14 de agosto de 2020 14:54 hs

Bienvenido a una nueva edición de EnClave, la newsletter sobre política de El Observador. Hoy, con la primera entrega de una serie de notas para analizar a las principales figuras del oficialismo y la oposición en estos primeros seis meses del nuevo gobierno.

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Larrañaga y una misión imposible

Después de la victoria blanca de 1989, Jorge Larrañaga es el candidato presidencial blanco que más votos logró conseguir en las elecciones presidenciales de primera vuelta. En 2004 logró la postulación única nacionalista y obtuvo 764.739 adhesiones. Ni siquiera Luis Lacalle Pou, que logró pasar a la segunda vuelta –y luego transformarse en presidente– lo superó en votos ni en octubre de 2014 ni en octubre de 2019.

Larrañaga llegó a ser el líder del partido durante varios años: los últimos del gobierno de Jorge Batlle y el primer mandato de la era frenteamplista. Cuando uno miraba el mapa del país en los últimos 15 años, la enorme mayoría de las intendencias eran ocupadas por dirigentes de su sector.

Todo ese imperio de votos y estructura política se desmoronó. El líder de Alianza Nacional perdió el grueso de su estructura política en los últimos años. Al ciclo electoral de 2019 llegó sin buena parte de esos caudillos locales del interior que lo sustentaban. 

El liderazgo de Larrañaga nació allí, en las intendencias blancas del interior. En los 90 formó parte de un gran grupo de jefes comunales nacionalistas. En esos años de predominio herrerista, la corriente wilsonista se fortalecía desde el interior y el grupo de los intendentes estaba integrado por figuras como Villanueva Saravia, Domingo Burgueño, Héctor Leis y Larrañaga, entre otros. Él no era el primero en la fila en esos años. Pero la vida, la muerte, y sobre todo mucho, pero mucho esfuerzo de construcción política, lo transformaron en líder.

El golpe de los últimos años fue duro. En 2009 y 2014 perdió las internas con Lacalle padre y con Lacalle hijo. Pero aún así mantuvo una incidencia significativa en los asuntos partidarios porque su sector siguió fuerte, más que nada en el interior. 

Sin embargo, para las elecciones de 2019 el golpe fue más profundo. Antes de las internas perdió al autodenominado grupo de los intendentes, que incluía figuras significativas como Enrique Antía, Sergio Botana, Eber Da Rosa. El interior no herrerista, que fue donde nació su liderazgo, le empezaba a dar la espalda. A la vez, surgió la candidatura de Juan Sartori, que lo desplazó al tercer lugar en las elecciones de junio con el 17,6% de los votos. Su premio consuelo fue haber logrado una buena votación, pero una derrota al fin, en la reforma constitucional Vivir sin Miedo que se puso al hombro prácticamente solo en octubre del año pasado.

Su grupo político se achicó el año pasado y solo pudo retener a otras dos figuras con votos propios –tal como se vio reflejado en la lista al Senado– que fueron Carlos Moreira y Jorge Gandini. Hoy ninguno de los dos integra el sector de Larrañaga. Su estructura parece haber tocado fondo.

Un resiliente

“Cuando todos digan que estás muerto, yo voy a dejar pasar un rato, voy a venir y voy a chequear que sea así”, le dijo una vez a Larrañaga un médico muy amigo suyo. El Guapo es un resiliente. Luego de las elecciones de 2009, como luego de las de 2014, muchos lo dieron por muerto, pero revivió. Durante el gobierno de José Mujica, logró –sin ser el líder partidario en votos– transformarse en el interlocutor de la oposición con el gobierno.

Después de la primera derrota ante Lacalle Pou en las internas de 2014, bajó la cabeza, aceptó la candidatura a vice y se reconstruyó desde allí. “A los diez días me saqué el polvo del porrazo, me eché un poco de agua en la lastimadura, y me puse en el frente de la lucha”, dijo luego en una entrevista.

Cinco años después, el desafío parece muchísimo más difícil. Aunque Larrañaga no parece dispuesto a dejar de pelear y aceptó una misión: reconstruirse desde el ministerio del que nadie salió vivo como líder político. O como él mismo dijo en una entrevista con Natalia Roba y Joaquín Silva: “Debe entenderse también que este ministerio es como estar dentro de un barril de pólvora, en donde todos se acercan con un encendedor”.

¿Cómo fueron los primeros seis meses de Jorge Larrañaga como ministro?

Un poco solo pero con resultados para mostrar

Durante toda la campaña electoral los blancos hicieron mella con la seguridad. En particular, el ahora presidente Lacalle dijo que él sería “el primer policía”, que estaría dando la cara permanentemente por estos asuntos y que el gobierno se haría “cargo” de los problemas. Era un contraste fuerte con el gobierno de Tabaré Vázquez, a quien los blancos cuestionaban por mirar para el costado en la inseguridad, en una crítica basada en hechos: nunca marcó presencia en ese asunto.

Las primeras señales de Lacalle fueron en ese sentido. El 2 de marzo, un día después de asumir, el presidente se reunió con todos los jefes de policía y les dio un amplio respaldo.

Sin embargo, después vino la pandemia y los esfuerzos y energías del presidente pasaron a otro plano. En temas de seguridad, en estos seis meses, se vio muy poco al presidente y el ministro quedó bastante solo defendiendo las políticas del gobierno.

Eso hasta esta semana. Lacalle participó el miércoles junto a Larrañaga de la inauguración de la sede de la nueva Dirección de Seguridad Rural, que tiene como objeto combatir el abigeato. Y allí volvió el Lacalle de la campaña, poniéndose al hombro los temas de seguridad. Durante el acto dijo algunos conceptos con los que él también, al igual que lo viene haciendo el ministro, asume costos políticos muy altos si no se consiguen resultados. “Los ciudadanos de bien no están reclamando, están clamando por el orden. Tenemos menos excusas, tenemos ley, infraestructuras, armamentos, respaldo y exigencia del gobierno para cumplir con lo que los ciudadanos de bien necesitan”, dijo Lacalle, en lo que también fue un mensaje a las cúpulas policiales. Si bien agradeció el “esfuerzo” que están haciendo, dijo que de los mandos esperan mucho más. “Esperamos más de las jerarquías, porque por algo son jerarquías”, dijo. Agregó que la infraestructura “no sirve de nada si el recurso humano no hace lo que tiene que hacer”.

Larrañaga es de los pocos ministros que en este primer semestre de la nueva administración tiene logros concretos para mostrar. Es verdad que son discutibles, porque es imposible discriminar el efecto de la pandemia. Pero los tiene. A comienzos de julio divulgó una comparación entre los delitos del primer semestre de 2020 y los del mismo período del año anterior  y se ve una reducción en los homicidios (1,2%), rapiñas (5,6%) y hurtos (12,6%). "Esta es la baja de los delitos más importantes en los últimos 10 años", dijo Larrañaga.

Es muy probable, aunque el ministro lo desestima, que haya incidido de manera muy fuerte en este comportamiento el confinamiento voluntario masivo de los uruguayos en marzo, abril y mayo.

Otro indicador del que puede valerse para defender su gestión, pero que incluso está más empañado aún por la pandemia, es el lugar que ocupa la seguridad entre los principales problemas del país según los uruguayos. Según la última encuesta de la consultora Cifra presentada el 23 de julio, la inseguridad pasó a ser el tercer tema de preocupación luego de años y años liderando esa lista. Hoy el principal problema es la economía, el segundo la salud y el tercero la seguridad.

De lo que no hay duda es que Larrañaga y su equipo del ministerio están haciendo un enorme esfuerzo y sobre todo una comunicación muy buena de su gestión. Tal vez allí, en ese último punto, está el mayor de los logros de su gestión: en poder transmitir mejor sus acciones y sus pasos.
 

La pregunta del millón: ¿esto le alcanza para sobrevivir políticamente?

El ministro del Interior parece haber apostado a sacar el 5 de oro. La historia uruguaya demuestra que las posibilidades de resurgir políticamente desde el Ministerio del Interior están muy cerca del cero. Quienes lo intentaron fracasaron. Si uno ve incluso la evolución de los delitos del último tiempo, debería pensar que el desafío es muchísimo mayor.

Por estos días se lo ve hasta físicamente muy exigido por el esfuerzo que está realizando en uno de los roles más difíciles del gobierno. De lo que no hay dudas es que por sus características personales, Larrañaga va a dar pelea. “Estamos trabajando 48/7”, bromeó en una entrevista, en la que también demostró que tiene claro el riesgo que asume en ese puesto. “Yo no soy un ministro atornillado. No estoy abulonado a este cargo. Los resultados los evaluará la gente y el presidente de la República”, dijo.

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