Ed Atkinks sostiene una canasta llena de camarones pequeños que se retuercen, un nuevo botín para este pescador afroestadounidense que lleva más de 60 años sacándolos de las aguas de la isla Santa Helena, en Carolina del Sur.
Sin embargo, por el cambio climático y el constante avance de desarrollos inmobiliarios, su medio de subsistencia en esta esquina del Atlántico está en riesgo, consigna un despacho de la agencia AFP.
"Antes, podías ir y pescar en cualquier parte. Pero ahora debes ir a un sitio especial para eso", recuerda el septuagenario. En el pasado, en un buen día en el mar podía conseguir alrededor de U$S 100 en pescado. Ahora si logra una pesca de U$S 35 se siente afortunado.
La situación empeora más porque pescar es parte esencial de su cultura. Atkins pertenece a los Gullah Geechee, descendientes de pueblos africanos esclavizados en las plantaciones costeras del sureste de Estados Unidos.
La cadena de islas conocidos como Sea Islands se extiende por el Océano Atlántico a lo largo de la costa del sureste desde Carolina del Norte hasta Florida. Dentro de las pequeñas comunidades agrícolas y pesqueras de estas islas, los descendientes de los esclavos proceden de África central y África occidental y constituyen la comunidad afroestadounidense que más conserva sus culturas procedentes de África, desde donde sus ancestros fueron llevados como esclavos.
En la actual Sierra Leona, África, los Gullah y los Geechee constituían dos etnias que se alimentaban de sus cultivos de arroz, y esa habilidad fue tenida en cuenta por los traficantes de seres humanos para traerlos a América.
Se los forzó a trabajar también en las plantaciones de algodón y de índigo, pero la elevada humedad de los campos resultó ser el abono perfecto para la proliferación de la fiebre amarilla y la malaria. Muchos de aquellos esclavos eran resistentes a aquellas enfermedades, pero no los esclavistas, que abandonaron el lugar.
Se dio un fenómeno extraño: sin los dueños de las plantaciones, esas comunidades de Gullah y de Geechee fundieron sus experiencias y preservaron parte de sus costumbres. Forjaron una nueva lengua, una mezcla de inglés y sus lenguas originaria.
También mantuvieron sus artesanías africanas, como los cestos tejidos. También sus cantos y danzas. Por caso, la cantante de góspel y folk Bessie Jones es de origen Gullah Geeche. También la gastronomía de las Sea Islands, tiene muchos platos de ese origen, como el cangrejo con arroz y el purloo de camarones.
El extenso corredor abarca 31.000 kilómetros cuadrados desde el condado de Pender, en Carolina del Norte, hasta el condado de San Juan, en Florida, es un trayecto en el cual los viajeros pueden ver el legado de esa comunidad.
“No nos influenció ninguna otra cultura. Estas islas eran calurosas, poco accesibles y húmedas. Estaban plagadas de mosquitos. Durante y después de la esclavitud esto era un páramo. La gente que tenía medios no se quedaba aquí”, dice Dionne Hoskins-Brown, jefe de la Comisión del Corredor Patrimonio Cultural Gullah Geechee.
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Cientos de miles de personas son parte de esa comunidad, hoy amenazada por el cambio climático y el desarrollo inmobiliario que los desplaza a los márgenes. Cada impacto tiene "diferentes efectos, pero son efectos que deterioran culturalmente, dice.
Contemplando los manglares, que Atkins llama su "lugar feliz", explicó cómo el ambiente se está deteriorando: el calor es más intenso, las inundaciones más frecuentes y las tormentas más devastadoras.
El nivel del mar se está elevando hasta afectar el hábitat de especies marinas, lo que se traduce en un impacto directo sobre la pesca. En esta temporada, el número de cangrejos azules atrapados cayó dramáticamente.
Atkins teme que sus vecinos se vayan al ver que regresan a casa con las manos vacías, y que entonces la isla de Santa Helena se convierta en un "pueblo fantasma". Por el momento, Atkins se rehúsa a emigrar, pero sus ojos demuestran preocupación: "Sería como un pez fuera del agua si no puedo ir a pescar lo suficiente para alimentar a mi familia".
Si los residentes tuvieran que desarraigarse, ¿adónde irían?, pregunta el cronista de AFP. "Vemos la televisión, vemos deslizamientos de tierra en todo el lugar, vemos incendios forestales en todo el lugar", dijo Marquetta Goodwine, activista Gullah Geechee conocida como Queen Quet.
Frente a una rampa para botes, Goodwine fija su mirada en un poste cercano que colapsó por la erosión: "¡Hablando de los efectos del cambio climático!", exclamó.
A pocos minutos de allí en Harbor Island, casas de una urbanización privada se derrumbaron cuando el mar se tragó parte de la playa. "Las casas cayeron al océano porque estaban en un lugar que no era sustentable", dijo Goodwine. "Los Gullah Geechee no construyen directamente en la orilla".
Ella y sus vecinos miran con angustia como hoteles y enormes residencias se construyen cada vez más cerca del mar por gente adinerada que eleva los precios. Algunas islas han sido completamente tomadas por el turismo, y "no puedes encontrar allí más de una docena de Gullah Geechees", dice Goodwine.
La isla de Santa Helena está determinada a resistirse a semejante destino: un consejo municipal prohibió la construcción de cierto tipo de instalaciones, incluidos grandes complejos hoteleros y campos de golf. En la calle, entre los árboles de musgo español, se pueden ver avisos contra las urbanizaciones cerradas y los clubes de golf.
Para muchos, la lucha contra el cambio climático y la construcción es inseparable. Ambas amenazan la tierra, que para ellos tiene un significado casi sagrado. Las generaciones pasadas "no tenían dinero para dejarnos, así que lo que dejaron fue esta preciada tierra", dice la residente Marie Gibbs.
Gibbs tiene 70 años, es granjera y también administradora de un museo, no tiene intención de rendirse. Hace cuatro años, perdió cuatro hectáreas de tierra cultivable por inundaciones que dañaron el suelo. Ahora ya no admite a perder una pulgada más, sea por el cambio climático o el desarrollo inmobiliario. "La lucha es constante", dice. "Lucharemos por lo que tenemos".