21 de diciembre 2019 - 5:01hs

El Hecho de la Semana debió ser el final de un Campeonato Uruguayo de fútbol muy reñido. Pero lo empañó la violencia encajada en torno al deporte, como en toda la sociedad.

El domingo, mientras hinchas de Nacional festejaban por la avenida 8 de Octubre de Montevideo el triunfo final ante Peñarol, un asesino disparó una pistola automática al azar y mató a Lucas Langhain, un inmigrante de Artigas de 24 años.

Al menos desde 1957 hubo muertes en torno al deporte uruguayo, particularmente el fútbol. Eran casos muy esporádicos, realmente extraordinarios. Pero ahora el goteo de muerte es una constante. Empezó con manifestaciones de guaranguería que a veces parecían graciosas, a imagen y semejanza de los porteños, durante la apertura democrática, hace unas cuatro décadas. Las “hinchadas” de los equipos de fútbol y básquetbol, pero particularmente las de Peñarol y Nacional, se apoderaron de sectores de las tribunas y corearon consignas desafiantes y violentistas.

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Los estadios se dividieron en compartimentos estancos, entre distintos grupos de matones y fanáticos, en nombre de un club deportivo. Eran seguidos por bandadas de adolescentes, ansiosos por pertenecer a algo mayor.

Faltó valor, a los gobernantes y a todo el sistema judicial y policial, para hacer cumplir las leyes. Porque entonces, como ahora, eran delitos la apología de la violencia o la instigación al homicidio mediante cánticos y carteles.

La violencia empezó con manifestaciones de guaranguería que a veces parecían graciosas, a imagen y semejanza de los porteños, durante la apertura democrática, hace unas cuatro décadas

Del mismo modo que los delitos crecían en forma vertical en todo el país, ante la retirada de la Policía y de los jueces y la demagogia de amplios sectores políticos, los barrabravas ocuparon los vacíos, proliferaron y se agrandaron. Libraron escaramuzas con sus rivales, vandalizaron calles e inmuebles; e hicieron de la concurrencia al fútbol una odisea y un revolcón en el barro.

Entonces, desde 1994, comenzaron a menudear las muertes en torno a una camiseta, o por una facción dentro de un mismo club. El 12 de junio de ese año, Diego Posadas, un hincha de Nacional de 16 años, fue atacado por un grupo de hinchas de Peñarol y degollado por otro menor de edad cerca de la tribuna Colombes del Estadio Centenario, previo a un partido clásico.

El 30 de marzo de 1996, a la salida del Parque Central, un barrabrava de Cerro mató a balazos a Daniel Tosquellas, seguidor de Nacional de 31 años que trató de impedir el robo de una bandera a un niño.

El 11 de marzo de 2006, un grupo de barrabravas de Peñarol atacó y mató a puñaladas a Héctor Da Cunha, hincha de Cerro de 35 años que esperaba un ómnibus junto a su esposa y su hijo de 11 años frente al Hospital de Clínicas.

Faltó valor, a los gobernantes y a todo el sistema judicial y policial, para hacer cumplir las leyes. Porque entonces, como ahora, eran delitos la apología de la violencia o la instigación al homicidio mediante cánticos y carteles

Una serie de incidentes ocurridos durante varias horas del 8 de mayo de 2009, en la zona de la cancha de básquetbol del Club Atlético Aguada, derivó en el asesinato de dos partidarios de Aguada y Nacional: Rodrigo Núñez, de 15 años, y Rodrigo Barrios, de 17.

El 28 de abril de 2011, un barrabrava de Peñarol, Rodrigo Aguirre Rivero, de 20 años, fue asesinado a balazos en La Comercial por un menor de edad, hincha de Nacional, que lo persiguió en auto junto a otros jóvenes como corolario de una serie de enfrentamientos y amenazas por rivalidades barriales y futbolísticas.

La noche del 14 de diciembre de 2012, en medio de un enfrentamiento de barrabravas tras un partido de básquetbol entre Cordón y Welcome, una bala perdida de un tiroteo mató a Soledad Barrios, de 28 años, quien se había asomado a su balcón.

El edificio donde vivía Soledad Barrios, en Cordón Norte

En la noche del 28 de setiembre de 2016, un grupo de 16 fanáticos de Nacional fue en cuatro automóviles hasta la ciudad de Santa Lucía, en Canelones, y atacó a balazos a hinchas de Peñarol que celebraban en una plaza el aniversario de su club. Hirieron a tres personas para robarle “trapos” (banderas). Más de un mes después, el 4 de noviembre, Hernán Fioritto, de 21 años, murió como consecuencia de sus heridas.

Los barrabravas incorporaron negocios anexos, como la venta de drogas en las tribunas y en las calles, o el “apriete” a dirigentes, jugadores y técnicos. Contaron con vínculos dentro de las instituciones deportivas, que compraron un poco de paz, simpatías o respaldo político a cambio de entradas y dinero.

Luego los líderes de facciones comenzaron a violentarse entre sí, incluso con asesinatos. En realidad, la pugna en las tribunas es expresión de territorios controlados por bandas de delincuentes en los barrios de Montevideo y su área metropolitana.

Diego Posadas, Daniel Tosquellas, Héctor Da Cunha, Rodrigo Núñez, Rodrigo Barrios, Rodrigo Aguirre Rivero, Soledad Barrios y Hernán Fioritto son algunas de las víctimas mortales en torno a la violencia ligada al deporte en Uruguay

Según investigaciones policiales, grupos de barrabravas de Peñarol que contrataron ómnibus en 2014 y 2015 para alentar a su equipo en Argentina, sacaron del país a delincuentes prófugos, por delitos como homicidio, rapiña o tráfico de drogas, e ingresaron a otros al regreso.

El director nacional de Policía, Mario Layera, dijo en el Parlamento que en la hinchada de Peñarol había entonces “un conflicto muy fuerte de índole criminal”, y que ni la Policía ni la seguridad privada tenían “fuerza suficiente” para contenerla.

El 27 de noviembre de 2016 la barra brava de Peñarol provocó disturbios y enfrentamientos, que incluyeron el lanzamiento a policías de una garrafa de gas desde lo alto de la tribuna Ámsterdam del Estadio Centenario. El partido clásico de ese día fue suspendido. Cumplieron así la amenaza de “pudrir todo”, luego que jugadores y dirigentes de su club dejaron de satisfacer sus demandas.

Carlos Lebrato El 27 de noviembre de 2016, hinchas violentos de Peñarol lanzaron desde la tribuna Ámsterdam una garrafa hacia un grupo de polícías que se encontraba afuera del Estadio Centenario

La Policía identificó a 19 cabecillas de la barra brava peñarolense, “delincuentes habituales y peligrosos”, con cierta capacidad de liderazgo. Al cabo, siete de ellos murieron por sicariato o “ajustes de cuenta” del narcotráfico, mientras los 12 restantes reunían alrededor de 60 tipos de delitos distintos.

En abril de 2019 un barrabrava de Nacional, que dijo cobrar una mensualidad del club para contribuir a la paz en las tribunas, fue encausado por dos delitos de homicidio vinculados al narcotráfico.

A fines de 2016 el presidente Tabaré Vázquez había dado un ultimátum para acabar con la violencia sistemática en torno al fútbol, y el 12 de diciembre de ese año decretó una serie de medidas: confección de listas de personas requeridas o con ingreso prohibido a las canchas, identificación para la compra de entradas, reserva de derecho de admisión, cámaras de reconocimiento facial en los principales estadios, registro de todos los espectadores antes de entrar.

Pese a notorios buenos resultados, la estupidez sigue campeando, como quedó de manifiesto este domingo; porque no sólo es un asunto policial sino, sobre todo, un fenómeno de degradación cultural profunda.

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