Opinión > HECHO DE LA SEMANA / M. ARREGUI

Los fracasos de la izquierda en las tareas esenciales del Estado

El fin del ciclo izquierdista en el gobierno no tiene por qué ocurrir el año que viene, pero ocurrirá tarde o temprano, salvo que medie una renovación y un vigoroso cambio de rumbo

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28 de julio de 2018 a las 05:00

El ministro del Interior, Eduardo Bonomi, advirtió el miércoles que "hacen falta más policías porque se rompió el equilibrio entre policías y delincuentes". Siendo grave, no es novedoso: es lo que perciben los ciudadanos cada día. No hay persona o familia que no haya sido víctima.

Las rapiñas aumentaron más de 2.500% desde la apertura democrática, y los homicidios más de 200%. Una batalla crucial se está perdiendo.

Bonomi lo entiende, pues representa un trabajo en serio y el fin del pensamiento naif de la izquierda uruguaya ante el delito, que inauguró José Díaz en 2005. ¿Cuánto falta para que las personas concluyan que hay que armarse, como en el siglo XIX, para defenderse por sí mismas y empezar de nuevo en la escala de la evolución social?

La política del Ministerio del Interior durante la Era Progresista ha sido la de negar públicamente los problemas o, mejor dicho, la de minimizar su entidad, escribió Adolfo Garcé en El Observador. Pero, como en el resto de América Latina, en grados distintos según los casos, lo que está en cuestión es la capacidad y la legitimidad del Estado.

Bonomi podría decir, con razón, que la Policía es solo el último recurso ante el delito. Hay barreras anteriores que están cediendo: la enseñanza pública, las reparticiones municipales, la red de seguridad social, las familias.

Las autoridades compiten por rehuir sus obligaciones y en el ingenio de sus excusas. Muchos policías se sienten desvalidos y miran para otro lado. ¿Recuerdan el diagnóstico de Mario Layera, director nacional de Policía? "Hemos caído en una anomia social en la que no se cumplen las leyes y nadie quiere hacerlas cumplir estrictamente. Un día los marginados van a ser la mayoría. ¿Cómo los vamos a contener?".

Al fin, el fracaso del Ministerio del Interior es el fracaso del Ministerio de Desarrollo Social ante la marginación. Los éxitos en el combate a la pobreza fueron más del auge económico y el empleo que del Mides. El núcleo duro de la exclusión, que alcanza al menos al 10% de los habitantes y que se extendió masivamente al interior, permanece inmutable.

La pobreza y la marginación, que tienen una dimensión cultural decisiva, también se perpetúan por el fracaso del sistema público de enseñanza.

Héctor Florit, director de Educación Inicial y Primaria, ya acepta que las escuelas públicas sean cerradas durante los paros de docentes y funcionarios. Una nueva rendición, y un nuevo problema para los padres, que no solo deben pagar el sistema sino correr para tapar sus agujeros.

La abdicación de la izquierda ante sindicatos egoístas y abusivos es otra cara del desastre.

A fines de su mandato presidencial, en el libro Una oveja negra al poder, José Mujica propuso "juntarse y hacer mierda a esos gremios (docentes)", porque funcionan "como un impedimento para cualquier cambio". Pero si él, la persona más poderosa del país, no pudo con las corporaciones, ¿quién podrá?

La deserción masiva de jóvenes del sistema de Educación Secundaria es una garantía de futuros pobres y excluidos.

No es que no haya existido siempre pobreza y marginación en Uruguay, incluso con pozos insondables, como en la Gran Depresión de la década de 1930, en 1982 o 2002. Pero nunca pareció tan completa y sin vueltas como ahora: no solo como concepto económico sino también cultural.

"La sociedad uruguaya se ha convertido en una fábrica de delincuentes; es la industria más próspera del país porque sigue funcionando", afirmó Ricardo Pérez Manrique, expresidente de la Suprema Corte de Justicia y actual Juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos de la OEA (El País del 1º julio 2018).

El Frente Amplio, el partido de gobierno, está paralizado ante otros asuntos decisivos, como la política exterior, por su ancianidad ideológica. Su aparato le da poder de veto a sectores políticos muy menores, más preocupados por marcar perfil.

El fracaso del Estado ante la delincuencia provoca hartazgo y demanda de autoridad. El fin del ciclo de la izquierda en el gobierno no tiene por qué ocurrir el año que viene, porque la oposición debe convencer y está por verse si puede. Pero ocurrirá tarde o temprano, salvo que medie una renovación y un vigoroso cambio de rumbo.

Presenciamos el extravío de una coalición que fue novedosa, repleta de ideas y personas con talento, a la que se concedió mayoría absoluta durante tres lustros, y que se benefició de uno de los ciclos económicos más ventajosos de la historia.

Tal vez lo peor sea que esta izquierda, salvo excepciones muy decentes, ni siquiera puede reconocer sus fracasos, un paso esencial para empezar a enmendarlos; que abdicó de sus principios y del sentido crítico, y que propone conformismo: una izquierda que devino en maquinaria electoral y dejó de ser de izquierda. Muchos antiguos revolucionarios ahora son funcionarios conservadores, que piden más presupuesto para su República demagógica.
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