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Luis Suárez: el héroe imperfecto

Luisito es la versión criolla de la Cenicienta: vino de abajo, se abrió paso a dentelladas, por amor, y todo lo conquistó

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26 de diciembre de 2015 a las 10:27

No sabemos nada sobre su país, Uruguay –confesó sin rubor una pareja de jóvenes y amabilísimos adventistas de San Pablo.

–Queda cerca de Porto Alegre– informó el uruguayo, muy maldito.

–¡Ah! –respondieron beatíficos, sin percibir la ironía. –Mas conheço a Suárez, o companheiro de Neymar –advirtió el varón adventista.

Fue típico. Casi nadie sabe nada de Uruguay, pero casi todos saben de Luis Suárez. Él puso en el mapa a Uruguay (como en menor escala hizo José Mujica, o en 1972 los muchachos de los Andes), un país insignificante y melancólico que levanta su autoestima si se ve en televisión. El fútbol es el gran espectáculo global, la más importante religión universal después del consumo, y sus héroes, como Luisito, lo llevan en alto como una bandera.

Una tarde de 2006, quien esto escribe concurrió junto a su hijo al Parque Central, como hace de tanto en tanto en busca de una fe perdida. En el ataque de Nacional se movía un adolescente que hacía una gambeta tras otra, tiraba un caño tras otro y erraba un gol tras otro, para consternación de los presentes, que bufaban. Al fin el gordito embocó una y la hinchada aplaudió casi por cumplido. Pareció injusto. Aquel gordito de 19 años era un talentoso peleador callejero: siempre quería la pelota y siempre enderezaba hacia el arco. Erraba, sí, pero erraba lo que creaba por sí mismo, no lo que le brindaban en bandeja, pues, como se sabe, en el fútbol uruguayo rara vez se acierta un pase.

Nada más exitista, aborregado y estúpido que un hincha de fútbol.

Luis Suárez se abrió paso a dentelladas, en sentido figurado y literal. Debió rendir todos los exámenes ante tribunales con cara de perro. Pero a la larga conmueve y convence, como ahora a los hinchas del Barça, demasiado habituados al dinero y al éxito, adormecidos por tantos genios ofrendados a sus pies, desde Johan Cruyff y Diego Maradona a Lionel Messi.

Suárez se metió a los uruguayos en el bolsillo en el Mundial de Sudáfrica 2010. Entonces la estrella fue Forlán, pero Luisito decidió tres partidos: contra México, contra Corea del Sur y contra Ghana, con aquella mano que pudo ser inútil pero se tornó viveza criolla heroica cuando Gyan envió el penal a la estratósfera. Se consolidó como ídolo en la Copa América 2011 y en las Eliminatorias 2014, siempre en base a una entrega conmovedora, a los atajos de la picardía y a los goles fulminantes. En 2014 ya era el máximo goleador histórico de la celeste, por encima de Diego Forlán y Héctor Scarone.

En 2012 algunos ejecutivos de la TV uruguaya notaron que centenares de miles de personas se sentaban los domingos frente a la pantalla a una hora extraña. Simple: un uruguayo la rompía en la Premier League, el torneo más lujoso.

El fin de semana pasado ganó con el FC Barcelona en Japón la Copa Mundial de Clubes (la antigua Intercontinental). En apenas dos partidos se transformó en uno de los tres máximos goleadores históricos del torneo y en el mejor jugador de 2015. Otra vez en la cima mundial, otra vez al tope del corazón de los uruguayos, rebosantes de orgullo por su hijo pródigo. Los de ánimo venenoso recordaron que mientras Suárez se floreaba en el máximo torneo FIFA de clubes, varios de los dirigentes que lo sancionaron duramente en 2014, tras morder al italiano Giorgio Chiellini, debieron verlo por TV desde la cárcel. El muchachito vencía a los malvados.

Muchos uruguayos son capaces de negar la realidad por defenderlo, hasta alegar que Suárez no mordió a Chiellini, sino que Chiellini introdujo su hombro en la boca de Suárez; o que el calificativo "negro" en Uruguay no tiene el mismo sentido que en Estados Unidos o Inglaterra, olvidando que el "negro de mierda", que eventualmente dedicó a Patrice Evra, no significa precisamente lo mismo que "negrita querida".

Luisito viene de la pobreza y del olvido. En esencia sigue siendo un adolescente sencillo y lleno de carácter del interior del país: un gallo de riña. No se rinde nunca, como una buena mamá, y en la cancha exhibe tendencias homicidas, como Mike Tyson. Siempre a la carga, sea con los pies, los dedos o los dientes, como un oriental de antaño utilizaba lanza, sable y boleadora. Es medio bestia, habla con una papa en la boca y repite lugares comunes. Pero algunas palabras suyas, como aquel "acá tienen" después de los dos goles a los ingleses en el Mundial 2014, valen como las de un ángel vengador.

No le gusta perder ni a la bolita. Tal vez sea preciso saber perder, pero más importante es hacer perder a los otros. Se agranda en la adversidad y sus luchas van más allá de lo prudente. Es un ganador por tracción a sangre, un pequeño dios cargado de defectos, como en la mitología griega. Y encima lo hizo todo por amor a una mujer, lo que ya es literatura en serio. l

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