Dos años resumidos en una sola cuestión: ya no hay que usar más el tapabocas. ¿O sí? Pasaron casi 800 días desde que este país y el mundo entero entró en una emergencia inesperada, profunda e incierta. 800 días en los que pasamos del miedo a la rabia y de ahí de vuelta hacia la tristeza y la soledad. 800 días en que, a veces, tuvimos la claridad para valorar lo que tenemos y calibrar lo que les falta a tantos uruguayos.
La pandemia se fue como por arte de magia, o eso parece, pero en esos 800 días pasaron demasiadas cosas que no desaparecen con el pase de una varita mágica ni con un decreto regulatorio. No desaparecen para el gobierno, que ahora debe encarar desafíos enormes y que ya no tendrá en su cuenta corriente la simpatía de muchos uruguayos que valoraron -más allá de preferencias partidarias- el esfuerzo que debió hacer un nuevo presidente y su equipo recién asumido para organizar un país en un estado de situación para la que no había planes montados de antemano. No desaparecen tampoco para la oposición, que debe remar y remar desde los lugares que tiene y los que quiere conquistar, para lograr posicionarse en una posición que le permita volver al poder nacional en poco más de dos años.
Esta emergencia terminó pero, a diferencia de otras, esta vez no hay respiro, porque se convirtió en otras emergencias que van desde la pobreza y el empleo hasta una seguridad social que hace agua por todos lados, además de un aumento de precios que deriva de la guerra en Ucrania, y que afecta a los más vulnerables de este país. La pregunta ahora es qué hoja de ruta seguirá el gobierno para enfrentar estos desafíos y qué hoja de ruta delineará la oposición para que este tiempo antes de la próxima elección no sea solamente una preparación para ganar, sino un verdadero esfuerzo por superar crisis estructurales o circunstanciales que atentan contra el desarrollo.
En la misma semana en que terminó la emergencia sanitaria, un senador de la República calificó de “pobre diablo” a un edil de Canelones por darle el voto decisivo al intendente del Frente Amplio, Yamandú Orsi, que le permitirá a la intendencia canaria pedir prestados US$ 40 millones de dólares para invertir en obras. Es el mismo senador que habló de “compra de votos” para referirse hasta su entonces correligionario que, por otra parte, dio el voto luego de acordar con Orsi que se harán obras en determinadas zonas, incluyendo el propio barrio del edil, en un departamento que tienen unos US$ 400 millones de déficit.
En la misma semana en que se terminaron, al menos en lo legal, las limitaciones impuestas por un virus, EL tema fue la disciplina partidaria y el comportamiento de un edil que según sus correligionarios es un traidor y según el Frente Amplio un patriota que quiere que las cosas se hagan. ¿Podemos permitirnos seguir distrayéndonos de lo realmente esencial para que todos los uruguayos vivan mejor? ¿De los precios y la inflación, de la pobreza que aún sigue por encima de la pre pandemia, de los cambios urgentes que necesita este país para navegar los mares inciertos de los efectos del cambio climático, de la educación, la ciencia y las oportunidades?
Durante más de dos años se gastaron millones de dólares para atender la emergencia, ya no solo en su aspecto sanitario sino en sus derivaciones laborales, psicológicas y más. Para la oposición fue poco, pero para el gobierno que debe administrar los dineros públicos ciertamente no lo fue. Ahora deberán gastarse muchos más pero ojalá que para cerrar emergencias que se arrastran desde hace demasiado tiempo y a lo largo de gobiernos de todos los colores. Se las podría bautizar como “las reformas”: educación, seguridad social, Estado. Pasa el tiempo y no se procesan. A lo anterior se suma el avanzado cambio en la matriz energética, que sin embargo aún no ha logrado que este país deje de depender del petróleo importado y con precios astronómicos. Y se suman los efectos del cambio climático que ya están entre nosotros en el día a día, para los que ya hay planes de adaptación desarrollados por el Ministerio de Vivienda y Medio Ambiente, pero que hay que pasar del papel a la realidad
A corto plazo el aumento de precios es una de las emergencias coyunturales que inevitablemente deberán distraer al gobierno de las estructurales. Es una variable clave para las economías familiares y, sobre todo, para los más pobres de este país. La pobreza cayó en 2021 con respecto a 2020, pero sigue por encima de los niveles pre pandemia. Según datos del INE son unos 380.000 los uruguayos en situación de pobreza, más unos 10.000 que están peor aún, indigentes. Entre los vulnerables también hay más débiles: la pobreza se concentra sobre todo en niños y adolescentes (19%).
¿Cómo se posiciona el gobierno, los partidos de la coalición multicolor y el Frente Amplio ante estas emergencias, las de antes y las de ahora? Si la respuesta es recorrer el país, suena demasiado a campaña electoral, una mecánica inevitable y necesaria para la democracia, pero que necesita sus descansos. En este período de gobierno la campaña casi no tuvo pausa: se encadenaron las nacionales de 2019 con las municipales de 2020 y el referéndum de 2022.
El diálogo y la escucha son fundamentales en una democracia saludable, pero solo si se acompañan de acciones que suelen ser tan necesarias como impopulares. ¿Cómo calibrarán los partidos y los posibles candidatos las emergencias versus la popularidad para ser electos? De ese equilibrio complejo cuelga el destino de las reformas que necesitamos para avanzar y no solo para sobrevivir.
Luis Lacalle Pou enfrenta ahora su desafío más complejo, aunque parezca una locura afirmar esto luego de dos años de complicaciones de todo tipo; el desafío de hacer lo que la otra emergencia no le permitió hacer. Para eso debe convencer a su partido, a sus socios y de alguna manera hasta a la oposición, para que los planes se transformen en realidades. ¿Cómo juzgaremos los uruguayos las alianzas y esfuerzos intrapartidarios para lograr llegar a soluciones y cómo juzgaremos la ausencia de acuerdos cuanto tanto se necesitan?