Alberto Fernández es el próximo presidente de la Argentina. Y, con la velocidad vertiginosa con la que se suceden los cambios en este país, ya no se habla de la campaña electoral sino de la transición traumática de cuatro meses que le espera al país.
En la noche de la derrota macrista ya se hablaba de renuncias en masa en el gabinete de ministros, de una convocatoria a Alberto Fernández sobre una suerte de co-gobierno y de un plan de emergencia para evitar un caos económico.
Por lo pronto, el dólar en las aplicaciones de los bancos de inversión que permiten comprar divisas fuera del horario del mercado ya se transaba 3 pesos por encima del cierre del viernes.
Un escenario inimaginado, a tal punto que el viernes pasado se había generado una ola compradora de acciones y bonos argentinos porque algunos informes de encuestadoras afirmaban que Macri tenía buenas chances de ganar la elección.
Todo eso ya parece historia antigua. En los próximos días llegará al país la misión del Fondo Monetario, y obviamente los técnicos tendrán muchos más interés en reunirse con Alberto que con el ministro Nicolás Dujovne. El mismo Alberto que, en su última reunión les dijo que eran unos irresponsables por haber permitido que sus dólares se destinaran a “financiar la campaña electoral de Macri” y a convalidar una fuga de capitales.
Una derrota catastrófica
No importa que en los papeles se haya tratado apenas de las primarias y que el calendario electoral marque que falta la votación “de verdad” en octubre. Al igual que había pasado tras las PASO de 2011 cuando Cristina Kirchner había arrasado en las urnas, la elección será apenas una formalidad, un trámite.
La diferencia que le sacó el kirchnerismo al gobierno es ilevantable: la suma de los votos de Mauricio Macri y la de los candidatos secundarios -Roberto Lavagna, José Luis Espert y Juan José Gómez Centurión- no llegan a empardar el contundente 47 por ciento que obtuvieron los Fernández.
En el bunker oficialista, las caras de Macri y sus principales dirigentes era el canto a la derrota. No se necesitaron muchas palabras para entender que todo había terminado. Fue evidente que el “efecto decepción” de votantes del macrismo de hace apenas dos años fue mucho mayor que lo que sospechaban hasta los más optimistas militantes del kirchnerismo.
En la vereda de enfrente, el de Fernández fue el discurso de quien se sabe presidente electo. Fue la noche de la victoria y el momento de las promesas. La de un gobierno junto con la “liga de los gobernadores” y la del fin de la grieta.
La demanda de señales urgentes
A esta altura, a todo el mundo le quedó en claro que el objetivo único, fundamental y obsesivo de Macri será poder completar su mandato sin que el país estalle en un caos económico. No será fácil porque restan cuatro meses para la asunción del próximo gobierno.
Ese lapso en la Argentina es una eternidad. Los más veteranos recuerdan con claridad cómo Raúl Alfonsín debió adelantar la entrega del poder a Carlos Menem en 1989 porque los siete meses que restaban para el cambio de mando se hacía imposible de transitar.
Macri quedará severamente afectado por el síndrome del “pato rengo”, y la contundencia de los resultados se encargó de disipar muchas de las dudas que se planteaban en la previa. Cuando todavía se creía que la diferencia de la fórmula Fernández-Fernández podría ser de cinco o seis puntos, en la City se preguntaban si el Banco Central estaría dispuesto a defender el tipo de cambio a cualquier precio (es decir, vendiendo los dólares del Fondo Monetario Internacional) o si convalidaría una devaluación.
Ahora, con los resultados a la vista, el panorama en lo previo luce muy inquietante. Los expertos del mercado creen que el gobierno no tiene mucho margen de acción. Por un lado, no pueden mostrar inacción, pero por el otro no pueden hacer libre uso de las reservas del Central anteponiendo el objetivo de defender un valor del dólar.
Por otra parte, se da casi por perdida de antemano esa batalla.
Los informes de los bancos en las últimas semanas eran lapidarios respecto de lo que ocurriría si ganaban los Fernández: se veía un dólar por encima de los $50 en lo inmediato y de $70 a fin de año, un riesgo país de 1.500 puntos y una huída masiva desde los títulos argentinos hacia el dólar.
Por otra parte, se descuenta que las cuentas en dólares del sistema bancario podrán sufrir una merma en la medida en que los ahorristas teman algún tipo de política intervencionista a alguna variante del recordado cepo cambiario.
Es por eso que ni bien se insinuó cuál sería el resultado de las urnas, desde los medios de comunicación y desde operadores del mercado se empezó a escuchar un reclamo fuerte hacia Macri: señales claras de que la prioridad sería la gobernabilidad y que eso debía incluir a algún tipo de coordinación con el equipo de Alberto Fernández.
El discurso de Macri al reconocer la derrota dio alguna pista en ese sentido, al aludir a la “responsabilidad de todos”.
A esa hora ya pocos recordaban que, cuando todavía se preveía una elección pareja, el jefe de gabinete, Marcos Peña, decía: “Hasta que se defina la elección va a haber inestabilidad porque el riesgo político que genera la vuelta de un populismo autoritario es algo que deja un susto e incertidumbre”.
Lo cierto es que, conocidos los resultados de las PASO, a los inversores ya no les importa tanto qué planes tienen los actuales funcionarios sino qué piensan los asesores de Fernández.
Para empezar, si efectivamente Guillermo Nielsen será el ministro de economía –o el encargado de renegociar la deuda- y si habrá un manejo racional de las finanzas públicas o si se incurrirá en actitudes que puedan ser consideradas default.
Por lo pronto, en su discurso de victoria, Fernández repitió sus polémicas declaraciones respecto de los intereses de las letras del Banco Central como responsables por la falta de ayuda estatal a segmentos postergados como el de los jubilados.
En definitiva, empezó una nueva etapa. Terminó el ciclo macrista, que ahora aspira a salvar su honor y completar el mandato. Macri tiene el gran desafío de mantener la cohesión y gobernar en plan de emergencia asumiendo la derrota electoral ilevantable.
El objetivo es evitar una crisis. Convencer a los argentinos y a los extranjeros que el país, pese a las pasiones políticas, llegó a consensos básicos y aprendió las lecciones de sus traumas recientes. Eso es lo que está por verse en los próximos días.