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Los gemelos Perdomo: competitivos por linaje

Martín y Joaquín, los hijos del olímpico de Los Ángeles 1984 y campeón sudamericano, Horacio Perdomo, se destacan en básquetbol y en fútbol

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11 de octubre de 2020 a las 05:04

“Mirá, Martín, con esta lesión es probable que no puedas seguir jugando al básquetbol”, le dijo un médico. Su cara se ensombreció. Todos los sueños que tenía a futuro, se desvanecieron en una centésima de segundo.

Su hermano gemelo, Joaquín, no lo podía creer. Tampoco su padre, Horacio “Gato” Perdomo, campeón de todo en el básquetbol uruguayo.

Martín Perdomo actualmente juega en Lagomar y está cerca de firmar con un equipo de la Liga Uruguaya. Joaquín lo hace en Sud América en el fútbol, luego de haber sido goleador dos años seguidos, 2018 y 2019, de la Primera división amateur, la ex C, Huracán Buceo y La Luz con 20 goles en 30 partidos y fue elegido Revelación para la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF).

Aquel día de caras largas había comenzado el 21 de julio del año pasado cuando luego de entrenar con la preselección que jugaría los Panamericanos de Lima, defendiendo a Larre Borges, Martín recibió un golpe, de Edison Espinosa, debajo de la axila izquierda.

“Los médicos no sabían qué tenía. Me empezaron a dar anticoagulantes porque tenía trombos en las venas. Llegué a hacer una embolia pulmonar y estuve grave. No sabían cómo tratarme. Estuve un mes internado y me dijeron que no se animaban a operarme. Eso me mató anímicamente”, recordó Martín para Referí.

Y su hermano Joaquín acotó: “Le decían que parecía un perro verde, un caso raro de lesión. En ese momento, yo estaba muy triste, le hubiera dado mi brazo”.

Finalmente y luego de mucho averiguar, se enteraron que lo podían intervenir en Chile y hacia allá fue.

El 1° de octubre de 2019 se operó. Le quitaron una costilla y le pudieron destapar las venas.

El 1° de noviembre, ya estaba entrenando en Biguá. “Lo que tuve se llama síndrome del opérculo torácico. Fue como volver a vivir”, dice Martín.

De chicos eran imbancables, como suele suceder con muchos gemelos. Les decían “Chucky”.

“Íbamos con mi madre al supermercado y hacíamos cualquier cosa. Nos metíamos debajo de las cajas y las cajeras se recalentaban, por más que ya nos conocían”, cuentan a dúo.

Ambos viven aún con sus padres y se nota que los cuatro son muy unidos. Los dos tienen cuatro tatuajes en común: las iniciales de ellos cuatro, un ancla debajo de la oreja (uno en la izquierda y el otro en la derecha), los dedos cruzados para la buena suerte, y el número preferido de su abuelo, el 639, pero en números romanos.

Los dos comenzaron haciendo todos los deportes que podían. De la escuela experimental de Malvín se iban al Club Malvín y jugaban fútbol, básquetbol, handball, tenis, lo que fuera. Después se iban a jugar al baby fútbol a Córcega.

A los 15 años, Martín, defendiendo la camiseta del colegio Jesús María, sufrió fractura de peroné y decidió dejar el fútbol. “Me dio miedo, me costó recuperarme. Además, pasé todo el verano con yeso y muletas”, dice. Entonces se decantó por el básquetbol.

Joaquín, por su parte, se sumó a la sub 16 de El Tanque Sisley y su primer técnico fue Ignacio Ordóñez, quien hace una semana dejó de dirigir a Albion. También estuvo dos años trabajando con su tío en una boutique de carne, atendiendo a la gente.

La carrera de Martín despertó antes. “Él con 18 años ya tenía un nombre. Yo recién ahora a los 25 me estoy haciendo conocer”, expresó Joaquín.

“Es un tremendo jugador que no ha tenido suerte, le falta afirmarse más. Ahora en la B, hizo dos goles en 140 minutos en Sud América. Va a seguir creciendo”, apuesta Martín.

¿Y qué dice Joaquín de Martín? “Es un clase A. Me encanta cómo juega. Nos ponemos más nerviosos cuando juega el otro, que cuando lo hacemos en nuestros equipos”.

Martín asiente y sostiene: “Yo no lo puedo ver jugar porque se me acelera demasiado el corazón, sufro mucho. Cuando me enteré que hizo un gol contra Atenas, lloraba de emoción”. Y no exagera. Se nota claramente la connivencia que existe entre ambos. Son más que compinches.

El propio Martín tuvo cuatro ascensos a la Liga Uruguaya: dos con Sayago y dos con Bohemios, el club con el que Federico Camiña lo hizo debutar en Primera.

El primer ascenso con Sayago en 2015 tuvo un sabor muy especial porque el técnico era su padre, el Gato Perdomo, mientras que su hermano Joaquín en la mesa de contralor, a veces llevaba el reloj de los 24 segundos y otras, las estadísticas del equipo.

“Fue algo único. Ser dirigido por mi viejo y lograr el ascenso, fue espectacular. A veces iba con mi novia al cine y era la 1 de la mañana y me mandaba un mensaje: ‘¿Dónde estás? Mirá que mañana entrenamos, ¿eh?’”, cuenta sonriendo.

Luego tuvo una muy linda experiencia con Las Ánimas de Chile al clasificar entre los ocho mejores de la Liga de las Américas.

Joaquín compartió toda la primera rueda con el Cacha Arévalo Ríos en la IASA. “Si lo eludías dos veces en la práctica, te la daba (se ríe). Es muy humilde, entrena como un caballo, me motivaba y me potenciaba en la cancha. Era un líder y finalmente se fue”, explica.

Martín utiliza desde hace años el número 26. El por qué lo cuenta él: “Es por Kyle Korver, un jugador de los Milwaukee Bucks de la NBA. Me gusta mucho cómo juega”.

Es derecho y su hermano zurdo. El parto de su madre Viviana fue prematuro. Estaban apurados por nacer y lo hicieron a los siete meses. Joaquín debió quedarse un tiempo más en el sanatorio.

Para Martín su hermano “es el talento”, mientras que Joaquín opina que su gemelo “es la exuberancia física”.

Ser el hijo de Horacio puede ser complicado. Ser portador de apellido, a veces es difícil cuando entran en el terreno de las comparaciones.

“Es un honor cómo lo describe la gente. Nos dice que heredamos la sangre. Es un legado a seguir dentro del básquetbol. No me molesta que me comparen con mi viejo, aunque nunca me pesó”, sostiene Martín.

Le gustaría ser entrenador o gerente deportivo, aunque estudia la licenciatura en administración de empresas en la Facultad de Economía.

Joaquín se ve más como scouting dentro del fútbol. “Estoy con Fernando Pavón en Sud América y creo que en el futuro, podría ser bueno viendo talentos en el fútbol”.

Horacio es más exigente con él que con Martín. “Me jode más a mí. Es más exigente conmigo”, comenta Joaquín.

“Tenemos un amor y una conexión particular entre nosotros como hermanos desde siempre”, añade Martín.

Para Joaquín sus padres “siempre nos bancaron e impulsaron. Se sacrificaron mucho”.

El fútbol y el básquetbol los atraparon. Son sus respectivas pasiones. Los gemelos Perdomo prometen seguir creciendo.

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