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Melitta Meneghel, la madre de las serpientes uruguayas

Creó el serpentario de facultad de Ciencias en Montevideo y ayudó a producir el primer suero antiofídico de Uruguay. La mordieron tres veces y en la última perdió un dedo, pero no deja de querer y cuidar a las víboras como si fuesen mascotas

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08 de marzo de 2019 a las 05:00

Primero sintió el pinchazo. Más grueso que una aguja, más fino que un clavo. Después el veneno y con el veneno el dolor. Un ardor opresivo y férreo que le subió desde la herida hasta el hombro y que notó cómo le quemaba los tejidos del brazo. A medida que la ponzoña le subía y se diseminaba espesa por todo su cuerpo, el dedo se hinchó con un tono violáceo que ella ya conocía.

Su primer instinto fue sacar la mano y bajar la tapa de la caja en la que estaba guardada la víbora. Se miró el pulgar y vio cómo la sangre empezaba a escurrirse a cuenta gotas por la muñeca.

Entonces Melitta Meneghel –64 años, bióloga, jefa del serpentario de la facultad de Ciencias, bajita, pelo gris y largo hasta la cintura, gafas finas– se puso nerviosa. La acababa de morder una yarará por tercera vez, unas de las víboras más venenosas de Uruguay.

Estaba alimentando a las serpientes –sus serpientes– como todos los segundos y cuartos miércoles de cada mes y tuvo un desliz. La bicha se confundió, ignoró el alimento y fue tras la amenaza mayor. Fue un segundo, uno que pondría en riesgo su vida y que, al final, le costaría un dedo.

Aún temblando por el susto –y como consecuencia de los primeros efectos de las toxinas avanzando por su torrente sanguíneo– Meneghel apagó la computadora, se calzó la cartera y pidió una ambulancia. También llamó al Centro de Información y Asesoramiento Toxicológico (CIAT) para pedir que mandaran una dosis de suero antiofídico al hospital Evangélico porque lo iba a necesitar. Se sacó los anillos y el reloj porque le apretaban, otra mala señal.

Dos horas y media, y muchas discusiones burocráticas y médicas después, a Meneghel le inyectaron cuatro ampollas de antídoto. Pero con eso no alcanzó y le tuvieron que hacer una intervención para drenarle la mano. Todavía le cuesta articular algunos dedos.

Esto pasó en febrero del año pasado. Ahora es marzo del año siguiente y hace calor. Es hora del almuerzo en el primer piso del Instituto de Higiene de la Universidad de la República, pero en el serpentario los que comen no son los trabajadores, son las víboras.

“A ver, gordita, bajá la nariz que esto es la papa”, le dice Meneghel a la bicha que la envenenó un año atrás. En la mano mordida sostiene una pinza larga que en la punta sujeta un ratón blanco que no deja de chillar, como si supiera lo que le espera. Con la otra mano, la bióloga destapa un recipiente de plástico grande con agujeros, parecido a los que se usan en las cocinas de los restaurantes para conservar alimentos. Adentro, enroscada en sí misma, la víbora espera atenta el siguiente paso. Con un movimiento rápido, Meneghel lanza el ratón dentro de la caja y la cierra. La serpiente olfatea el aire, saca la lengua una vez y con eso ya consigue toda la información que necesita. Un movimiento fugaz y el ratón tiene dos mordidas letales. La bicha coletea y empieza a deglutir su presa, le toma dos o tres minutos tragarse al ratón entero.

“¿Y a vos qué te pasa, bebota? Estás alborotada hoy”, Meneghel zarandea un nuevo ratón por el aire que va a parar a otro recipiente, donde una yarará espera ansiosa la comida. “Sos vos –me dice por encima del hombro– no reconocen tu olor y se ponen nerviosas”.

El serpentario de la facultad tiene 123 ejemplares de ocho especies distintas. Algunas nacieron ahí mismo producto de la cruza en cautiverio, otras llegaron rescatadas de diferentes situaciones y fueron a parar allí, o las encontraron heridas y tras el cierre del zoológico de Villa Dolores no hubo más alternativa que derivarlas al bioterio.

Melitta Meneghel es la historia viva de ese serpentario y las víboras –algunas de las cuales ya llevan más de dos décadas junto a ella– su familia.

Lo que le pasa con los animales

Cuando era niña Meneghel no jugaba con muñecas. Solía coleccionar insectos como arañas, escorpiones, avispas o bichos peludos que encontraba en el campo o en la calle y los guardaba en unas latitas de aluminio en las que su madre compraba crema.

Todas las tardes, Meneghel dejaba salir a los bichos y los alimentaba. El día en el que su madre la encontró jugando con insectos venenosos casi le da un ataque. A su padre –nacido en Austria y radicado en Uruguay antes de la segunda guerra mundial– no le preocupaba tanto que su hija tuviera un vínculo especial con los animales, pero sí decía que necesitaba información.  

El serpentario de la facultad tiene 123 ejemplares de ocho especies distintas.

Como por aquel entonces no había tanta guía o manual a mano, su padre –que era arquitecto y había trabajado mucho en zonas agrestes durante los estudios y las mediciones de terreno para la construcción de la represa de Salto Grande– era la principal enciclopedia. Él le enseñó las diferencias entre una yara y una falsa crucera y hasta incluso se las dibujó para que nunca se confundiera. “Si llegás a encontrarte con una de estas tenés que alejarte lo más que puedas”, le decía.

La primera vez que se encontró cara a cara con una víbora venenosa fue en el verano de 1960. Su madre era empleada de la UTE entonces la familia pasaba semanas enteras veraneando en el parque de vacaciones que la empresa tiene en Lavalleja. Meneghel tenía 5 años y estaba aburrida. Sus padres dormían siesta y la única opción era salir a explorar el monte en busca de un poco de sombra y algún bicho que recolectar. Se alejó varios metros del complejo hotelero hasta alcanzar una plantación de pino. Caminó un tramo más y la vio. Enrollada formando una torta escamada, la víbora puso en marcha sus mecanismos de alerta. La niña no se asustó, se sentó en un colchón de hojas húmedas y simplemente observó al animal que se quedó quieto. Fue amor a primera vista.

Ese día Meneghel supo que quería trabajar con bichos. “Estoy convencida de que tiene que haber un tema de olor corporal y que por eso los animales me aceptan”, cuenta. Y recuerda a sus amigos salvajes de todos los zoológicos del país a los que supuestamente nadie se podía ni acercar y que ella logró acariciar e incluso echarse con sus crías. “Somos varios biólogos a los que nos pasa esto”, dice. “La clave está en demostrarles que no les tenés miedo, pero que tampoco sos una amenaza”.     

“La clave está en demostrarles que no les tenés miedo, pero que tampoco sos una amenaza”.     

Ese día también empezó a entender que lo suyo eran los predadores. No sabe bien por qué, pero le gusta decir que admira la inteligencia que tienen. Lo resume así: “El predador necesita resolver en el momento cómo va a actuar frente a una cierta situación en la que se juega la supervivencia”.  

A Meneghel ningún bicho le da asco salvo las cucarachas. “Si veo una la mato, no lo puedo evitar”, confiesa.

Primera y única

En el verano de 1973 Meneghel tuvo que elegir una carrera y primero creyó que iba a seguir los pasos de sus padres en arquitectura. Después lo pensó mejor y se decidió por medicina para ser cirujana. No tenía ni idea que existía algo como la facultad de Ciencias en la que se estudiaban todos esos animales que a ella le fascinaban.

No tenía ni idea que existía algo como la facultad de Ciencias en la que se estudiaban todos esos animales que a ella le fascinaban.

Estudiando conoció a quien sería su primer marido, un fanático de las serpientes como ella. Fue él quien le contó acerca de la carrera de biología y para el segundo año ya ambos se habían cambiado. “Ahí fue la gloria”, dice Meneghel.

Su primer trabajo fue como asistente de un profesor que le pidió para clasificar especies de una colección. Hasta entonces no había nadie trabajando con serpientes y el serpentario no era siquiera un proyecto.

Todo cambió en agosto de 1986.

Un camionero de 28 años venía manejando desde el norte hacia Montevideo. Le vinieron ganas de orinar, estacionó el camión en la banquina de la ruta y tras un par de zancadas alcanzó un árbol en el que se podía esconder del resto de los autos que pasaban. Ahí mismo lo mordió una yara a la altura del tobillo. El hombre manejó por dos horas hasta llegar a la capital y se internó en el Hospital Italiano. Ningún médico sabía muy bien cómo proceder, entonces los llamaron a ellos.

Esa tarde Meneghel y otro colega tuvieron que ir al hospital a entregar las ampollas de suero que habían conseguido en Brasil para emergencias laborales. La bióloga recuerda que el hombre no podía soportar ni el peso de una sábana sobre su cuerpo por el dolor y que tenía moretones por todo el cuerpo. El pie donde lo había picado la víbora apenas conservaba su forma por la hinchazón.

El hombre se curó, pero planteó la discusión en torno a la producción de suero. Un informe realizado por la doctora Araceli Pino Cheroni, y publicado en la Revista Médica del Uruguay en 1994, da cuenta de que hasta 1988 el Ministerio de Salud Pública (MSP) importaba el suero desde Argentina y Brasil. Esto, según Pino, representaba varios problemas de gestión y abastecimiento, tal como sucedió el día del accidente del camionero.

Así, en 1987 y luego de varias negociaciones, Meneghel encontró luz verde para ser la primera en fabricar suero antiofídico en Uruguay y crear el serpentario para extraer veneno.

Quedará la historia

Treinta y dos años después, el panorama es bastante desalentador. Hace ya varios años que el MSP pidió el cese de la producción de suero en el país y volvió a importarlo de los territorios vecinos. Brasil no tiene una capacidad de producción lo suficientemente grande como para exportar por lo que el que llega a Uruguay es un antídoto argentino de “mala calidad” producido por un laboratorio privado.

Nadie pudo explicarle nunca a Meneghel por qué le pidieron que dejara de producir suero acá. Las excusas desde el MSP se respaldan en una falta de presupuesto. El serpentario tiene los días contados.

La bióloga teme que cuando se jubile –dentro de poco– nadie pueda ser capaz de cuidar a sus bichas. Capacitar a alguien es complejo porque no existe otro cargo dentro del serpentario, además del que tiene ella, entonces debe ser a base de trabajo voluntario por parte de algún estudiante curioso. En el fondo sabe que su historia y la de sus serpientes está llegando al final. Le queda, al menos, la certeza de que hubo una historia.

Esta historia forma parte de una serie de reportajes publicados en el Día de la Mujer.

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