16 de junio de 2011 17:52 hs

La patria también se hace y se deshace en una cama, dice el programa de la obra Clandestina, escrita y dirigida por la uruguaya Marianella Morena. La frase resulta atinada, atípica e incluso prometedora respecto al espectáculo que se está por ver. Uno puede imaginarse una reflexión profunda en torno a la sexualidad y fundamentalmente de cómo la manera de vivirla es condicionante de la identidad país. No obstante, no es lo que predomina en los cuarenta minutos siguientes y es factible que el espectador quede con ganas de más.

El texto surgió por un encargo de la compañía oficial a la dramaturga, que recibió la consigna de escribir una obra vinculada en algún aspecto con el Bicentenario. Morena decidió centrarse en la prostitución, en dos épocas que muestran dinámicas opuestas; 1920 (cuando llegaban prostitutas de Europa) y la crisis del 2002 (cuando las prostitutas buscan irse a Europa).

El resultado fue un gran monólogo, con un único personaje “Yo Soy Ana, por delante y por detrás”, que se reencarna en la voz de siete actrices (Elisa Contreras, Sofía Espinosa, Isabel Legarra, Cristina Machado, Catherina Pascale, Claudia Rossi y Alejandra Wolff).

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En varios momentos se percibe la intención de la autora de exponer con lujo de detalles la intimidad de esas prostitutas, y jugar entre lo público y lo privado. Predominan un amplio abanico de gestos, posiciones, entretelones; se las puede ver comiendo, limpiándose, o incluso mirando preocupadamente que tan grande les va quedando “su agujero”, pero nada suena revelador. E incluso, para las almas voyeur la puesta puede resultar demasiado suavizada.

Claro que en ese corto lapso,no tienen tiempo de aburrirse. Al menos tiene suficientes juegos escénicos en los que fijar su atención; las coreografías, los juegos con el vestuario, la contraescena.

El cuidado por los detalles aparentemente imperceptibles es probablemente el mejor logro de la puesta aunque al final, el espectador pueda quedarse con la sensación de que en alguna parte del recorrido se perdió el plato fuerte.

Uno de los momentos más interesantes de la puesta es cuando las siete actrices adquieren la forma y el modo de sus propios clientes.
Es entonces, donde se logra plasmar con mayor intensidad, la premisa de la autora: “nadie sale ileso del mercado; porque todos estamos sometidos al gran mandato: el mandato de la carne”.

Allí por otra parte es cuando el trabajo actoral puede lucirse en su máxima expresión. Con apenas unos pocos accesorios, las prostitutas aún en ropas menores, efectivamente logran ser sus propios clientes, en un juego actoral de gran impacto visual que invita a reflexionar sobre la anterior premisa.

Con la puesta la autora logra invitar al espectador a relativizar el poder (esa variable que depende de quien lo legitime). Las prostitutas que pueden ser vistas como seres vulnerables y esclavas de la necesidad, son también las propietarias de los “hombres de poder” en su intimidad.

Aunque por momentos reina una mirada un tanto altruista de la prostitución, en tanto un juego de mutuo acuerdo; donde hombres y mujeres pactan someterse unos a otros y en donde las traiciones a ese contrato (que deben ser bastante frecuentes, violaciones y privaciones de libertad) brillan por su ausencia

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