10 de mayo de 2013 19:48 hs

La mirada artística de Michael Haneke, penetrante, poética y sin concesiones, está de moda y crea devotos. Así al reciente éxito de su filme Amor, y sus incursiones en el mundo de la ópera se suma ahora el Príncipe de Asturias de las Artes, un galardón que premia una voz a contracorriente.

Una propuesta artística e intelectual que está empeñada en sacar a la luz esa parte más oscura y violenta del ser humano; esa parte menos brillante pero más real e interesante que pone de relieve también las grietas emocionales de un sistema cuyas instituciones, curiosamente, no paran de premiarle.

El contra
Haneke, nacido en 1942 en Munich, Alemania, pero criado en Austria, siempre ha dicho que su lenguaje era una reacción “contra el mainstream y la cultura de masas”.

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Hoy, este hombre, que ha recibido el premio Príncipe de Asturias porque “ilumina y disecciona con deslumbrante maestría aspectos sombríos de la existencia como la violencia, la opresión y la enfermedad”, se ha convertido en un ídolo reverencial que llena todas las salas de cine, teatros o espacios allá adonde acude.

Su última película Amor, la historia de una pareja otoñal que se enfrenta a la cruda realidad de la enfermedad, con la dignidad y el amor por medio, ha sido ganadora del Oscar a la mejor película de habla no inglesa y de la Palma de Oro en Cannes, festival que adora y premia su cine.

También La cinta blanca –el retrato de un padre pastor de almas de unos hijos aterrorizados, en el contexto de un pueblo cargado de prejuicios y de maldad– se llevó también la Palma de Oro en Cannes. El austríaco es una voz diferente en el mundo del cine actual.

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