El sábado, de semanas atrás, sonó el timbre de mi apartamento. Observé por la mirilla y no vi a nadie hasta que una voz infantil se hizo escuchar. “Buen día señor, yo soy Martín, el hijo de Pedro, del sexto piso. Se nos cayó una pelotita de goma y quedó en su balcón, la vimos desde arriba con mi primo, que está de visita. ¿Podría, por favor, acercarnos la pelotita?”.
3 de septiembre de 2021 5:01 hs
Pensé de inmediato en la educación. Esos chiquilines se expresaron con toda corrección, respeto, y eran muy resueltos.
Cuando se iban, me agradecieron y pidieron disculpas. El ascensor arrancó. Me vinieron a la cabeza los padres de esos muchachitos. Ahora que se dice que no hay que forzar a los niños, pensé, en seguida, que no hay incompatibilidad entre el ser educado y amable, y poseer una educación exigente.