21 de junio de 2011 17:55 hs

Desde 2005 y tras su regreso definitivo a Uruguay, Martín Buscaglia fue convirtiéndose en uno de los músicos más sólidos y reconocidos a nivel local. Mañana será maestro de ceremonias y protagonista por primera vez en el escenario del Teatro Solís, el mismo que pisó varias veces como invitado. Habrá pop, funk y otros delirios musicales en una sala que quizá esta vez no imponga tanta solemnidad. El espectáculo se llama “Siento que aprendimos algo”.

¿Cuántas veces por año viajás a España para tocar?

Y... por lo menos dos. Ahora estoy intentando armar para tocar en otros países, de a poco. La vez anterior estuve en Francia. La última vez en España hice un toque por internet en vivo, que sirvió para que me viera gente de otros lados. La gente pedía canciones en vivo por Facebook. Se vio por ejemplo en República Checa. Ahora sé que al menos hay uno que me escucha también allá, je.

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Y en paralelo, se da el primer Solís en solitario. ¿Se siente como algo especial?

Es especial por lo que es el teatro, por lo que implica ese lugar. Pero al mismo tiempo espero que sea una parada más. Es decir, lo que no quería es que esto se convirtiera en un desfile de invitados por el mero hecho de que esta es una ocasión especial. Me interesaba más llevar el show como lo tengo con algunas cosas sumadas a una sala con tanta historia y un sonido tan propio.

¿Cambió mucho Martín Buscaglia entre el disco El evangelio según mi jardinero y Temporada de conejos?

Y sí. Por ejemplo, mi carrera comenzó (en 1995) con Llevenlé, que es un disco que hoy no se podría grabar, en el que no hay computadoras. Ahora usás los mismos programas, aquello es un disco analógico y arqueológico. Era una época muy particular, sin tantos medios ni repercusión. Me acuerdo que hicimos el demo de ese disco con Juan Campodónico y que estaba Luciano (Supervielle) en la vuelta, tiempo antes incluso del Peyote Asesino y de Plátano Macho. Había como una movida de gente que hoy es la que está en la vuelta haciendo discos. Me acuerdo que estaban Martín Morón y Gonzalo Brown antes de hacer Abuela Coca... En ese disco conocí a Nico Ibarburu, que aún no tocaba con Jaime Roos. Por ese disco conocí a Dani Umpi que aún no hacía música... Ahí no pasaba nada todavía. Entonces yo, todos éramos distintos, pero creo que conservamos la inquietud en la vivencia por la música, cada uno en su camino. Probablemente la diferencia hoy es estar más afinado y saber manejar todo mejor. Eso te da más libertad.

Siempre estás incorporando efectos e instrumentos. ¿Cuántas veces te equivocás al experimentar hasta alcanzar el sonido que querés?

Yo creo que se puede probar y probar con cosas, pero en el punto definitivo, tenés que saber de música. Tenés que saber de armonías, de escalas. Si no, es difícil que salga. O sea, te tiene que gustar tocar música.

Salvo que seas (el rapero estadounidense) Kanye West, que dice que hace sus melodías sin saber una nota...

Bueno, pero West es un fenómeno que además tiene un componente muy importante, que es el de la valentía. Para empezar, eso es clave. Yo sabía que tenía mucho de esa valentía. Al momento de ese primer disco me habían propuesto un montón de productores y yo quería empezar ya mismo, aprender. Sabía que tenía algo bien propio. Hoy falta un poco de valentía en algunos músicos. Prefiero una banda de thrash metal tocando temas de Arjona que una banda correctita, haciendo canciones bien.

¿Sentís que durante tu carrera fuiste tirando prejuicios que había hacia vos?

Puede ser. Acá en Uruguay el tiempo es importante. Eso es lo que pasa. Aquí tenemos una forma de ver las cosas en la que si algo es nuevo, ya de entrada le das para atrás. Como que le terminás ganando a la gente por cansancio, sacando discos hasta que un día se dan cuenta que eras bueno. La prueba está en los monstruos que hay acá: Mandrake Wolf es uno de los casos. Después, me parece que acá vos tenés que hacerte tu lugar. Yo no quería que nadie saliera para que otro entrara, ni yo voy a salir para que otro venga a ese lugar. Si vos sos joven, tenés que crearte un lugar único, buscarlo e insistir.

¿Hubo un momento en que sentiste un clic en tu carrera?

No lo sé. En principio yo me perdí el auge de todo el rock masivo en 2001 y 2002, y recién tuve manager en 2005, con El Evangelio... Entonces creo que era como una especie de eslabón entre ese pasado más o menos hippie y el presente. En España, mi disco Plácido domingo, que allá se llamó Ir y volver e ir, anduvo muy bien hasta cuatro años después de editarse. Ahora pasa que según dónde toque, me piden temas de distintos discos. O sea que hay varios clicks, por suerte. Es como te pasa con la música que te gusta: siempre hay un disco de un artista que es como tu primera novia, el que más querés. Está bueno que pase eso con varios discos de uno.

¿Pero siempre pensaste que ibas a volverte popular?

Varias veces yo pensaba que me podía pasar esto de ser menos que de culto. O sea, tocar siempre para menos de 100 personas, siempre las mismas. Eso era posible, no todos pueden convocar mucho. Pero yo sentía que tenía algo para dar. Yo me tenía mucha fe, tenía esa seguridad. Siempre me sentí vago: creo que podría trabajar mucho más de lo que lo hago.

¿Será eso lo que generó el prejuicio? Aquí tener un perfil alto se suele ver mal...

No sé. Es cierto que acá está mucho esta cosa del uruguayo de “bueno, yo toco y no pasa nada...”, así como medio vergonzoso. Si vas a proponer algo tenés que tener esa energía de encontrar un lugar nuevo porque si no ¿cómo vas a hacer para aportar algo nuevo? Hay acá a veces un lado de falsa modestia que no me gusta. (Fernando) Cabrera tiene saber que es un salado. Si me dice que no cree que lo sea, no le creo. No me va a decir esto porque sé que es sincero. Pero un lugar como el de Cabrera no lo vas a conseguir con 22 años. Mi objetivo es a los 60 años tener un disco increíble, pero para eso tengo que grabar muchos otros. Algunos más raros, otros no tanto, pero todos eslabones de una carrera que vas armando. Y creo que de eso se trata.

Martín Buscaglia se presenta mañana a las 21 en el Teatro Solís. Entradas a $ 150 y $ 400 en Red UTS y en la boletería del Teatro.

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