En la diversidad de experiencias de política económica en el mundo de hoy, México y Turquía están recorriendo un camino propio, con un rol protagónico del Estado o una visión heterodoxa de la política macroeconómica.
El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, está llevando adelante un proyecto de desarrollo que, entre otras cosas, otorga particular importancia a la acción estatal en dos sectores de la economía.
Desde su creación en 1938, la estatal Pemex tuvo el monopolio de la producción, transporte, refinación y comercialización de petróleo y gas natural. Pero a lo largo de su existencia, fue acumulando un persistente proceso de deterioro en su producción y varios episodios de corrupción en sus jerarquías y su fuerza sindical.
En reacción, en 2013, el gobierno de Enrique Peña Nieto terminó con el monopolio de Pemex al reafirmar que “los hidrocarburos siguen siendo propiedad de la Nación” pero que “el gobierno federal llevará a cabo la exploración y extracción de hidrocarburos, a través de asignaciones a empresas productivas del Estado o con empresas del sector privado”.
Cinco años más tarde, López Obrador procura devolver a Pemex el protagonismo perdido, entre otras medidas, mediante el restablecimiento de su posición monopólica. Así, está en marcha la construcción de una nueva refinería por US$ 8.000 millones en Tabasco, una región relativamente atrasada de México. En adición, el Congreso estudia un proyecto de ley que otorga a Pemex un mayor control sobre los precios, la distribución, las importaciones y la comercialización del combustible con el agregado de que, bajo determinadas circunstancias, podría dejar sin efecto a las concesiones al sector privado dispuestas de acuerdo a la ley de 2013.
Un segundo proyecto de importancia es el Tren Maya, que a lo largo de una extensión de 1.550 kilómetros busca promover el turismo en la península de Yucatán, una de las regiones más postergadas de México. Es una inversión financiada en forma conjunta por una empresa de China y Carlos Slim, el hombre más rico de México. En adición a esta forma tan particular de financiamiento, López Obrador dispuso que una parte de la obra sea construida por el ejército y que el tren sea de su propiedad, una vez en funciones.
La obra está retrasada debido a varios recursos presentados ante la justicia, alegando lesiones a los derechos de los vecinos y al medioambiente. Además, una auditoría independiente ha cuestionado el costo estimado del proyecto y también su rentabilidad económica.
Entretanto, y a la espera de los resultados de ambos proyectos, que recién se verán a fines de su mandato, López Obrador espera que el T-MEC vigente con Estados Unidos y Canadá le permita beneficiarse del crecimiento económico de su vecino del norte impulsado por las medidas del presidente Biden.
Turquía es otro caso de interés debido a su enfoque heterodoxo de la política macro económica. Hace ya tiempo que el presidente Recep Tayyip Erdoğan se ha enfrentado a las prácticas más habituales de la política económica de corto plazo, oponiéndose repetidamente a la suba de las tasas de interés como instrumento para controlar a la estabilidad cambiaria y la inflación. Por el contrario, el primer mandatario defiende al crédito a bajas tasas de interés como un promotor fundamental del desarrollo productivo. Esta idea lo ha llevado a despedir a tres gobernadores del banco central en solo dos años, afectando seriamente a la credibilidad de la autoridad monetaria. En parte por ello es que la lira ha perdido la mitad de su valor desde 2018.
El mes pasado, esta historia tuvo un nuevo capítulo. Erdoğan removió de su cargo al entonces presidente del banco central, Naci Ağbal, con solo cinco meses en el ejercicio del cargo. Erdoğan había designado a Ağbal después que la lira se desplomó a un mínimo histórico frente al dólar. Una vez en el cargo, Ağbal dispuso un aumento de la tasa interés de referencia desde el 10,25% hasta el 19% anual, una de las más altas del mundo. Como referencia, hay que tener en cuenta que la inflación en ese país es del orden del 15% anual.
Recep Tayyip Erdoğan despidió a tres gobernadores del banco central de Turquía en solo dos años
Mediante esta medida, el banco central pudo estabilizar a la lira y atraer un ingreso de capitales extranjeros de unos US$ 4.000 millones en la compra de valores públicos y US$ 700 millones en la compra de acciones. Pero esto no fue suficiente para disuadir a Erdoğan sobre la inconveniencia de la suba de la tasa de interés.
El despido del jerarca tuvo sus consecuencias negativas sobre el mercado, porque la lira bajó un 14% en el día, los valores denominados en liras perdieron 20% de su valor y también hubo pérdidas importantes en el mercado accionario y de otros bonos. Varios bancos internacionales fueron multados después de una salida de capitales de unos US$ 1.900 millones. Además de estos primeros signos de inestabilidad, las empresas temen que ellos deriven hacia un control de cambios, que impida la remisión de dividendos a las casas matrices y un control de precios para moderar un eventual aumento de los precios.
Por ahora, el nuevo presidente del banco central ha mantenido el nivel de la tasa de interés fijado por su antecesor y la situación se ha estabilizado, aunque sigue siendo motivo de atención por parte de los mercados financieros del mundo. En la década de 1990, la crisis de los países asiáticos tuvo graves repercusiones sobre el resto de los países en desarrollo. Nadie desea una repetición de aquellos tiempos.