3 de marzo de 2014 16:32 hs

“El carnaval es un mal necesario”, dice Marco Arrospide, dueño de Don Rómulo, en el Manhathan de La Pedrera, ese par de cuadras que horas después serán el epicentro de la bacanal. Se refiere a que la fiesta de miles de jóvenes que van a beber y bailar “es algo que altera, distorsiona y no da mucha ganancia pero te pone en el mapa”. Es fácil entender alteración y distorsión, pero no tanto lo de poca ganancia. Sin embargo es así, debido a que el público no llega a gastar, tratan de llevar su propio alcohol y forman una tormenta en la que es difícil trabajar.

Sin embargo, Marco estaba dispuesto a abrir el restorán, algo que había dejado de hacer en las últimas tres temporadas. Cambió de opinión porque cambió la situación: “Se mantiene lo que se hizo muy bien el año pasado, la presencia policial, los inspectores, la Caminera, el vallado de las casas y los comercios, los baños. Y este año con la Principal remodelada todo se ordena mucho más. Por eso abro. Ojo, que voy a ver cómo está la cosa y si veo que no se puede, igual cierro a las 9 de la noche, pero lo que no quiero hacer más es tener La Pedrera llena de gente y yo cerrado”.

La apuesta pareció bien encaminada. La presencia policial fue notoria, y también el trabajo de Caminera y los inspectores. En la previa por todos lados pararon autos, camiones y motos, hicieron espirometrías, controlaron que no entrara bebida en grandes cantidades de manera informal, pidieron cédula. Las vallas negras de metal protegían al pueblo de la calle, los baños funcionaron. El cambio de disposición de parte de los organismos competentes se produjo después de la revuelta que iniciaron los vecinos, encendida a partir de la muerte de un joven de 17 años en la ruta, muy cerca de la entrada de La Pedrera, en 2012.

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En realidad los vecinos se quejaban de la mugre, de la gente defecando en los jardines, las botellas desparramadas por calles, jardines y playa, los jóvenes tirados donde ya no pudieron más, la decadencia superlativa. Por eso los baños y la prohibición de vender alcohol en recipientes de vidrio y la música que tiene que apagarse a las 6 de la mañana y las brigadas de limpieza a primera hora del martes.

No fue el carnaval de Venecia, pero tampoco la hecatombe en que se había convertido el evento en los últimos años. Ahora los baños llegaron el sábado pasado y la presencia de funcionarios de todo tipo también.

Ese “mal necesario” se generó a partir de un carnaval familiar, que pretendía rescatar las tradiciones, como los disfraces de niños y adultos y las guerras de agua. Eso fue por 2002, y pronto se hizo más sofisticado y creativo, con la presencia de cabezudos y comparsas. Este año se retomó la costumbre del desfile de los niños, el domingo, y todo salió como en las viejas épocas.

Sobre la nochecita comenzó el movimiento más intenso: muchos disfraces y alcohol corriendo, y mucha dificultad para moverse por la calle principal, pero sin incidentes. Hasta algún cartel que asesoraba sobre como consumir LSD para no llevarse un mal viaje, pero dentro de un ambiente de fiesta relativamente sana.

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