Los tatuadores también temen ser objeto de represalias y, antes de aceptar un cliente, buscan sus antecedentes en las redes.

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Los tatuajes como identidad y estigma bajo la sangrienta guerra del narcotráfico

Marcas de pertenencia a los clanes criminales que se disputan el negocio, las imágenes devinieron en un peligroso signo para los amantes del tatuaje, que temen ser confundidos
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02 de noviembre de 2023 a las 05:02

Sus pieles están cubiertas por tatuajes con una fauna singular: leones, tigres, lobos. Impronta de lealtad a bandas del narcotráfico en Ecuador y a la vez estigma de persecución para desprevenidos amantes de esos animales.

Al estilo de las maras, las pandillas que siembran terror en El Salvador, las bandas criminales de Ecuador, marcan sus cuerpos con tinta en honor a organizaciones bautizadas con nombres como Los Lobos, Las Águilas, Los Lagartos, Los Tiguerones o Los Choneros, una de las más poderosas cuyo líder se autoidentifica con un león.

Aliados a carteles mexicanos y colombianos, el creciente poder y violencia del narcotráfico se manifiesta en la competencia de una veintena de grupos antagónicos.

"Prefiero tener mi tatuaje siempre bajo la ropa por todo el problema actual que se está viviendo en el país, el estigma, que te señalen", dice bajo reserva de identidad un joven con un tigre grande en su espalda.

Nunca imaginó que haberse tatuado un animal se volvería peligroso. "Te encasillan, te estigmatizan y piensan que si te vistes de tal manera ya eres de alguna banda", explica el muchacho.

Así es en Guayaquil, una ciudad portuaria y centro logístico de las bandas narcotraficantes en el suroeste ecuatoriano. Allí, los amantes de los tatuajes están bajo sospecha tanto de pandilleros como de policías.

Incluso los tatuadores, algunos verdaderos artistas del oficio, trabajan con miedo a atender clientes vinculados a bandas y sufrir la venganza de sus rivales. Algunos, hasta cerraron sus locales y ahora tatúan a domicilio.

"Yo lo que hago es peinar todas las redes sociales de la persona que me escribió. Lo hago para ver si de verdad califica o no. Con tanto peligro, literalmente tengo que ser como el FBI", explica Jean Paolo, tatuador que prefirió reservar su apellido por temor a represalias.

"Narcocultura"

Estas insignias entintadas trascienden el cuerpo y se instalan también en las paredes de las cárceles, en las barriadas humildes y hasta en barrios de clase media. El objetivo: delimitar los territorios criminales.

Efectivos uniformados borran de los muros símbolos asociados a una guerra que día a día recrudece. Entre 2018 y 2022, los homicidios se cuadruplicaron hasta alcanzar el récord de 26 por cada 100.000 habitantes.

Durante redadas en zonas violentas, soldados y policías revisan a los sospechosos debajo de las prendas en busca de tatuajes. También, se pesquisan señas particulares entre los aspirantes a ingresar a los cuerpos de seguridad para evitar potenciales infiltrados.

Es un tema de identidad y fidelidad a la organización, explica el coronel Roberto Santamaría, jefe de la Policía en el distrito de Nueva Prosperina, el sector más violento de Guayaquil. "La narcocultura hace que se creen doctrinas, se creen historias y esta es una forma de reclutar a menores para meterles en la cabeza que son parte de una estructura", dice Santamaría.

La moda que exalta al narcotráfico se expresa en tatuajes, pero también en la música que ensalza la figura del traficante, gustos excéntricos como tener animales exóticos de mascota o vistosas cirugías estéticas para las mujeres de los capos.

En su celular, Santamaría guarda imágenes de tatuados con fusiles AK 47, lágrimas de tinta negra, manos juntas que piden perdón y los infaltables animales salvajes. En  un momento reproduce un video escalofriante. En las imágenes se ve a un sicario en el momento preciso en que dispara contra un joven.

"Cada una de estas organizaciones tiene un tatuaje en especial, por ejemplo, Los Tiguerones se tatúan un tigre con una boina y estrellas que representan la jerarquía en esa organización”, explica Santamaría.

Ríos de sangre y tinta

Dentro del violento sistema carcelario de Ecuador, un tatuaje puede ser la diferencia entre la vida o la muerte. Los choques entre bandas rivales registran la masacre de unos 460 presos desde 2021, algunos desmembrados a golpe de machete, decapitados o incinerados vivos.

Antes de ingresar a prisión, los reclusos "se identifican con la simbología tatuada para que no les pongan en un pabellón que es contrario, por ejemplo, porque saben que en el momento en que ingresan a ese pabellón van a morir", dice Santamaría.

Con el miedo crece la necesidad de borrar estas marcas asociadas a la guerra. Como trabajando sobre un manuscrito, los tatuadores se las ingenian para cubrir con nuevos diseños los “dibujos malditos”. Los que tiene suficiente dinero acuden a clínicas especializadas para eliminarlos con el sistema láser.

Las bandas y sus alianzas con otros grupos han ido mutando así como sus tradicionales diseños gráficos. “En ciertos contextos, un signo distintivo de estas bandas es muerte segura", sintetiza Jean Paolo.

(Con información de AFP)

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