invadieron Francia, los Steiner, como tantos otros, huyeron a Estados Unidos. Los desastres de la guerra y la destrucción infinita de lo humano lo afectaron de manera decisiva. ¿Cómo era posible que su reverenciado maestro filosófico Martin Heidegger, cima del pensamiento europeo y a quien dedicó un hermoso ensayo, hubiese colaborado con los nazis? ¿Cómo era posible que los mayores avances de la técnica hubiese provocado un infierno? Esas cavilaciones lo acompañaron hasta el  momento de su muerte y la ausencia de respuestas definitivas fue parte del combustible que lo alimentó durante siete décadas de trabajo reflexivo.   

Fue periodista (trabajó nada menos que en The Economist), profesor, conferencista, referente académico, polemista, tuvo una obra vasta que comenzó a construir como un artesano a comienzos de la década de 1960, que atravesó los temas  más diversos (desde Shakespeare a los dueños entre Spassky y Fisher en Islandia, el mito homérico o la cábala en la Biblia hebrea, entre muchos otros) y que culminó a principios de esta década con un libro de poesía que repasó desde los griegos a la obra del alemán Paul Celan. 

En su autobiografía, titulada Errata y publicada en 1997, Steiner recuerda una imagen infantil que lo obsesionó por el resto de su vida: luego de ver los diferentes estandartes de diferentes y pequeños cantones y principados austríacos, comenzó a mirar los árboles, y entender que cada hoja es distinta a la otra, y que cada grano de arena es particular en forma y color, y por ende, si extendía el símil a algo tan complejo como los seres humanos entonces la ecuación se multiplicaba de forma infinita. “Por el resto de mi vida seguí intentando comprender esas diferencias”, declaró Steiner en un documental holandés que puede verse en YouTube. Ahora quedan sus libros y sus palabras cargadas de sentido para recordarlo.  

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