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Médico rescatista en Rivera: "Me empecé a desesperar cuando me dijo que había dos chiquitos"

El médico  Emmanuel Dufrechou salió de su casa a la media noche para intentar rescatar al resto de los ocupantes de un auto llevado por la corriente, pero no tuvo suerte 

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01 de octubre de 2018 a las 17:41

Era la noche del viernes y Emmanuel Dufrechou –26 años, médico recién recibido en Cuba– estudiaba en su cama, en la casa de sus padres. A las 23.30 apartó la vista de la página de un libro de electrocardiogramas para levantarse y prepararse un té. Afuera, próximo a la localidad de La Calera, en Rivera, hacía frío y había una tormenta intensa. 

Cuando atravesó la sala escuchó que alguien golpeaba. Preguntó y no contestó nadie, pero como la puerta era de vidrio, pudo ver que había dos siluetas. Del otro lado había un joven, y una mujer empapados, descalzos y con la ropa destrozada.

Ante su silencio, Dufrechou insistió: “¿Qué pasó?”. Luego de unos instantes de silencio, la mujer rompió en llanto y Robinson –su hijo de 15 años– empezó a titubear: “Nos caímos de un puente… caímos al agua”, y señalaba hacia el norte, hacia la ciudad de Rivera.

El médico le dio a la mujer el té que se había preparado, la hizo sentar y la arropó con una manta. Luego despertó a sus padres para que la atendieran y salió a la lluvia con el adolescente. Antes de encender la camioneta, llamó al 911 para reportar el accidente. “Cerca de casa había un puente y pensaba que era ese”, recuerda ahora Dufrechou, en diálogo con El Observador. Pero no. La cañada en donde un Fiat Palio cargado de ocho personas –dos familias– había sido arrastrado por la corriente estaba a no menos de cuatro kilómetros por la ruta 28, unos 4.000 metros que madre e hijo hicieron a pie hasta su casa, la primera que encontraron para pedir ayuda.

Cuando llegaron al lugar todo era oscuridad y se enfrentaron a un caudal de agua enfurecido. Empezaron gritar por sobre el ruido de la corriente, pero nadie respondía. “No había luz, no había nada: lo único que iluminaba eran las luces de la camioneta y la linterna de mi celular”, recuerda el médico.

Según le contaría el muchacho después, él se había salvado porque había logrado salir por una ventana, una vez que el auto se había salido del puente. La mujer también salvó su vida porque el joven, aferrado a un alambrado contra la orilla, la escuchó gritar y volvió sin pensarlo a la pesadilla del coche hundiéndose para rescatarla. Y luego caminaron.

“Tenía el celular a punto de quedarse sin batería”, dice Dufrechou. Su teléfono también a punto de estropearse por la lluvia y tampoco tenía señal como para llamar a nadie.

Y en la casa de la Calera, mientras tanto, la mujer –tapada y contenida por los padres del médico– tenía una idea fija en su cabeza: Fernanda, su otra hija, de ocho años, que no pudo sacar con ella.

En esas condiciones, Dufrechou y el joven caminaron por el borde de la cañada, para ver si encontraban a alguien aferrado a lo que fuera. Pero fue en vano. Los gritos seguían sin encontrar respuesta.

En un momento, del otro lado del curso de agua, dos personas se bajaron de una moto y apuntaron a la cañada con un reflector. La pareja de la mujer que llegó a la casa de Defrechou había logrado salir en otra dirección con una adolescente, de 12 años. Juntos, de un lado y otro, los rescatistas voluntarios recorrieron 300 metros, pero con la misma mala suerte: no encontraron a nadie.

“Les pedí que llamaran al 911 para saber cuánto iban a demorar, y se fueron”. No lo sabía entonces, pero los bomberos y la policía demoraban porque otros cursos de agua, tanto desde Tranqueras como desde Minas de Corrales, impedían el paso.

“Me volví con el gurí a la camioneta, porque se sentía mal. Encontré un buzo y se lo puse. Luego me fijé en el kit de primeros auxilios para ver si había algo que me sirviera, y solo encontré una linterna que no tenía pilas, y una cuerda que podía servir para algo. Salía y entraba de la camioneta no sé cuenta veces”, cuenta, sobresaltado, el médico que, para las comunidades de la zona, es casi un héroe.

Milton Gómez, alcalde de la localidad de Tranqueras, pidió “destacar especialmente la actitud de un joven profesional, de tan solo 26 años, que hizo hasta lo imposible y asistió a dos sobrevivientes”.

Dufrechou, sin embargo, lamenta no haber podido salvar a los que estaban en el auto, y recuerda con pavor cuando el adolescente, dentro del vehículo, le dijo finalmente quiénes iban a bordo del Fiat y cómo iban sentados, para hacerse la composición de lugar y calcular las probabilidades de supervivencia.

“Me empecé a desesperar cuando me dijo que había dos chiquitos, uno de cinco y otra de ocho”. Los dos fallecieron.

El médico dejó colgado en un poste un chaleco fosforescente que encontró en la camioneta y volvió a la casa para hacerse de más herramientas de búsqueda. Eran cerca de la una y media.

“La mujer lloraba descontrolada, no quería tomar nada. ‘Escuchame’, le dije. ‘Tenés a tu hijo acá. Le di una pastilla y se tranquilizó”, rememora.  Y volvió con su padre, de 51. Recorrieron, ya con linterna, varios metros por la ribera, hasta que al fin llegaron los bomberos, que se introdujeron al agua con un bote. “Unos maestros, no te imaginás. Había una creciente terrible y se metieron a explorar el lugar, completamente a oscuras”.

El jefe de los bomberos le pidió al médico que volvieran a su casa, una vez más, para traer a la mujer y que, junto a su hijo, pudieran ser trasladados a un hospital de Rivera. Con policías apostados en las orillas por si alguien caía del camión de bomberos, cruzaron a la mujer y luego regresaron por el muchacho.

A la mañana siguiente aparecieron dos cuerpos dentro del auto, que estaba a pocos metros del puente. A la tarde, los restantes, como a tres kilómetros aguas abajo.

Fallecieron Fabián Barboza, un hombre de 41 años que se ganaba la vida como camionero; su pareja, Mónica Elizabeth Almeida, ama de casa, de 37; el hijo de ella, Samuel Barboza Almeida, un niño de cinco años; y Maira Fernanda Silva, la niña de ocho.

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