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Maradona: el Dios imperfecto de los argentinos

Muerto a los 60 años, el genial futbolista representó como pocos las derivas del alma argentina

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26 de noviembre de 2020 a las 05:02

Como la Argentina, vivió de sobredosis en sobredosis. De talento, de miseria, de palabras geniales, de dichos inexcusables, de hechos irreparables, de fracasos terribles, de alegría escandalosa. Como su país, Diego Maradona se murió y resucitó mil veces, mil veces más prometió evitar los excesos y encarrilarse en una vida más o menos mansa, y mil veces cayó.

Zurdo hasta para pegarle a la pelota, fue amigo de Fidel Castro y se tatuó al Che Guevara en un brazo. Pero también se abrazó, como su pueblo, al neoliberal Carlos Menem y coqueteó con políticos de dudosa ética. Fue peronista, fue radical, recibió con orgullo –qué se le puede pedir a un pibe de 19 años en aquel contexto- la llamada del dictador Jorge Rafael Videla para felicitarlo por haber ganado un mundial juvenil en 1979.

Dios en un país en el que los presidentes juran sobre La Biblia, Maradona no necesitaba esforzarse por ser argentino. Era maravilloso y trágico, un ejemplar exquisito para el paladar de los habitantes de aquellas orillas del Río de la Plata.

Alimentó a la patria chimentera y también a miles de niños que pudieron comer gracias a una mano solidaria. Más auténtica que aquella mano de Dios que se elevó en tierras mexicanas concretando una de esas avivadas que suelen celebrarse en la vida cotidiana de su país.

Pero, como a los argentinos, no le era necesario meter la mano para parir felicidad con el gol a los ingleses, con un Borges, con un Piazolla que una vez, ante una genialidad del futbolista en un estadio de Francia, se paró en la tribuna para agarrarse la cabeza y gritar “¡es Nijinski, es Nijinsky!”, comparándolo con el legendario bailarín ruso.

Nacido en la miseria y con un alma lumpen, Maradona solía deslumbrarse con figuras que ejercían la autoridad con mano firme – de estas derivas la Argentina sabe un montón. Pero también ejerció de rebelde contra el poder de la FIFA y de otras corporaciones, o puteando al público italiano –su público por aquellos días- que silbó el himno argentino en un partido del mundial de 1990. Pequeños gestos que diagraman la cara de un país que supo de Cordobazos y de otras manifestaciones callejeras sangrientas contra los mandamases de turno.

Dios en un país en el que los presidentes juran sobre La Biblia, Maradona no necesitaba esforzarse por ser argentino. Era maravilloso y trágico, un ejemplar exquisito para el paladar de los habitantes de aquellas orillas del Río de la Plata.

Diego Maradona se murió definitivamente a los 60 años un miércoles de noviembre de un 2020 de mierda. Pero, esto será dicho mil veces, el barrilete cósmico que se fue quién sabe a qué planeta ya había cobrado un vuelo imparable. Y aunque sus fanáticos se lamentan por la relativa brevedad de su vida y sus detractores aprovechan para pontificar sobre los abusos que hicieron mella en su cuerpo, Maradona es, antes que nada y más importante que todo, su zurda  de otra dimensión.

Es eso que más allá de tragedias puntuales y de bellezas definitivas, seguirá despertando la fascinación de lo único, de lo que fue, pero también de lo que es y de lo que pudo haber sido. Como la Argentina.

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