Uruguay era un buen alumno: estaba en primera fila de los países de Sudamérica en que la población adulta acumulaba más años de estudio. Pero algo pasó que, al decir del economista especializado en educación Felipe Migues, “en un momento todo se pudrió”. A partir de la década de 1980 “el resto de países pusieron el pie en el acelerador y, sin embargo, Uruguay se fue quedando”. Tanto que, según el análisis de los datos de la Encuesta Continua de Hogares, los adultos uruguayos de entre 20 y 35 años acumulan menos de 11 años de formación en promedio, el valor más bajo de toda la región.
Cuando se mira la película completa, al menos desde la salida de la dictadura hasta la fecha, puede observarse que la acumulación de años de estudio crece tan lento que parece más una inercia que un cambio de política educativa. De hecho, en más de treinta años se aumentaron menos de tres años de formación en la media de la población adulta.
“Mientras en el resto de América Latina hubo sucesivas reformas educativas en los años 80 y 90, en Uruguay apenas hubo pequeños cambios y la tan nombrada reforma Rama no sobrevivió siquiera un quinquenio”, dice el doctorando en Sociología Pablo Menese. “No solo eso: mientras el resto de sistemas educativos pasaron a ser cada vez más integradores y flexibilizaron el pasaje de grado, Uruguay se aferró a su modelo de expulsar gente”. Y por eso la pandemia demostró una ventana de oportunidad.
Lo "bueno" de la pandemia
Durante los dos años que duró la emergencia sanitaria, se flexibilizaron las posibilidades de estudio, se cambiaron los criterios para que un alumno pase de grado, se permitió la enseñanza a distancia, se quitó por un tiempo la obligatoriedad de ir a clase y se hizo cuesta arriba conseguir trabajo. Esa combinación permitió que “muchos tuvieses su oportunidad de seguir estudiando y que el sistema no los expulsara”, explicó el sociólogo Menese. Prueba de ello, los nuevos datos de la Encuesta Continua de Hogares, que Menese procesó para este artículo de El Observador, muestran que el promedio de años de estudio de los adultos uruguayos pasó de 9,8 antes de la pandemia, a 10,8 ahora. “Incluso queda claro que fue impulso de esas facilidades porque los varones jóvenes, que siempre tenían menos años de estudio porque salían temprano al mercado laboral, acumulan casi la misma cantidad de años de formación”.
En cualquier caso, el promedio de los uruguayos adultos no alcanza a acumular los años mínimos de educación obligatoria. Según la ley de Educación, la enseñanza obligatoria son 14 años: dos de educación inicial, seis de escuela y seis de liceo o UTU.
Para el economista Migues, “los años de estudio no dicen nada sobre la calidad de ese estudio, pero el no tener estudios dice mucho de aquello que no se hizo y es uno de los principales indicadores del tan nombrado capital humano”.
Al respecto, el sociólogo Menese advierte que la reforma educativa que impulsa el gobierno “no piensa cómo hacerse cargo de la mochila de rezago que acumula el país”. En ese sentido, dice: "la reforma es cosmética: los problemas de base no se atacan o al menos no a fondo".
Se sigue pasando de una maestra en la escuela a una decena de profesores en los liceos, se sigue eligiendo a los docentes por grados basados sobre todo en antigüedad y no cambia el principio de regresividad: los grados más altos, mejores pagos, terminan trabajando en los mejores lugares.
Es decir: el Estado invierte menos (medido en salarios de docentes) donde tiene más necesidad de inversión”.
En la costa sureste de Montevideo, por ejemplo, hay barrios (como Punta Carretas, Carrasco o Parque Rodó) cuya población adulta acumula, en promedio, más de 14 años de estudio. En esa zona de la capital, los liceos tienen más de un 60% de docentes efectivos de grado alto (mayores a grado cuatro).
En los barrios del centro, norte y oeste de la ciudad ocurre lo contrario: en los liceos de Casavalle, Nuevo París, Paso de la Arena o Casabó menos del 10% de la plantilla de profesores tiene un grado alto. Y allí la población adulta acumula la mitad de años de estudio que en la costa.
Cuando se analizan las diferencias poblacionales según años de estudio, reaparecen las clásicas desigualdades uruguayas: los de Montevideo están más formados que los del interior, las mujeres que los hombres, los que trabajan que quienes no trabajan, los más ricos que los más pobres. Pero a diferencia de lo que se cree, aclara el economista Migues, “no siempre una mayor educación equivale a mayor salario”.
Tanto Migues como Menese concluyeron en distintas investigaciones que terminar el liceo “no hace la diferencia”, al menos no para el bolsillo. Las oportunidades de salida al mercado laboral e incluso el nivel salario percibido por esos trabajos, es casi idéntica entre quienes acreditaron hasta tercero de liceo y quienes culminaron el bachillerato. “Recién entre quienes ingresan a la universidad empieza a verse un cambio y, luego sí, quienes finalizan la carreras profesional casi no están desempleados”, explica el economista.
“La educación y el trabajo en Uruguay eran un buen matrimonio, pero, en un momento, la pareja se rompió: cerca de la quinta parte de los trabajadores tienen más estudios de los que se debería tener para el empleo que ejercen, cerca de un tercio tiene menos (subcalificado), y el resto sí está dentro de la calificación justa”, cuenta Migues en base a su tesis de maestría.
Siete de cada diez mayores de 25 años que tienen posgrado universitario están sobrecalificados para la tarea que desempeñan. Entonces, ¿cuál es el sentido de tanto años de estudio? Migues vuelve a lo mismo: “en el Uruguay que debate sobre los desafíos demográficos, el capital humano es cada día más relevante. Esa gente más educada, es probable que produzca más y mejor. Esa gente que tiene estudios universitarios puede que no consiga el trabajo que más se ajusta a lo que estudió, pero casi seguro conseguirá trabajo”.