Llovía a cántaros afuera, pero adentro de la Sala Verdi reinaba el silencio que solo logran generar los actores cuando saben que desde el escenario tienen al público en su puño apretado.
Una luz cenital y otra oblicua iluminaban al actor Levón Burunzusián, sentado en un sillón junto a la crítica teatral María Esther Burgueño, con quien había estado charlando en el inicio del ciclo El oficio del actor, organizado por la Comedia Nacional en la Verdi. Luego de una hora de diálogo sobre la vida y los papeles de Levón, se abrieron las preguntas del público y la primera saeta de un anónimo admirador del actor fue muy certera. Le dijo que había visto muchas obras protagonizadas por él, y que ahora, en la primera vez que lo veía sobre el escenario como “persona”, se había dado cuenta de que a lo largo de la charla el actor había construido otro personaje más. “¿Quién es Levón?”, le espetó el espectador desde su butaca.
Como buen actor, Levón esperó los segundos necesarios para que el silencio generado se convirtiera en el combustible que iban a encender sus palabras. “Yo no soy yo / soy este / que va a mi lado sin yo verlo; / que, a veces, voy a ver, / y que, a veces, olvido./ El que calla, sereno, cuando hablo, / el que perdona, dulce, cuando odio, / el que pasea por donde no estoy, / el que quedará en pie cuando yo muera”, respondió Levón, ante el público cautivado por el sentido de las palabras y la dicción perfecta del actor. Algunos no pudieron reprimir los aplausos.
“Es un poema de Juan Ramón Jiménez”, explicó Levón para quienes no lo sabían.
En la hora anterior, el actor había hablado de su historia personal, sus orígenes armenios en el Cerrito de la Victoria, su padre almacenero y su madre modista, de cómo mintió durante varios años en su casa para asistir a clases de arte dramático, de la escalera del Teatro Solís para ascender a la Comedia Nacional, su primera clase de teatro con Nelly Goitiño y su eterna reverencia a ese gran nombre del teatro nacional, y sin dudas, una y otra vez, a su identidad; en fin, un hombre al que los taxistas le preguntan si es uruguayo, y a lo que él responde con su voz levemente afectada: “Sí, sí, soy de acá”. La ocasión además era atractiva porque Levón no es actor que hable demasiado en entrevistas ni que se muestre mucho más allá de las múltiples máscaras que desarrolla con una mezcla exquisita de histrión y sutileza en escena.
Levón repasó algunos de sus muchos papeles memorables, como Kaspar, de Peter Handke, un personaje que descubre el sentido de la vida a través de los golpes. Fue José K, en El castillo, adaptación de la famosa novela de Kafka, fue Menelao (y también Hécuba) en Las troyanas de Eurípides, recordó su papel como la muerte en El ladrador y la muerte, de Johannes von Saaz, su papel en Cenizas a las cenizas, de Harold Pinter, su rol como el pintor Mark Rothko en Red, de John Logan, y también sus incursiones en la dirección teatral aunque confiese que no se siente director. Y fue capaz de sobreponerse, con su elegancia, su caballerosidad y la profundidad de sus respuestas a las reflexiones personales y a las interrupciones de Burgueño, que diluyó (de manera involuntaria) algunas respuestas del actor y no repreguntó ni insistió sobre algunos puntos sensibles cuando debía.
Más allá de esto, es una buena iniciativa de la Comedia Nacional mostrar a sus actores más destacados en un rol un tanto extraño: ser ellos mismos.